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Europa versus Europa


El ascenso de las fuerzas soberanistas en las últimas elecciones locales en el Reino Unido −Gales, Irlanda del Norte y Escocia− ha dado un impulso político y emotivo a esas corrientes que cuestionan los estados-nación forjados en Europa a partir de los poderes monárquicos. Hace bien poco ensalzamos la lehendakaritza de Alain Iriart en Euskal Hirigune Elkargoa, así como la llegada de Peio Dufau a la Asamblea Nacional francesa. En marzo del pasado año, las dos primeras fuerzas hegemónicas en el Parlamento de Groenlandia resultaron ser abiertamente separatistas de Dinamarca. El independentismo corso es mayoría en la isla desde hace una década, mientras desde hace tres Transnistria, Osetia del Sur y Abjasia circulan en un limbo sin reconocimiento de su soberanía por parte de la Unión Europea y, de facto, actúan como estados independientes. España es uno de los 77 estados de Naciones Unidas que no reconoce a Kosovo, pero paradójicamente acepta los pasaportes kosovares y sus selecciones deportivas se enfrentan en encuentros internacionales.

Estas corrientes soberanistas comparten espacios comunes y, en otros casos, apenas ideología. Son, sin embargo, síntomas de un escenario marcado por guerras, colonizaciones y mapas diseñados por elites de poder. Frente a ellos se alza, paralelamente en estos tiempos, lo que en Europa se ha denominado como tendencia ultra, el ascenso de diseños autoritarios, cuando no abiertamente fascistas. Aunque la memoria sea frágil, el pasado nos muestra las claves de esos movimientos, desde aquella conquista napoleónica de principios del siglo XIX −que se podría considerar incluso como la Primera Guerra Mundial− hasta las dos contiendas planetarias, ya en el siglo XX, especialmente la segunda.

En esta ocasión, y no quiero ser reiterativo en el tema, parece que estamos inmersos de lleno en una Tercera Guerra Mundial, cuarta si la calificáramos como tal a la andanada liderada por Napoleón, con multitud de focos bélicos repartidos por el teatro mundial. Con un núcleo próximo en Ucrania y la guerra por delegación de la OTAN y otro en Asia Occidental, que pronto derivará en una crisis económica sin precedentes cercanos que afectará por desabastecimientos al planeta, especialmente al Sur. La lenta pero inexorable caída del Occidente, que no acepta la realidad multipolar, ya ha hecho saltar por los aires acuerdos e instituciones internacionales supuestamente sólidas, el llamado derecho internacional y una arquitectura política basada hasta ahora en la unilateralidad.

Pudiera parecer que el ciclo se ha destapado a partir del cambio de Gobierno en Estados Unidos, con la llegada de Donald Trump, o las ofensivas de Netanyahu para convertir un texto de fábula como el Gran Israel en entidad política. Hay numerosas referencias, sin embargo, que atrasan este cambio de ciclo internacional a las décadas anteriores. Las campañas de «prioridad nacional» o «unidad nacional» que recorren las iniciativas tanto de derechas como de alguna izquierda, en Washington, París, Londres, Berlín o Madrid, no nos son ajenas. Las hemos sufrido y bien sufrido bajo argumentos asentados en una narrativa convertida en un arma más de guerra. Nos dicen que asimétrica, argumento anexo al de la pólvora.

En cuanto a esa llamada deriva antidemocrática, la tendencia viene de lejos. La Unión Europea, nacida oficialmente como un proyecto económico y concebida como respaldo estratégico de la OTAN, se ha convertido también en un proyecto abiertamente político. El golpe de Estado de los banqueros europeos en 2008, saltándose a las instituciones de la Unión Europea que debían resolver la crisis originada por la quiebra de las subprime y Lehman Brothers, modificó el último rescoldo democrático del proyecto paneuropeo. Los banqueros impusieron el rescate de sus finanzas para continuar en beneficios, imputando a los Estados sus pérdidas que, por extensión, recayeron en la mayoría de la población. Cerca de un billón y medio de euros en inyecciones directas y 3,65 billones de euros en ayudas de liquidez. A descontar de educación, sanidad, inversión e industria. La que nos anuncian crisis de 2026 es hija de aquel golpe de Estado.

Un calco, asimismo, de esa crisis actual de EEUU. La subordinación tiene sus efectos. Hoy, no hace falta ser «politólogo» para detectarlo. La relación entre Bruselas y Washington sigue siendo gigantesca y la dependencia en sectores como la defensa, la energía, la tecnología o las finanzas, total. Seguimos importando de EEUU más de la mitad del gas licuado que necesitamos. EEUU se ha consolidado también como el principal proveedor de petróleo de la Unión Europea, tras el cierre del comercio con la Federación de Rusia y el rearme europeo intentará revitalizar la economía de... Washington, tras un acuerdo vergonzoso e ignominioso de Ursula von der Leyen con Trump en aquel campo de golf escocés. Esta vez, y saltándose nuevamente normas internacionales, en este caso marítimas, cuando el barco comienza a hundirse, el capitán (Trump) es el primero en ponerse a salvo.

En este contexto, las naciones sin Estado adquieren una relevancia especial como espacios potenciales de resistencia democrática y pluralismo político. Aquellas al menos que han participado en la creación o mantenimiento de nuestra identidad comunitaria. En lo particular, nuestras sociedades, es cierto que con zancadillas y disonancias, han desarrollado modelos políticos más participativos, una fuerte defensa de los derechos civiles y culturales y una visión más descentralizada del poder. Frente a la centralización autoritaria, nuestros proyectos de soberanía pueden actuar como laboratorios democráticos capaces de plantear alternativas sustentadas en la proximidad institucional y la diversidad. Con un valor político que llevamos atesorando en nuestra reivindicación identitaria. Ahora toca también una reflexión profunda sobre la democracia en el siglo XXI: quién decide, desde dónde se decide y al servicio de qué intereses se ejerce el poder. Y no solo continuar siendo un foco de resistencia, sino también un espacio de creación política.