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PREDATOR: BADLANDS

El cazador héroe, y la saga producto


Reconozcámoslo: la saga “Predator” ya empieza a mostrar signos de fatiga. En esta entrega, Trachtenberg adopta un giro interesante: invierte la óptica habitual del universo y coloca al cazador como protagonista, relegando a un segundo plano la presencia humana. Ofrece así una perspectiva inédita, situando la acción en el planeta natal de los Yautja.

Hay que decirlo sin rodeos: nada en “Predator: Badlands” está mal. Todo fluye y la maquinaria del blockbuster gira como un reloj suizo. Es una película competente y, sí, muy entretenida y disfrutable. Como pieza de acción y aventura funciona impecablemente. Trachtenberg demuestra que sabe insuflar oxígeno a una franquicia herrumbrosa sin recurrir al guiño complaciente ni a la nostalgia.

Pero lo que más molesta de “Predator: Badlands” es ese tufo a “producto” que desprende; es un término que detesto utilizar, pero aquí no cabe otro. Técnicamente es casi impecable, pero justamente esa perfección de catálogo la vuelve inofensiva: demasiado segura, demasiado barnizada, demasiado homologada.

Porque nada -más allá de la premisa interesante- destaca. No arriesga. No muerde. Es cine “bien hecho” en el peor sentido del término: sin fricción, sin aristas, sin ángulos, sin riesgos. Nunca se desploma, pero tampoco intenta despegar.

Y luego está su tonalidad: se echa en falta la rudeza, el filo primario, el instinto sanguinolento del original. Aquí la violencia es coreografiada, higiénica, amable. Se adivina la sombra del filtro corporativo de Disney. La película está construida con los aderezos genéricos del blockbuster contemporáneo.

Como entretenimiento de dos horas cumple sobradamente. Pero no aporta casi nada a una saga que lleva demasiado tiempo alargándose.