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HUGO 24

La precariedad en alta definición


Resulta interesante recordar el documental “Eloy de la Iglesia, adicto al cine” de Gaizka Urresti, que pone en primer plano el valor del cine quinqui y de una forma de hacer cine que, con todos sus defectos, transmitía sensación de autenticidad. No había esa distancia tan calculada entre lo que se quería contar y cómo se decidía contarlo. El relato nacía pegado a la calle.

Esa reflexión aparece al acercarse a “Hugo 24”, ya que parte del cine social contemporáneo sigue mirando una realidad necesaria, pero a menudo da la impresión de hacerlo desde cierta distancia, como si la estuviera observando desde fuera en lugar de formar parte de ella.

“Hugo 24” es un drama urbano en modo cuenta atrás, que acompaña las últimas 24 horas de un joven (Arón Piper) al borde de un desahucio en Madrid.

En lo formal, la película recurre al paquete estándar del realismo contemporáneo: cámara en mano, iluminación naturalista y una puesta en escena inmediata y efectiva. Funciona, en el sentido en que funcionan muchas películas recientes del mismo registro. Es una estética reconocible, pulida, casi ya un lenguaje internacional del “cine social serio”. Aquí cumple su cometido, pero a veces se nota más el dispositivo que la calle.

Esa misma voluntad de claridad se vuelve un arma de doble filo cuando el relato insiste en explicarse demasiado a sí mismo. Los temas no solo están presentes, sino que en ocasiones parecen subrayados con rotulador grueso. El guion, en varios tramos, parece más preocupado por dejar claro el mensaje que por confiar en que la historia pueda sostenerlo por sí sola.

Una película que quiere estar muy cerca de la realidad, pero que a veces parece conformarse con representarla desde cierta distancia.