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LA VIDA ANTE NOSOTROS

A medio camino de todo


En un intento por dotar de autenticidad al relato, la película abre con un recurso ya demasiado familiar: el testimonio en primera persona de su protagonista. Esta vez es Tauba Zylbersztejn, una anciana que, frente a la cámara, rememora con sobriedad el trauma que marcó su adolescencia. Con apenas 13 años, se vio obligada a ocultarse junto a sus padres en una buhardilla minúscula tras la tristemente célebre redada del Velódromo de Invierno en París, el 16 de julio de 1942.

Desde ahí, la película transita hacia una reconstrucción ficcionada de aquel encierro, pero lo hace con una mirada demasiado superficial. A lo largo de los 90 minutos, se tiene la impresión de que todo está donde debería, sin sobresaltos ni riesgos: una trama con un potencial emocional innegable, una dirección que cumple más o menos con lo esperado, y unas actuaciones que, sin destacar, no desentonan.

Sin embargo, esa sensación de corrección se convierte en su mayor flaqueza, pues, en lugar de profundizar en la complejidad de los personajes y las emociones, se convierte en un desfile de escenas predecibles y desprovistas de auténtica emoción. Todo se desarrolla con una pulcritud mecánica, donde no hay espacio para la sorpresa ni para el riesgo narrativo.

La integración de imágenes documentales añade una capa de profundidad interesante a la narrativa, pero el tono y el enfoque general de la película diluyen casi todo.

Es una película que se queda a medio camino: ni emociona, ni sorprende, ni plantea una reflexión profunda. Aunque su factura técnica es correcta, la falta de personalidad y el miedo a arriesgarse la condenan al olvido.