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ARANZAZU CALLEJA
COMPOSITORA JUNTO CON MURSEGO DE LA BANDA SONORA DE «AKELARRE»

«Estas niñas sabrán que la composición de música es una labor también de mujeres»

Licenciada en Bellas Artes y profesora de violín, de la unión de ambas nace su interés por la creación sonora para el cine. Se dedica, además, a la musicoterapia, al igual que Maite Arroitajauregi, compañera con la que ha ganado un Goya por la banda sonora de «Akelarre». Esta película de Pablo Agüero está siendo una de las más vistas de Netflix, como «El hoyo», otro proyecto de la extensa filmografía de Calleja.


En esta especie de vorágine que nos atrapa, una no es consciente hasta que no se para a pensar de cómo ha cambiado la manera de vivir y también de trabajar. Como periodista, puedes “hablar” en un día con infinidad de personas, pero ninguna de ellas parece ya de carne y hueso. Hemos ganado en tiempo, en comodidad, pero no sé cómo percibirá el lector o la lectora esa falta de contacto. Esta entrevista con Aranzazu Calleja (Bilbo, 1977), creadora de la banda sonora de “Akelarre” junto con Maite Arroitajauregi Mursego, por la que han ganado un Goya, ha sido una de las que me han demostrado que por teléfono también se puede conectar con la persona. Y emocionarse con su emoción.

Zorionak. ¿Cómo han recibido el premio?

Con mogollón de sorpresa y muy felices porque representa mucho para nosotras. A nivel personal para ambas es un reconocimiento a nuestro trabajo, ya que llevamos mucho tiempo dedicándonos a esto. Representa lo que para nosotras ha sido la película. No ha sido fácil y nos ha hermanado con mucha gente del equipo. Es la primera vez que entro en un proceso en el que conozco a las actrices y a la ayudante de dirección, de la que nos hemos hecho muy amigas. También de Nerea Torrijos, ganadora de un Goya por el vestuario. Somos muy poquitas las mujeres que nos dedicamos al cine y representamos a este colectivo tan pequeñito y tan potente, porque las pocas que hay tienen una voz muy particular y valiente.

¿Por qué apenas hay mujeres compositoras?

Es curioso porque el Conservatorio está lleno de mujeres que estudian música. Sin embargo, en la práctica, sobre todo en el cine, hay un vacío. Yo también me lo pregunto y creo que tiene que ver con que no es tan difícil que te llamen para hacer una película; lo difícil es mantenerse y hacer una carrera. Por otro lado, llevamos muchos años en los que quienes han tomado las decisiones han sido los hombres. Y los productores hombres suelen tender a llamar a cineastas hombres. Yo empecé a hacer cortos a los 21 años con Borja Cobeaga. Hemos ido en tándem y gracias a eso mi labor se ha visto y he podido abrirme camino. Pero tienen que darte la opción.

¿Y las mujeres productoras llaman más a las mujeres?

Creo que ahora cada vez más. Hay una apertura, porque no solo llamas a una persona porque es mujer, sino porque te gusta su trabajo. Es una especie de pescadilla que se muerde la cola: si tú no das a conocer el trabajo de una persona, ¿cómo vas a saber si te gusta su trabajo? Hay una pequeña grieta por donde mucha gente se confunde creyendo que ahora mismo a las mujeres nos están llamando por cuotas, porque da más puntos. A la hora de financiar una película, en 2018 el Instituto de la Cinematografía y de las Artes Audiovisuales (ICAA) incorporó esta ley por la cual una película podía recibir más puntos si tenía jefas de equipo mujeres. Este año se le ha dado el primer Goya a una directora de foto en 35 años. Nosotras hemos sido las segundas. Esto posiblemente lo haya favorecido esta ley de ICAA, que ha ido permitiendo que mujeres accedamos a ese lugar y, por tanto, se pueda valorar nuestro trabajo. El cine tiene una función social importantísima, está contando la vida y si no contratas a las mujeres, que somos el 50% de la población, no estás contando la realidad.

En ese sentido, con este Goya han dado un gran paso para generar referentes para compositoras venideras.

Exacto. El siguiente paso era ese. De repente, el 8-M mi ‘sobri’ en la ikastola escuchaba la música de ‘Akelarre’ como celebración. ‘La izeko de Nina ha ganado un Goya’. A estas niñas ya les va a sonar que la composición de música es una labor también de mujeres y sabrán que también lo pueden hacer ellas. El año pasado hubo un cambio súper emocionante para Maite y yo, porque la compositora de la banda sonora de ‘Joker’, la irlandesa Hildur Guðnadóttir, ganó el Óscar.

¿Cómo fue la gala? Recogieron el premio cantando juntas.

Decidimos usar la canción principal de ‘Akelarre’ con los versos ‘ez dugu nahi beste berorik’. Incluimos los nombres de las brujas y de algunas de las mujeres más representativas de la película. Ha sido bonito que se nos haya permitido agradecer a todo el grupo que se ha formado con esta película. Cuando oímos nuestro nombre flipamos. Yo estaba en modo concentración porque la canción era un poco trabalenguas y lo hicimos rápido. Maite se emocionó un montón y yo, en cuanto salimos del zoom, me puse a llorar.

Tienen química entre las dos.

Eso es lo más emocionante porque sí que la tenemos y la gente nos lo ha dicho. De hecho, cuando me puse a llorar fue cuando me abrazó Maite fuerte-fuerte. En muchas cosas somos muy parecidas pero en otras no tanto, y nos combinamos. En los momentos difíciles que ha tenido el proceso creativo, que los ha tenido, nos hemos apoyado mucho la una en la otra. Como es un mundo masculinizado hemos soportado momentos difíciles y nos hemos confiado cosas. Nos hemos dado mucha fuerza. Por la noche, en la habitación de hotel, parecíamos Epi y Blas, las dos hablando cada una en su camita.

¿Quizá se han encontrado porque ninguna de las dos es nada académica?

Nunca había trabajado con nadie en equipo, me parecía complejísimo, y que haya sido Maite ha sido la mejor de las opciones. Creo que también lo ha sido para ella porque nos hemos permitido ciertas licencias. Somos un poco anárquicas, entonces hay un espacio de libertad pero puede haber desorden. Hemos repartido el trabajo. Todo de manera muy orgánica. Ella es chelista, yo violinista, el cuarteto de cuerda ha sido el formato elegido. Llamamos a Alos Quartet, que han sido maravillosos. Víctor Sánchez, ingeniero de mezclas, ha sido otro pilar importante. En ese sentido todo el proceso creativo fue súper bonito. Decidimos dividirnos las voces del cuarteto: yo me encargaba más de la parte de violines, ella más de los graves, nos intercambiábamos las voces, ella metía un poco de mano a lo mío, yo a lo suyo... Todo desde un respeto máximo. Para mí ahora Maite es una hermana.

Entró a componer esta banda sonora después de que le llamara ella.

Las canciones las hizo Maite con Jon Maia a partir de melodías antiguas. Y las canciones fueron compuestas antes del rodaje porque las brujas las tenían que cantar. Cuando acabó el rodaje y llegó la parte de componer la música incidental, Maite estaba agotada y me llamó. No nos conocíamos personalmente, pero ella dijo: ‘Creo que para que alguien me ayude tiene que ser por ejemplo Aran Calleja’.

¿Cómo es poner música a la imagen? ¿De dónde parte?

En cada proyecto el germen se puede dar de una manera distinta. Partes de las conversaciones previas con el director en las que te dice qué espera de la música. Eso te da pistas. Y las siguientes pistas te las da la propia peli. Yo pienso en el tono, fijándome en el género, si me entrego más a un personaje, si empatizo más con algo que está pasando. Te pegas a lo que más te llame la atención y por ahí empiezas a buscar. Es como esculpir en una piedra.

¿Cuáles son las características de esta banda sonora?

Creo que Pablo tuvo una buena visión: quería que la música fuera sutil, muy leve, para acompañar sin invadir. Había momentos en que podíamos haber puesto música y no lo hicimos, porque el silencio también acompaña. Creo que la música les abriga a las chicas; les da sostén en ese momento en el que no entienden nada. Son adolescentes, viven libres en sus bosques, compartiendo con sus colegas, y de repente se ven encerradas. La música va muy con ellas, de manera muy pequeñita y sutil, sin caer en lo evidente, porque tampoco es muy melosa ni maternal. Incluso te diría que les abriga pero con cierta frialdad. Creo que ese tono es un acierto. Luego, por supuesto, las canciones son el contrapunto total. Son las propias actrices las que cantan y la voz humana, sin ningún tipo de artificio, tiene un calor y una verdad que queda por encima de cualquier otra cosa. Luego, en los violines hay sonidos un poco crispantes. Siempre atribuimos a los malos los sonidos graves y a la gente buena los agudos. Nosotras lo hemos hecho a la inversa. Hay, además, instrumentos tradicionales como la nyckelharpa y el ttun-ttun, que toca Xabi Zeberio, de Alos Quartet, y la zanfona, que toca mi hermano Anton. Ese color de los instrumentos aporta información de la historia.

El sonido cuenta lo que no se ve en las imágenes.

En el cine hay un lugar al que la imagen no va a llegar nunca, porque la imagen es lo que tú ves. Pero hay un más allá, que pertenece al mundo de lo sonoro y que es más misterioso. El sonido y la música tienen un lugar súper poderoso.

Hablando del poder de la música, ¿cómo influye la musicoterapia en su composición?

He aprendido mucho haciendo musicoterapia. Llevo ya unos años en la escuela de música de Zornotza y los chicos y chicas con las que trabajo se comunican desde lugares menos comunes: un gesto, un silencio... El cine lo veo un poco desde ahí. Es que lo evidente no me interesa y en eso Maite es igual que yo. De hecho también es musicoterapeuta. Somos partidarias del menos es más y la musicoterapia, acompañar con la música a las personas, no es muy distinto a poner música a la imagen.

¿Qué proyectos tiene ahora?

Trabajo en una película que se rodó en Gipuzkoa en verano, ‘Érase una vez Euskadi’. Luego tengo otra que se rodará en Bizkaia en verano, ‘Cinco lobitos’. Esta me hace especial ilusión. Es una ópera prima de Alauda Ruiz de Azúa sobre maternidad.