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Biden sigue apostando al petróleo pese al fiasco del fracking

Aunque Joe Biden se presenta como un abanderado de la lucha contra el cambio climático, el Gobierno de Estados Unidos continúa otorgando nuevas concesiones para extraer petróleo y gas. Muchos de esos nuevos pozos se explotan con la técnica del fracking y solo son rentables con precios del barril altos.


Pese a que el contexto de la guerra en Ucrania marca todos los análisis económicos a corto plazo y condiciona especialmente las decisiones adoptadas por el campo occidental liderado por EEUU frente a Rusia, no es este el único factor determinante de algunas medidas puestas en marcha en las últimas semanas.

Este es el caso del anuncio realizado el 14 de abril por el Gobierno de Joe Biden de que retoma la venta de concesiones para la explotación de hidrocarburos en tierras federales. Los analistas afines remarcan que se ha visto obligado a tomar esta decisión para frenar los precios de los combustibles cuando el país afronta una inflación interanual que roza el 8%, la más alta en los últimos 40 años.

Poco después de su llegada a la Casa Blanca, en enero de 2021, Biden había decretado una moratoria en el otorgamiento de nuevas concesiones en tierras y aguas propiedad del Gobierno federal, a la espera de una revisión general de la legislación.

En un comunicado, el Departamento del Interior señaló que este mismo mes de abril comenzaría a subastar unas 173 parcelas, que representan 144.000 acres (58.275 hectáreas) en nueve estados. La superficie propuesta ahora es un 80% inferior a la inicialmente prevista.

El punto más relevante de estas subastas es que el Gobierno incrementará la tasa que cobra sobre las ganancias, que no había variado durante al menos un siglo, del 12,5% al 18,75%.

Miles de nuevos permisos

El presidente estadounidense lleva varias semanas tomando iniciativas encaminadas a bajar el precio del crudo, como hizo a finales de marzo al ordenar que se recurriera en un grado inusual a las reservas estratégicas del país para intentar controlar la evolución de los mercados.

Sin embargo, la reanudación de las concesiones no debería tener un efecto inmediato en los mercados ni en la producción total, ya que el proceso administrativo generalmente dura varios años. Por otro lado, en junio de 2021 un juez suspendió la moratoria proclamada por Biden sobre la base de que la Administración necesitaba obtener la aprobación del Congreso.

En todo caso, como indicó el Center for Biological Diversity, el Gobierno federal aprobó 3.557 permisos de petróleo y gas en tierras federales en 2021, «superando ampliamente el número de permisos acordados por la Administración Trump en su primer año en el poder (2017), que fue de 2.658».

La explotación de la mayoría de estos nuevos pozos se realiza a través de la fracturación hidráulica (fracking), una técnica ‘no convencional’ y con un mayor coste medioambiental que permite acceder a reservas de petróleo y gas contenidas en pequeñas burbujas dentro de las rocas. Este sistema también tiene un mayor coste económico, por lo que las grandes compañías no tenían especial interés en estos pozos, lo que cambió con las previsiones de una fuerte subida de los precios, no solo por el esperado crecimiento de la demanda, sino también por la evidente caída del bombeo en los yacimientos convencionales.

Esto ha tenido un doble impacto sobre la evolución del mercado global del petróleo: por un lado, a partir de 2018 Estados Unidos ha vuelto a ser el primer productor mundial –por encima de Arabia Saudí y Rusia– y, por otro, el famoso Peak Oil, el «pico del petróleo», que marcará el momento de inflexión definitiva de la extracción de petróleo se ha retrasado.

Como comentaba el pasado mes de marzo Antonio Turiel en el blog “The Oil Crash”, la razón por la que faltará petróleo en un futuro cercano «no es por las sanciones a Rusia, sino, simplemente, porque la producción está en caída libre». En agosto de 2020, explicaba que «en los últimos 5 años la producción mundial de petróleo ha crecido solamente porque la producción de petróleo de los EEUU ha crecido. Sin los EEUU, la producción de petróleo del mundo llevaría ya unos años estancada, o incluso en ligera recesión si miramos desde 2019». Para respaldar esta afirmación presentaba un gráfico del portal peakoilbarrel.com (Figura 1), en el que se aprecia un cambio de tendencia a partir de 2015, cuando el crecimiento del bombeo mundial sin tener en cuenta la producción de EEUU se estanca, oscila e, incluso, cae desde finales de 2018. La línea roja representa la evolución del promedio de los últimos 12 meses, mientras que la naranja responde a los valores mensuales, que oscilan más debido a factores coyunturales y que aquí llega hasta la aparición de la pandemia del covid.

En su blog, este investigador del CSIC en el Institut de Ciències del Mar de Barcelona indica que 2021 se cerró con un déficit de oferta de petróleo con respecto a la demanda del 3% y que al final de este año podría ampliarse hasta el 10%. De ahí, sostiene, las «prisas» que le han entrado especialmente a la UE por buscar alternativas a los combustibles fósiles, no solo a su dependencia energética de Rusia.

Otros datos que apunan al Peak Oil son los recogidos en la gráfica elaborada por Art Berman, geólogo y experto en el área de esquistos en EEUU, cuyo encabezamiento es contundente: «La producción de petróleo crudo + condensado de EEUU disminuye un 39% por año». Aquí también se percibe el estancamiento de la producción a partir de 2015, aunque en 2018 volvió a despegar para alcanzar el pico en 2019.

Como comenta en su cuenta de Twitter Edgar Ocampo Téllez, analista en prospectiva y consumo mundial de energía mexicano, «la famosa Revolución Energética en EEUU llamada fracking para sacar petróleo de Lutitas (shale) resulta que fue un fiasco. La producción está declinando a un ritmo alarmante y no hay manera de compensar la caída con nuevos pozos».

Ni EEUU ni la OPEP+

Esto es lo que parece estar detrás de las informaciones que señalan que las petroleras estadounidenses no pueden salir de ese estancamiento, a no ser que aceleren de forma constante el bombeo de sus yacimientos convencionales, lo que acercaría más rápidamente el agotamiento de los yacimientos y, por ende, el fin de su negocio.

Estas premisas son igualmente válidas para comprender por qué la OPEP+, liderada por Arabia Saudí y Rusia, tampoco es partidaria de fuertes incrementos en el bombeo, más cuando se están beneficiando de precios extraordinariamente altos.

En un breve repaso, desde 2003 el récord del barril de la OPEP se marcó el 3 de julio de 2008 –tras el estallido de la crisis financiera global– con 140,73 dólares, mientras que el 22 de abril de 2020 –con el parón de actividad debido a la pandemia de coronavirus– tocaba su mínimo en los 12,22 dólares.

La reactivación pospandemia ha ido elevando los precios de tal forma que el promedio del barril OPEP ha pasado de los 66,91 dólares de mayo de 2021 a los 104,73 de este mes.

Si por el lado de la rentabilidad no hay perspectivas serias de que la producción se incremente a corto plazo, también hay que señalar que, en su informe del mercado petrolero de abril, la Agencia Internacional de la Energía ha indicado que «las reservas mundiales de petróleo han disminuido durante 14 meses consecutivos», con los stocks de febrero por debajo del nivel de finales de 2020. Los Estados de la OCDE «representan el 70% de la disminución».

Por lo tanto, si no aumenta el bombeo y se están reduciendo las reservas pese a la caída de la demanda en 2020, todo parece indicar que el Peak Oil se está dejando notar ya y que el cierre de los pozos explotados con el sistema del fracking lo hará evidente más pronto que tarde.