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Percibir sin sombrero


La oradora fue a dar una charla. Esta versaba sobre un tema conflictivo. A punto de empezar advirtió que todas las personas llevaban sombrero... Hizo una pausa, miró a la audiencia y les dijo que nunca había visto una colección tan espléndida de sombreros, y que acaso podrían oír mejor si se quitaran el sombrero. Los asistentes así lo hicieron, y al final de la charla estaban sorprendidos de que habían aprendido mucho más de lo que habían esperado. («Más magia de la metáfora» de Nick Owen).

La pericia de la oradora produce una transformación en el conocimiento de los oyentes, pues estos al quitarse el sombrero se han despojado de un modo de estar sujeto a convenciones y han escuchado con mayor interés. Sin embargo, no es fácil percibir con claridad en una sociedad tan saturada de información, tener la lucidez precisa para saber discernir lo importante de lo secundario, ser consciente de nuestros prejuicios y recelos. Construimos el mundo a partir de lo que percibimos y esa percepción constituye el proceso de conocimiento a través de las sensaciones, las emociones y los sentidos: vemos, escuchamos, tocamos, olemos y saboreamos, junto con el lenguaje dando forma a eso que llamamos la realidad.

Pero esta manera de percibir puede ser distorsionada, manejada socialmente mediante el engaño o la falsedad. Algo así sucede cuando estamos en un teatro ante un prestidigitador que atrae nuestro interés y atención en esa espera. Pues ¿qué sacará el mago de su chistera? ¿Cuándo? Hay un momento de suspensión en nuestra mente, hay una expectación muda, cronos ha desaparecido, solo una expectación ante lo imprevisible. El mago dirige la atención del público a la aparición de algo, quizás de un objeto hasta ese momento todavía inexistente. Sorprende y hábilmente hace surgir lo no esperado, eso que rompe lo rutinario, el hábito, lo sabido y conocido. El diestro prestidigitador, creador de percepciones ilusorias, construye algo aparentemente misterioso a través de la exhibición de un objeto, fascinando y asombrando al público.

Así alguien con un determinado rol influyente puede embaucar. O dicho de otro modo, desde una posición social relevante puede intentar imponer toda una versión de la realidad. Es entonces cuando la percepción es dirigida y manipulada por alguien con los recursos que su estatus de poder le permiten. Esta percepción impuesta que busca la demostración del poder del personaje mediante su voz, su presencia u otros medios nos lleva a reflexionar sobre la idolatría de la imagen tan en auge en la cultura actual. Una realidad que con la digitalización y la omnipresencia de las pantallas arrastra nuestra percepción ya saturada de tanta información. Entonces lo que existe es un propósito cuyo objetivo persigue manejar nuestra manera de vernos y de ver el mundo mediante la dirección de nuestra atención siendo desviada, gobernada y llevada allí hacia donde se quiere, bien a través de los medios, las redes sociales y la publicidad. Todo ello mediante una comunicación, frecuentemente, superficial y fragmentada dirigida a un consumo insaciable, inductor a su vez de un desasosiego existencial.

Sin embargo existen culturas y modos de percepción que nos ayudan a entender de manera más extensa y profunda la realidad humana. Así es en la ancestral percepción del chamán que va más allá del yo y del tiempo lineal. El chamán visita mundos paralelos mediante su viaje por estados modificados de conciencia. O también las percepciones que traspasan la conciencia ordinaria dualista pues dotan de un conocimiento que trasciende lo analítico, lo racional. Formas de conocimiento estas en las que la atención cobra una dimensión intensa en el proceso cognitivo y en donde el vínculo que se establece con lo otro es de naturaleza diferente. Tal es el caso de filosofías orientales cada vez más extendidas en el planeta como son, entre otras, el vedanta-advaita, el taoísmo o el budismo zen.

La percepción puede adquirir una dimensión más sutil cuando emerge en alguien de manera espontánea. Así ocurre en la experiencia del asombro que se desencadena cuando contemplamos una obra de arte o ante un paisaje, originándose una relación inseparablemente íntima entre este y lo observado. O de la misma manera, en un Pueblo tan musical como el nuestro, sucede en la escucha atenta de una música que nos conmueve profundamente. Y aquí se incluye tanto una voz humana querible o el trino de los pájaros. Valga una anécdota. En el diálogo posterior a una conferencia en Uxue, un pastor del lugar comentó cómo al escuchar sentado junto a un árbol el trino de un ruiseñor, se le ocurrió responderle con el sonido que pudo articular. Ante su sorpresa el ave le respondió. Repitió entonces su silbido para comprobar si se trataba de una casualidad y el ruiseñor de nuevo le respondió. Estaba conversando con el ave, sin saber de qué, lógicamente, pero con goce puro.

Despojarse del sombrero nos evoca, además, la anécdota de la década de los años 20. Una idea originaria de las pintoras Maruja Mallo y Margarita Manso que junto con García Lorca y Dalí se les ocurrió algo que suponía una ruptura con las costumbres de la época, quitarse el sombrero en plena calle pues, tal como dijeron posteriormente, «estábamos congestionando las ideas». Todo esto acabó siendo un escándalo ya que implicaba fundamentalmente una no aceptación del papel que se le adjudicaba a la mujer en ese momento.

Despojarse del sombrero es toda una metáfora sobre nuestra forma de pensar y es una invitación, en definitiva, el abandono de los prejuicios, de los hábitos, la desautomatización de lo aparentemente obvio pero también la desocultación de lo implícito y el desvelamiento de lo complejo, abriéndonos a lo desconocido.