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«Operación Boomerang», la emigración navarra a Australia

A partir de los fondos documentales digitalizados de 28 familias, el Gobierno de Nafarroa ha creado la exposición online «Operación Boomerang», que recuerda la emigración navarra a Australia en los años 50 del siglo pasado. Unos fondos que se complementan con varias entrevistas de participantes en ese éxodo.

Varios navarros cortando caña de azúcar en Australia. En la siguiente página, Ana María Torres, de Faltzes, y su hija Juana María Moreno Torres, delante del coche familiar en la «farm». Moore Creek, Tamworth (NSW). (OPERACION BOOMERANG/OROIBIDEA)

Una exposición virtual sobre la emigración navarra a Australia en los años 50, conocida como «Operación Boomerang», está accesible desde el archivo digital Oroibidea, del Instituto Navarro de la Memoria.

La muestra está integrada por los fondos documentales digitalizados de 28 familias participantes en esa emigración, compuestos por numerosas fotografías, documentos, pasaportes, billetes de viaje... Un material que ha sido recopilado por la Asociación Boomerang y que ha cedido al Instituto Navarro de la Memoria para su digitalización.

Esos fondos se complementan con once entrevistas individuales y una a un matrimonio participantes en la emigración y cuatro colectivas a los hijos e hijas de ese éxodo.

En total, se calcula que cerca de 2.500 vascos emigraron a las antípodas para ganarse la vida en unas condiciones extremadamente duras. A los procedentes de Araba, Bizkaia y Gipuzkoa, que se trasladaron en operaciones denominadas “Canguro”, “Eucalipto” y “Emú” y a los que ya se dedicó una exposición, se sumaron las decenas de navarros que también decidieron buscarse la vida en Australia.

Esta emigración debe entenderse «dentro de la evolución general de Australia, país escasamente poblado aún en nuestros días, y en función de la política migratoria que el Gobierno federal australiano ha seguido después de la Segunda Guerra Mundial», según señala Iñaki Suso, estudioso de este fenómeno.

MIGRANTES «BLANCOS»

Australia quería alcanzar «una población de veinte millones en un breve plazo de tiempo y unos treinta para el final del siglo XX». Y para lograrlo, se creó un organismo de ámbito estatal, el Departamento Federal de Inmigración, que adoptó una serie de medidas para fomentar la migración y que aumentara «la llegada de población, exclusivamente blanca, y especialmente europea», detalla Suso.

La emigración navarra se sistematizó a partir de 1958, porque en esa época, «rota ya la situación de aislamiento del régimen de Franco», se firmó un acuerdo de cooperación, en materia de migración, entre el Gobierno español y el australiano, a partir del cual «se procedió a reclutamientos de, sobre todo, varones».

Como alicientes, se les ofrecía «la posibilidad de viajar de forma gratuita o subvencionada a ese país, donde se les aseguraba un lugar donde vivir y un puesto de trabajo con buen salario», explica Suso.

ANHELO DE PROSPERIDAD

Varias fueron las causas que empujaron a estos navarros a afrontar semejante odisea, aunque en especial estaba «el anhelo común de prosperidad económica», se recuerda en la exposición. Hubo quien se embarcó en esta aventura por «ver cerradas las posibilidades de mejora, en ocasiones por razones ideológicas», mientras que, en otros casos, había «un deseo de conocer nuevas tierras».

Para algunos y en especial en el caso de las mujeres, varios curas resultaron decisivos a la hora de darles el último empujón para animarles a emprender el viaje e «incluso facilitar las gestiones y los recursos económicos para poder iniciarlo».

Entre esas gestiones, figuraba someterse a unos reconocimientos médicos que «parte de las personas entrevistadas recuerda con cierto desagrado, ya que sintieron vulnerada en el trato su dignidad personal».

Las primeras expediciones se hicieron en barco, en unos trayectos que duraban más de un mes de tiempo y que podían llevar rutas diferentes. La mayoría viajó por el Mediterráneo y el canal de Suez, para pasar al mar Rojo y de ahí dirigirse por el Índico hacia Australia.

Pero también hubo quienes viajaron por el Atlántico y cruzaron al Índico por el cabo de Buena Esperanza. Más adelante se simplificó el viaje al hacerse recurriendo al avión.

EN LA CAÑA DE AZÚCAR

Una vez en Australia, lo habitual era que se les alojara en los llamados «berys», unos precarios barracones en los que eran instalados quienes iban a dedicarse al trabajo agrario, sobre todo en la caña de azúcar o el tabaco, aunque también hubo quien trabajó en la construcción. Pocos se emplearon en el comercio.

Esos cultivos se encontraban en zonas aisladas y con escasa población, de ahí la necesidad de emigrantes, y era un trabajo que se realizaba en «duras condiciones». En las imágenes, se les ve cortando espigadas cañas de azúcar que luego metían en vagonetas o se movían con tractores. Y también de gente en plena actividad en los secaderos de tabaco.

Una de las primeras barreras que se encontraron estos emigrantes fue la idiomática, aunque existía la posibilidad de apuntarse a clases de inglés gratuitas. La cuestión era poder compaginarlas con el trabajo cotidiano. Cuando resultaba muy complicado, especialmente cuando se encontraban en lugares alejados de núcleos urbanos, existía la opción de aprender inglés por correspondencia.

Lo que más les llamó la atención fue el desarrollo de Australia en comparación con lo que habían dejado en Nafarroa. Curiosamente, cuando se embarcaron, «fueron pensando que iban a un país subdesarrollado y se encontraron con un enorme nivel tecnológico en la sociedad australiana a todos los niveles: el transporte, las comunicaciones...», señala Suso.

En la exposición se pone de relieve que las personas entrevistadas destacan el desarrollo de una sociedad de consumo, que se traducía en mejores salarios, «y en mayor grado de libertad, no solo política, sino también social».

«RECLÁMAME PARA PODER IR»

En este sentido, se recoge que las fotografías tomadas en esa época por los emigrantes navarros «muestran un interés por reflejar los signos de esa prosperidad a la que fueron accediendo poco a poco». Uno de ellos eran las viviendas, ya que, según mejoraba su economía, pasaron a vivir a edificaciones «unifamiliares en zonas urbanas y, en ocasiones, construidos por ellos mismos».

Otras muestras de esa bonanza económica eran los viajes a ciudades como Sidney, los objetos de consumo y, por encima de todo, el automóvil, «presente en muchas imágenes». El coche, todavía muy poco extendido en Nafarroa, era «a la vez necesidad para moverse en un país enorme y símbolo de esa prosperidad a la que no habían accedido aún sus convecinos»

De hecho, esas estampas se convirtieron en el mejor reclamo de familiares y amigos, a los que los emigrados contaban «lo relativamente bien que se vivía, el abundante trabajo que existía y los buenos sueldos que recibían». Así que no faltaron navarros que les pedían que les llamaran para poder ir a Australia.

«Tú reclámame para poder ir», les instaban, lo que evidencia, según señala el investigador, que «parece ser que el viaje solo se podía efectuar de modo organizado, es decir, o a través de viajes organizados por el Estado o por la embajada australiana, o con la petición de alguien ya residente allí». Así se fue gestando una comunidad en la que se formaron parejas, pero «casi exclusivamente» dentro de ella misma. Es decir, o viajaban matrimonios o, en el caso de los solteros, sobre todo varones, «desde allí reclamaron a sus novias para casarse». Unas familias emigrantes que «se relacionaron casi siempre con personas de su misma procedencia», se recoge en la exposición online.

Esa forma de proceder también vendría a indicar la intención última de quienes viajaron a Australia y que consistía en «ahorrar lo más posible para regresar a casa, a su tierra, para reanudar su vida», apunta Suso.

Aunque hubo quienes decidieron permanecer definitivamente en Australia, lo más habitual fue regresar a sus lugares de origen «en mejor situación económica de la que tenían al partir».