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ALFREDO GONZÁLEZ-RUIBAL
ETNOARQUEÓLOGO

«Si una estatua no es alterada estamos diciendo que merece un lugar público prominente»

El etnoarqueólogo Alfredo González-Ruibal analiza el fenómeno de los ataques a monumentos en EEUU que se ha extendido a otros países y asegura que «la gente no derriba estatuas al tuntún» sino que destruye «los símbolos que representan su opresión en el presente».


La revuelta popular provocada por la muerte de George Floyd en EEUU llevó al espectáculo de decenas de monumentos relacionados con el racismo derribados o atacados por manifestantes, en imágenes que aún dan la vuelta al mundo e incluso han sido replicadas con derribos –o intentos– en Inglaterra, Bélgica y Nueva Zelanda.

La reacción por la brutalidad policial contra la comunidad negra ha sido tan fuerte que si bien las protestas han disminuido, siguen los ataques a monumentos. Hace días, y a tan solo 200 metros de la Casa Blanca en Washington, se derribó una estatua del expresidente Andrew Jackson, conocido por su política antiindígena. La semana anterior ocurrió algo similar en Georgia y Carolina del Norte.

Y como ante toda acción hay una reacción, ha habido acusaciones de vandalismo y peticiones de mano dura contra quienes protestan y un intento de reducir la situación a meros actos delictivos. Pero, ¿por qué detonó ahora esta forma de protesta y qué está expresando? El etnoarqueólogo e investigador especialista en patrimonio Alfredo González-Ruibal recalca que «la gente no derriba estatuas al tuntún, no se suelen destruir las de reyes medievales, aunque llevaran a cabo campañas de conquista y esclavizaran; la gente ataca los símbolos que representan su opresión en el presente».

Con respecto a las acusaciones de vandalismo, destaca que «en cualquier tipo de movimiento hay algún violento que se aprovecha de la situación y los que están en contra se aprovechan para criminalizar toda la protesta, es típico»

«Las representaciones y estatuas de ese tipo no pueden dejarse sin ninguna modificación. Si no es alterada, de alguna forma estamos diciendo que esa persona merece un lugar prominente en el espacio público, el cual es limitado y competido, y qué decidimos colocar en ese espacio dice mucho. Además el espacio público no es solo para el homenaje, sino que el homenaje es una de las cosas para lo que puede usarse», explica.

González-Ruibal habla de «estatuas activas o reactivas» y el impacto diferente que tienen: «Las estatuas se levantan por dos motivos, para honrar a una persona o bien para atacar a otras.

En el segundo caso hablamos de ese patrimonio reactivo, que no se crea tanto por el recuerdo del personaje sino que el propósito es defender a un grupo y atacar al que no piensa igual.

El caso de las confederadas es emblemático porque fueron levantadas en momentos de mucha conflictividad social. No hay estatuas del siglo XIX, sino que la inmensa mayoría son de los años 10, 20 y 60, momentos de asociacionismo y sindicalismo afroamericano.

De hecho, la bandera confederada es un ejemplo de símbolo reactivo porque es mentira que fuera la bandera de la Confederación. Fue una más de las que usó su ejército y fue retomada en los años 60». El fenómeno actual de los derribos de estatuas es un ejemplo de conflicto creado por el «pasado no-ausente», un concepto de la historiadora Ewa Domanska, porque «el pasado ausente es el que ya no tiene efecto en la actualidad, no está activo ni moviliza, como puede ser la guerra civil castellana del siglo XV, mientras que la guerra entre Roma y los judíos del siglo I es pasado no-ausente por los efectos que tiene en la actualidad y sus repercusiones explícitas. Mientras tengan efecto, da igual que los hechos ocurriesen hace 100 o 1.000 años», explica.

Qué hacer con ellas

Ante la sucesión de ataques a monumentos, surge la cuestión de qué hacer con aquel patrimonio ofensivo para un sector social. Gonzáles-Ruibal da algunos ejemplos sorprendentes, como es el caso de Maputo, capital de Mozambique: «Allí, con la estatua del dictador Salazar lo que hicieron fue colocarla en otro sitio y ubicarla de cara a la pared. No borraron el pasado, mantuvieron viva la memoria del colonialismo, pero dejaron claro el respeto que merece una democracia poscolonial. Es una opción inteligente porque si la dejas en el espacio público, la gente no suele interesarse, pero de esta forma invita a la reflexión. Es un buen ejemplo de alteración».

Otro caso es un gran búnker de hormigón construido en Países Bajos durante la invasión nazi. «Lo partieron por la mitad y desde el medio puedes ver el lago al fondo, un ejemplo de cómo el patrimonio en vez de ser algo sagrado, se ha alterado con un resultado espectacular. Hay que pensar en esas actuaciones con fuerza emocional que llaman a reflexionar a la vez que dejan la presencia del pasado, sin eliminarlo».

González-Ruibal no considera que los derribos de estatuas «sean incompatibles» con una política de memoria: «Puede ser parte de una intervención artística, o convocar a que se tire y luego replantear su uso, hay escala de grises y tampoco es lo mismo un traficante de esclavos que alguien que en algún momento defendió la esclavitud».

Su recomendación es crear comisiones de la verdad con actores civiles, historiadores, patrimonialistas y representantes políticos, y contar con artistas para pensar alteraciones en forma creativa qué hacer con esos monumentos. «Todos ellos deben contribuir a hacer un relato mínimo en el que se pueda reflejar la mayoría de la sociedad. Tampoco debería ser tan difícil porque hay valores básicos que seguramente comparte el 80% de la gente», concluye con un optimismo a contramano de estos tiempos de polarización.

 

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