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GRUPOS PARAMILITARES

¿Qué hará la OTAN con «sus hijos de puta»?

Que el Ejército de un aliado de EEUU y la UE cuente con regimientos abiertamente neonazis como el famoso batallón Azov llama poderosamente la atención. ¿Cómo es posible? Su existencia está ciscunscrita a las tensiones geopolíticas entre EEUU y Rusia.


El batallón Azov nació al calor de las revueltas de finales de 2013, revueltas que contaron con el apoyo de EEUU y la UE. Varios grupos ultraderechistas ucranianos desempeñaron un papel importante en las violentas protestas que terminaron en un baño de sangre y con la caída del Gobierno de Victor Yanukovich en febrero de 2014. También participaron en los disturbios del 2 de mayo del mismo año, en los que manifestantes ultras prendieron fuego a la Casa de los Sindicatos de Odessa. Murieron 48 personas. Un mes antes había estallado la guerra en el Donbass, y el Azov y otros batallones paramilitares neonazis fueron a combatir por su cuenta a las milicias independentistas. En cuestión de semanas, algunos de ellos fueron integrados en la Guardia Nacional, dependiente del Ministerio ucraniano de Interior, con el consentimiento Washington y Bruselas.

La ultraderecha ucraniana, profundamente antirrusa, antisemita y anticomunista, ha cometido numerosas violaciones de los derechos humanos durante los últimos ocho años. El European Roma Rights Centre denunció que grupos neonazis cometieron pogromos contra comunidades gitanas y atacaron manifestaciones feministas y del orgullo gay en varias ciudades gozando de impunidad y, en algunos casos, de amparo institucional. Por otro lado, en el contexto de la guerra del Donbass, la Misión de Monitorización de los Derechos Humanos de la ONU en Ucrania y Amnistía Internacional documentaron crímenes de guerra y graves violaciones de los derechos humanos atribuidas a los batallones Azov, Aidar, Donbass y otros, así como a los servicios secretos de Ucrania. En estos momentos, estos regimientos neonazis están recibiendo armamento de la UE, incluido el Estado español.

Una red internacional. A pesar de su breve recorrido, el regimiento Azov se convirtió en el nexo internacional de diversos movimientos de ultraderecha. Durante los últimos ocho años, supremacistas de todo el mundo han viajado a Ucrania, creando lazos y adquiriendo adiestramiento militar e, incluso, experiencia de combate. Según el informe “White Supremacy Extremism: The Transnational Rise of the Violent White Supremacist Movement” del Soufan Center; entre 2014 y 2019, cerca de 4.000 personas de 38 países diferentes habrían combatido en la guerra del Donbass del lado gubernamental. El informe remarcaba: «Estados Unidos debería considerar sancionar a los grupos extremistas transnacionales de supremacía blanca como organizaciones terroristas extranjeras».

Congresistas estadounidenses intentaron incluir en dos ocasiones al regimiento Azov en la lista de «organizaciones terroristas extranjeras», pero los secretarios de Estado Mike Pompeo y Antony Blinken no atendieron esta demanda. Al contrario, la milicia Centuria, ligada al regimiento Azov, recibió entrenamiento militar de diferentes países de la OTAN mientras Ucrania y Estados Unidos se han negado año tras año a apoyar resoluciones de las Naciones Unidas para prohibir la glorificación del nazismo.

¿Países de la OTAN entrenando regimientos neonazis y permitiendo la formación de una red internacional de ultraderechistas en un contexto de tensión geopolítica? Durante la guerra fría sucedió algo similar. En 1990, el primer ministro de Italia, Giulio Andreotti, reconoció la existencia de una «red stay behind» en Italia y en otros países de la Alianza militar. Esta red de ejércitos secretos, organizada por la propia OTAN, integrada por neofascistas de distintos países y conocida como red Gladio, se dedicó a intentar evitar que los partidos comunistas accedieran al poder y a encauzar procesos políticos desestabilizando gobiernos, promo- viendo golpes de estado y cometiendo graves violaciones de los derechos humanos. La red estuvo involucrada en acciones como los sucesos de Montejurra en 1976 y la matanza de la calle Atocha en Madrid en 1977.

A la posibilidad de que la OTAN siga utilizando este tipo de redes para favorecer sus intereses hay que añadirle otra amenaza: la existencia de un número significativo de neonazis de diversos países con experiencia de guerra. La amenaza es real: este 19 de marzo en París un ultra mató a tiros al jugador profesional de rugby Federico Martín Aramburu. Loïk le Priol, el ultra que le disparó, fue detenido días más tarde en el puesto fronterizo de Záhony, entre Hungría y Ucrania, cuando presumiblemente se dirigía a combatir contra la invasión rusa.

Y ahora, ¿qué? Habrá que esperar al final de la guerra para ver en qué situación quedan los regimientos neonazis y su espacio sociopolítico en Ucrania, así como los lazos entre movimientos de ultraderecha de todo el mundo. Habrá que ver igualmente qué pasa con la gran cantidad de armamento enviado a Ucrania que, una vez finalizada la guerra, correrá el riesgo de inundar el mercado negro y terminar en manos equivocadas. Todo, en un contexto de rearme de los países miembros de la OTAN y de consolidación de la ultraderecha en las instituciones europeas. El escenario que puede generar la conjunción de estos factores es realmente preocupante.

A Franklin Delano Roosevelt se le atribuye haber dicho del dictador nicaragüense Anastasio Somoza que «puede que sea un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta». Los neofascistas que constituyeron la red Gladio fueron otros de los «hijos de puta» al servicio de los intereses de EEUU. En relación a la red internacional de neonazis creada en torno al regimiento Azov la cuestión es: ¿qué piensa hacer EEUU? ¿Van a perseguirla? ¿Van a ignorarla? ¿La OTAN va a utilizarla para defender los intereses estadounidenses tal y como hizo con la red Gladio y tal y como ha hecho con los neonazis ucranianos? ¿Cuál es el plan? Y la UE y los países y sociedades que la integran, ¿tienen algo que decir?