GARA Euskal Herriko egunkaria
GAURKOA

El corral de Valcaldera


En la penumbra del anochecer, manchado de sangre fresca, Honorino Arteta logró escapar por la llanura desierta de las Bardenas. Llevaba en el cuerpo el mordisco de cuatro balas. Al principio, se escondió en una cueva con la esperanza de burlar a sus perseguidores. Un mes más tarde, cuando comprendió que la guerra se prolongaba más de lo previsto, se unió a un grupo de prófugos y caminó hacia el paso fronterizo de Belagua. Iba vestido con un mono azul. Como no tenía zapatos, se había envuelto los pies con unos retales de arpillera y sentía que el frío del otoño le abría las carnes y le penetraba hasta los tuétanos.

Sobrevivió al hambre y a la sed. Se adentró por regiones tan agrestes y opacas que estuvo a punto de morir arrastrado por las aguas del río Aragón. Por fin, a las puertas de la frontera, se dio de bruces con una partida de carabineros y extravió a sus compañeros de viaje en la desbandada. Estaba solo y desvanecido por el esfuerzo. Se habría dejado morir sobre la nieve de no haber sido porque el destino le había asignado una misión: era el único superviviente de la matanza de Valcaldera y tenía que poner a salvo su testimonio. Si los fascistas le hubieran dado caza, Honorino Arteta nunca habría escrito los pormenores de su evasión y esta crónica no existiría.

Lo auxiliaron unos cazadores en Urdatx. Después de comparecer ante las autoridades francesas, fue a parar al hospital de Maule, donde coincidió con otros exiliados del Frente Popular. En el respiro de la convalecencia, decidió ir a Barcelona para enrolarse en los batallones republicanos. Compró un billete de tren sin saber que el paso de Portbou iba a ofrecer tanta resistencia. No tenía documentos que acreditaran su identidad, así que los agentes de la Policía española lo tomaron por un espía enemigo y hasta amenazaron con fusilarlo cuando supieron que procedía de Iruñea. Lo último que quería era acabar como Marino Húder.

Marino Húder era médico y miembro diligente de Izquierda Republicana. Dos días después de la sublevación militar, lo sacaron a la fuerza de su casa para llevarlo a la prisión provincial de Iruñea. Allí terminó también su primo Ramón Húder. Los prisioneros, con sus cabezas rapadas y sus caras de muertos prematuros, pertenecían a las diferentes estirpes de la izquierda navarra. Estaba Miguel Antonio Escobar, secretario general de la Federación Socialista. Estaba Jesús Otermin, un hojalatero iruindarra que militaba en el PCE. Estaba José Belloz, un joven obrero de Tudela afiliado a la CNT.

Si sabemos lo que ocurrió después, es porque Honorino Arteta lo dejó escrito. La tarde del 23 de agosto, mientras el ejército de Emilio Mola golpeaba la línea de Buruntza, un oficial entró en el patio de la cárcel provincial de Iruñea y leyó en voz alta los nombres de los prisioneros que iban a salir en libertad. Les ordenó que reunieran sus pertenencias. Afuera esperaban dos autocares. Al abandonar el penal, Honorino Arteta vio una patrulla de hombres armados y reconoció de inmediato a Gregorio Apesteguía, el lechero de la Rochapea, un dirigente de vieja alcurnia falangista que haría méritos suficientes para llevar al hombro el ataúd de José Antonio Primo de Rivera.

A Honorino Arteta lo sacudió un presagio. Los autocares, cargados con 52 reclusos, avanzaron por la carretera que llevaba a Zaragoza y torcieron por un sendero a la altura de Cadreita. Poco a poco, el corral de Valcaldera fue tomando la forma de un patíbulo. Los verdugos separaron a los presos de sus pertenencias y movilizaron a once clérigos para que les dieran el consuelo de la confesión. Los fusilaron de seis en seis. Sobre la tierra se amontonaban los cadáveres de Pablo Galbete, de los hermanos Cayuela, de toda una generación rebelde cuyos huesos aún crujen de rabia en el vientre de la tierra.

Honorino Arteta corrió herido por cuatro balas, se hizo invisible, vagó por veredas sin nombre y franqueó la frontera con el cuerpo magullado hasta llegar primero a Maule y después a Barcelona. Allí se puso al servicio de la CNT. Acto seguido, se incorporó a la Columna Ascaso con la firme resolución de quebrar el frente de Aragón, regresar a Iruñea y vengar la muerte de sus compañeros. No podía permitir que decayera su optimismo. Impulsado por su conciencia proletaria, creía que las huestes republicanas debían reducir a los sublevados para que nunca volviera a brotar la semilla del fascismo.

La derrota lo convirtió en un fantasma. Tras la retirada, pasó por el campo de Saint-Cyprien. Murió en el exilio en 1978. En la neblina de la guerra, mucho antes de exhalar el último suspiro, había remitido a la madre del doctor Marino Húder un relato mecanografiado de la matanza de Valcaldera. La carta viajó a Venezuela y emprendió el camino de regreso hace apenas cinco años, cuando los descendientes de la familia Húder dieron con los descendientes de la familia Arteta. En la Plaza de los Fueros de Elizondo, durante un homenaje a los expatriados, Maricarmen Yárnoz Húder le entregó a Eneko Arteta una copia del relato.

Hoy cumplen 90 años los muertos de Valcaldera. Estaba Amadeo Urla, dirigente de Izquierda Republicana. Estaba el periodista Miguel Antonio Escobar, militante del PSOE y de la UGT. Estaba el doctor Evaristo Pérez, que pudo haber huido al norte pero eligió permanecer en Auritz porque se consideraba un hombre inocente. Sus nombres aún resuenan desde las entrañas de la prisión provincial, leídos en voz alta por un portavoz de la muerte y repetidos ahora, casi un siglo después, por los portavoces de la memoria. La historia de nuestro país es un eterno recuerdo a tumba abierta.