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JOPUNTUA

Por Noelia, por todes


Me chuto con un temazo de Plasmatics para escribir. ‘‘The damned’’, 1982. La necesito a ella, Wendy O. Williams, saltando del techo del autobús escolar amarillo en el que ha colocado una bomba lapa justo antes de que estalle en medio del desierto. Riendo triunfante al acelerar contra paredes de televisores, semidesnuda como una guerrera del apocalipsis, cantando punk metal, cresta platina XXL. Lanzaba pelotas con el coño mientras la entrevistaban, protagonizó películas sobre reformatorios de chicas malísimas, fue activista ambiental y por la salud de la infancia. Se pegó un tiro en el bosque con 48 años, mientras ofrecía nueces a las ardillas. Su preciosa nota de suicidio acaba así: «Para mí la mayor parte del mundo no tiene sentido, pero mis sentimientos sobre lo que estoy haciendo suenan alto y claro en mi oído interno, en un lugar donde no hay ego, solo calma. Siempre con amor, Wendy».

He invocado a Wendy O. Williams para hablar de Noelia, a la que espero dejen morir tranquila hoy, porque es su voluntad y es su derecho. Los depravados y viles Abogados Cristianos tenían que escoger este caso en su cruzada contra una eutanasia largamente pactada por la sociedad, tenían que escoger a Noelia. Una chavala, qué coño, una mujer a la que llevan dos años impidiendo dejar de sufrir, dos años en que ella no ha dudado ni un instante. Esa familia, ese padre, que bloquea con los peores aliados posibles el derecho a irse con ayuda y amor de su hija, el derecho de cualquiera, pero que abandonaron a Noelia siendo niña en centros de menores, algunos de marcado componente católico. Ella que fue brutalmente violada por un grupo de machos, tras lo que intentó suicidarse, quedando parapléjica. Por cierto, las mismas fuerzas que utilizan a Noelia contra el derecho a decidir, están detrás del fundamentalismo de la lactancia y de la criminalización del porno, ¿nos lo hacemos mirar? Noelia, preciosa, descansa al fin. Y ojalá te aguarden Wendy O. Williams, Sylvia Plath, mis amadas Roberta Marrero, Patricia Heras y Kevin Cotter, más allá de la misoginia y la crueldad de este mundo.