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JOPUNTUA

Naturaleza sintética


Presentador de informativos en la cadena facha Fox, cristiano fundamentalista converso, orgulloso exmarine, partidario de revertir el sufragio femenino, esta joya que confunde la Biblia con ‘‘Pulp Fiction’’ se llama Pete Hegshet. Aunque ha sido ascendido por Trump a secretario de Defensa, él llama a las cosas por su nombre: es secretario de Guerra. Como aquel español que cantaba con devoción a la Policía Nacional, Hegshet detesta al hombre blandengue. Y ya que ostenta el poder político, puede ponerle remedio a la pérdida de virilidad de los hombres, emasculados desde el interior del Imperio por feministas y maricones. Empezando por los machos más importantes, los miembros de su ejército, primera línea de defensa frente a la amenaza en la que dicen vivir los supremacistas.

Su gran idea es someter a los soldados mayores de 30 años a pruebas que evalúen sus niveles de testosterona; a los soldados cisgénero, claro. Lo de chutarse testosterona sintética será opcional. La misma testosterona sintética que se chutan los hombres trans, obvio, pero dentro del pitoste ontológico que blande el binarismo de género, es como si al tomarla los soldados, se volviera natural. «¡La testosterona es nuestra, solo nuestra!», parecen gritar los machos. Como si no fuera científicamente irrefutable que la tenemos todo el mundo. La guerra de las hormonas es puro delirio patriarcal.

Las mujeres también llevamos tiempo jugando con la «testo». Una amiga me contó que, a veces, cuando se le apodera el sentimentalismo desamoroso, se chuta una dosis de testosterona que dejó en su casa un novio trans, para salir del modo drama queen. ¡Gran antídoto contra la programación romántica a la que se nos somete a nosotras patriarcalmente! Jane Fonda la recomendaba para ponerse cachonda después de los 80.

Hablando del Imperio, me enteré de quién había ganado el mundial de fútbol por internet, con todas las ventanas de casa abiertas. Mi barrio de Iruñea permaneció en silencio, señal inequívoca de que esto no es España.