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DIOS MÍO, ¿PERO QUÉ TE HEMOS HECHO... AHORA?

La peligrosa superficialidad de una comedia sin gracia


La continuación de “Dios mío, ¿pero qué nos has hecho?” refrenda las malas impresiones que causó aquella abominable comedieta de 2019 en la que imperaba el trazo grueso en sus chistes y un carácter xenófobo que en su secuela queda más evidente. La trama no es más que una excusa minúscula y muy rancia nacida a partir de los sobresaltos y angustias que comparte una pareja que debe asumir que sus cuatro hijas se casaban con cuatro extranjeros. Ahora el matrimonio -muy francés, en el sentido más chovinista de la palabra, católico y extremadamente burgués-, vuelve a temblar y, de paso sonrojarnos, porque sus yernos han decidido marcharse del Estado francés.

La cuestión más demencial que inspira la trama es que, tal vez porque no se sienten cómodos o seguros sin tener vigiladas de cerca a sus hijas, los protagonistas también optarán por hacer las maletas y marcharse con ellas. Teniendo presente que el filme original provocó oleadas de carcajadas -los sentidos del humor son inescrutables-, los productores vieron oportuno sacarse de la chistera un nuevo pero mimético producto de consumo ultrarrápido y repetir la fórmula mediante el mismo repertorio de chistes y sandeces.

En su pretensión de querer ser una sátira mordaz, “Dios mío, ¿pero qué te hemos hecho... ahora?” cae en la trampa de la superficialidad y la evidencia, sacrificando lo que podía haber sido una comedia vitriólica en una insignificante propuesta que pretende sacar tajada de un encadenado de gags en las que de manera libre y desenfrenada, asoman ramalazos machistas y racistas. Ni en su apartado técnico e interpretativo encontramos motivos que suban el nivel de este filme de laboratorio en el que todo es demasiado funcional.