2026 EKA. 05 GAURKOA Morbilidad diferencial Maitena MONROY Profesora de autodefensa feminista {{^data.noClicksRemaining}} Artikulu hau irakurtzeko erregistratu doan edo harpidetu Dagoeneko erregistratuta edo harpideduna? Saioa hasi ERREGISTRATU IRAKURTZEKO {{/data.noClicksRemaining}} {{#data.noClicksRemaining}} Klikik gabe gelditu zara Harpidetu {{/data.noClicksRemaining}} El 28 de mayo se conmemora el Día Internacional de Acción por la Salud de las Mujeres. Dicho día se estableció en 1987 durante la V Reunión Internacional de Salud de las Mujeres en San José, Costa Rica, impulsado por la Red de Salud de las Mujeres de América Latina y el Caribe (Rsmlac y la Red Mundial de Mujeres por los Derechos Reproductivos (Wgnrr). Es una fecha que suele pasar bastante desapercibida, pero que, en los últimos años, en estas latitudes y gracias a profesionales sanitarias, está comenzando a tener cierta repercusión. Hemos denunciado que la mirada de la medicina occidental ha sido androcéntrica, situando a la biología masculina en el centro de la investigación, del estudio y de la intervención. El trato hacía las mujeres ha partido de esa mirada, o, mejor dicho, de esa ceguera, que por una parte nos ha invisibilizado y, por otra, debido a los sesgos patriarcales con los que se suele atender todo lo relacionado con la salud y los derechos de las mujeres se ha infravalorado, psiquiatrizado o psicosomatizado. En el ámbito de la medicina, conceptos que giran en torno a la fecha señalada como la morbilidad diferencial siguen sin aplicarse porque, básicamente, no se estudian al no ser (re)conocidos. Bajo este concepto se describe el conjunto de enfermedades, motivos de consulta y factores de riesgo que requieren atención específica en las mujeres, ya sea porque solo ellas pueden presentarlos, o porque son más prevalentes en el sexo femenino y, también, aquellos factores de riesgo derivados de la posición social, de la presión estética, de la sobrecarga de cuidados, de la violencia, es decir, del significado material de la opresión patriarcal. Valga como ejemplo de esta concreción el hecho de que nueve de cada diez trastornos de la conducta alimentaria los padecen mujeres, con el patrocinio viral de páginas web y perfiles, en las que presentan la anorexia y la bulimia no como trastornos, sino como «estilos de vida». O el hecho de que el lugar más peligroso para una mujer sea su propia casa. Nos violan, distribuyen imágenes de esas violaciones, y asesinan, hombres que supuestamente nos quieren. Este hecho diferencial debería de hacer de la violencia contra las mujeres un objeto de análisis e intervención también diferencial. Analizar la morbilidad diferencial ha dado, siempre, un poco de miedo por el riesgo de caer en el esencialismo y, ahora, por el riesgo de ser acusada de alguna fobia, de alguna falta de inclusión o de fomentar el binarismo. El debate social, promovido por las corrientes posmodernas, ha ensanchado y, curiosamente, fijado el género como parámetro de análisis en todas las áreas del conocimiento, eliminando la categoría sexo como determinante o variable. Sin embargo, atender la morbilidad supone tener también datos desagregados por sexo en las investigaciones preclínicas y clínicas, para una intervención sanitaria que no sea sexista. En muchas intervenciones se aplica el modelo biopsicosocial teniendo en cuenta el género, no desde un análisis crítico, sino como un dato, o peor, para reforzar sus estereotipos y atribuciones, lo que genera un mayor sesgo de anclaje en los valores patriarcales. En otras intervenciones, como en los malestares patriarcales que sufren las mujeres, podemos caer en el error de pensar que todo es sociocultural y olvidarnos de las banderas rojas que pueden presentar, por ejemplo, por tener una motilidad más lenta de la fibra lisa, por la mayor prevalencia de enfermedades autoinmunes, etc. Y, a su vez, en la intervención, porque ya se sabe que medicamentos lipofílicos, entre ellos dos de los más recetados a las mujeres para soportar sus malestares, como son los opiáceos y las benzodiacepinas, van a tener una acción más prolongada en el cuerpo de las mujeres. Más del 40% de medicamentos muestran diferencias farmacocinéticas significativas en distribución, metabolización y excreción entre hombres y mujeres. Muchas mujeres están sobremedicalizadas por la falta de investigación y/o los retrasos en los diagnósticos, pero también por tomar la misma pauta que los hombres. Las reacciones adversas más graves y frecuentes a los medicamentos, 8 de cada 10, las padecen las mujeres. Este dato, por sí solo, debería de saltar todas las alarmas si a las industrias y sistemas de salud les preocupase la salud de las mujeres. El género y el sexo pueden ser dos categorías determinantes para la salud y, por tanto, también para la enfermedad. El modelo biopsicosocial debe incorporar la perspectiva feminista, entendido en este caso, el género, la socialización, como un patógeno, es decir como un determinante de la desigualdad que va a afectar de múltiples formas a los derechos y a la salud de las mujeres. Así que tenemos que identificar esa persuasiva y obstinada violencia simbólica con un renacer de la socialización femenina que acepta la subordinación e incluso la idealiza como está ocurriendo actualmente con el fenómeno de las tradwife o las escuelas de esposas. Esto, sin olvidarnos de la estructura social y económica que va a determinar las condiciones materiales de vida y la precarización de la misma. Necesitamos de investigación, estudios y formación feminista que repercutan en la intervención sanitaria, pero para ello necesitamos de un compromiso político que dote de las herramientas adecuadas para que el derecho a la salud sea un derecho humano de las mujeres al que deben acceder sin restricciones o exclusiones de ningún tipo y, con este fin, es imprescindible investigar más sobre la morbilidad diferencial. Visibilizar una realidad nunca debería implicar la invisibilización de otras y esto es lo que se pretende al señalar esta fecha específica: tomar conciencia, de parte, de las desigualdades existentes en el ámbito de la salud. Este hecho no debería de restar a nadie, como no lo hace saber que, en términos de salud, «pesa más el código postal que el genético». Ningún conocimiento puede ser ciego a su objeto de estudio, ni al contexto en el que se produce la vida. Necesitamos de investigación, estudios y formación feminista que repercutan en la intervención sanitaria