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Demolición ya


Fue la piedra angular de una ciudad más deshumanizada y aséptica pasto de franquicias y demás macrotiendas multinacionales, de comercios por doquier de supuestos productos típicos y souvenirs, de estomagantes restauradores stars que chorrean estrellas, de bares y cafés clónicos y de ayusistas terrazas, de pintxos de aquí de toda la vida que nadie había visto nunca antes, de hoteles sin parar de luxe y de pisos turísticos que llevan a un ritmo estupendo eso de la gentrificación o tocomocho; una urbe cuyos jerarcas se deshacen en reverencias ante el desembarco de grandes fondos de capital que campan a sus especulativas anchas y son también quienes realmente diseñan la ciudad; una villa que parece creer que la humanidad se mide en aceras ensanchadas y pobrecicos arbolillos plantados en medio del desierto inhóspito del cemento; una villa paraíso de los decibelios en la que cada vez hay más seres humanos que viven en la calle y en la que la solidaridad de los trabajadores y la lucha obrera y vecinal, esas sí muy nuestras, se han reconvertido hace ya un tiempo en toda una amplia gama de precariedades e individualismo acrítico-digital.

Yo sí fui contrario a la apertura del Gugenheim, y cada vez lo soy más: ¡Demolición ya!