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DE REOJO

La eternidad es un instante


El tiempo no se puede embotellar, por eso lo usamos siempre en sentido figurado cuando forma parte de nuestra misma manera intrínseca de estar y de ser. Somos tiempo y agua. Cuando llegamos a ciertos estadios de la burocracia, nos convierten en un algoritmo castrado de cualquier signo de pertenencia a una especie que cree en mesías y salvadores. La emoción se arrincona y se deja para exteriorizarla en eventos deportivos, melodramas disfrazados de arte y alguna expresión poética que redunda siempre en un hueco de nuestro currículo aúlico.

No diga vida, diga amor. ¿Cómo involucrar a jóvenes digitalizados desde la cuna en la lectura de “La odisea” o en la escucha de una sinfonía de Mahler? Mirar al espacio partidista es renunciar a la felicidad de ciudadano apto, activo y comprometido. La macroeconomía parece ser la espuma de la microeconomía, es decir, una esferificación de la contabilidad doméstica. El dinero lo están volviendo invisible para que no podamos comparar la distancia entre nosotros y los multimillonarios. ¿Para qué sirven tener 10.000 millones de dólares en una cuenta personal?

Los que aparecen con sus tractores en manifestación reclamando el importante valor del sector primario, ¿son los que de verdad trabajan la tierra? Visten raro. Ser titular de un ministerio debe ser una labor que marca carácter. ¿Es un destino o una estación? Loa funcionarios de carrera del primer nivel son los que impiden el bloqueo absoluto. Porque lo que parece cuánticamente demostrado es que la eternidad es un instante. Después llega ese silencio líquido que oscurece a la teología.