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PETROHERRIA (II)

A por el Frente Amplio Eléctrico

La crisis climática obliga a hacer transformaciones radicales en muy poco tiempo y la izquierda llega a la cita más débil que nunca. «Es fácil desesperarse un poco», dice Xan López, que sin embargo, encuentra motivos para la esperanza siempre que nos pongamos en marcha y sepamos navegar contradicciones propias y ajenas.

Paneles fotovoltaicos y tendido eléctrico en la ribera navarra. (Jagoba MANTEROLA | FOKU)

Xan López, segundo invitado en los micrófonos del podcast “Petroherria”, conducido por Jon Urzelai, arranca con dos premisas un análisis general que va creciendo desde un realismo casi trágico a una versión más o menos optimista del futuro.

La primera premisa de este activista, autor del libro ‘‘El fin de la paciencia’’ (Anagrama, 2025), editor de la revista ‘‘Corriente cálida’’ y miembro del Instituto Meridiano, es que no tenemos tiempo. «La cuestión temporal introduce una novedad que es casi radical en la tradición emancipadora de la izquierda», considera López, que desarrolla la idea: «Las luchas por la democratización y el socialismo han tenido un componente de paciencia un poco secular, de entender que no se consigue todo inmediatamente y que ninguna derrota es definitiva».

Esta sí lo puede ser. López no resta importancia a esta paciencia histórica -«ha dado esperanza a gente que tenía pocos motivos para ella»-, pero cree que puede volvérsenos en contra. «Porque lo que nos dice la ciencia es que tenemos unos plazos temporales muy cortos para hacer transformaciones profundísimas y, hasta cierto punto, no podemos fracasar».

Segunda premisa: «En un momento en el que la amenaza contra nuestra supervivencia es quizá la mayor en nuestra historia, se une un momento de extrema debilidad política» de la izquierda y los movimientos transformadores. «Es fácil desesperarse un poco, el reto es gigante y las fuerzas mínimas; nos da un poco la risa por no llorar».

La receta de López para salir de este callejón son el realismo y el pragmatismo: «Lo que no me convence en absoluto es esta idea de ‘voy a hacer lo de siempre’ y pasa un año y cinco y diez, y tampoco consigo mucho pero no pasa nada, porque mis ideas son las correctas y poco a poco voy a transformar la realidad. Ese tipo de mentalidad es incluso peligrosa ahora mismo». En vez de ello, el autor gallego prefiere centrarse «en problemas concretos, en cómo puedo resolverlos y en cómo mido si hemos avanzado en la resolución de esos problemas». La revaluación constante de las decisiones y políticas, en busca de su eficacia, es una idea que atraviesa toda la entrevista. Si no funciona, hay que cambiar.

ALIANZAS INCÓMODAS Y NECESARIAS

Esa búsqueda de soluciones para problemas concretos a partir de los cuales empezar las transformaciones necesarias, implica buscar alianzas entre «gente muy diversa que no se tiene por qué poner de acuerdo en otra cosa».

«Puede haber situaciones en las que realmente te encuentres en la misma trinchera con intereses empresariales del llamado capitalismo verde, que coyunturalmente se esté enfrentando al capitalismo fósil tradicional. Creo que hay que tomárselo con un poco de naturalidad», apunta López, que receta realismo en grandes dosis: «En Europa, lo que más ha conseguido reducir las emisiones es la transición hacia las energías renovables, en la que ha tenido un peso el capital verde, no por su bondad, sino porque estás en un momento histórico en el que, por ausencia de los estados, de los poderes públicos y de los movimientos populares que podrían empujar hacia otras formas de propiedad y organización, ese capital verde es casi el único que puede» hacer las inversiones necesarias.

¿Es esta una forma de apuntalar el estatu quo? La pregunta es legítima. «Sí y no», contesta el entrevistado. Esta respuesta abre nuevas puertas en el discurso de López. Crucémoslas. «Efectivamente, renuncias a abolir el capitalismo. Pero también habrá que decir que llevamos más de 200 años con el capitalismo como lógica dominante, ha habido intentos bastante notables de abolirlo y no lo hemos conseguido. Teniendo en cuenta que no tenemos ni una fracción de la fuerza que tuvieron en aquellos momentos, creo que no es realista plantear que lo vamos a conseguir nosotros en 10-15 años».

López profundiza en la reflexión: «Los autores de los límites planetarios hablan de que el único objetivo no negociable es el de la reintegración de la civilización humana en los límites planetarios. Yo eso me lo tomo en serio, el objetivo principal es este y no tanto la abolición del capitalismo, yo no creo que sea cierto que es absolutamente imposible superar estas crisis sin superar el capitalismo».

Y a continuación muestra la otra cara de la moneda: «Diría que no es tanto una resignación, sino una valoración de que, en esta situación, la forma de avanzar socialmente es trabajando en esas contradicciones que se están dando entre diferentes tipos de capital, en las crisis de estado que se están dando, en la crisis de la hegemonía del neoliberalismo».

«Además -añade-, no veo tan claro que la gente que renuncia a este pragmatismo esté dando pasos de gigante».

¿Y TRAS EL FIN DEL NEOLIBERALISMO?

Uno debe seguramente trabajar sus contradicciones, pero también hurgar en las de su adversario, parece querer decir López, para quien «el neoliberalismo está en una crisis terminal». No se hace demasiadas ilusiones al respecto -«hasta cierto punto será una muerte por éxito, por sus contradicciones internas»-, pero defiende que se abre una ventana de oportunidad, igual que se abrió a principios de los años 70.

«Hay grandes paralelismos entre los dos momentos, a principios de los 70 se estaban manifestando los límites internos del consenso de postguerra, y la crisis del petróleo subió espectacularmente el precio de la energía, abriendo unos años de disputa política. La cosa podría haber girado en otras direcciones, pero al final se impuso un giro reaccionario, una contrarrevolución que tomó la forma del neoliberalismo», desarrolla López, quien ahora ve a ese mismo neoliberalismo en crisis interna, en un momento con una crisis energética enorme.

«Una lectura optimista del presente es que esto puede ser un incentivo para una aceleración de la transición energética. La invasión de Ucrania por parte de Rusia, por ejemplo, fue una aceleración de la implantación de renovables en muchos países de Europa», asegura, si bien concede: «Hay lecturas mucho más pesimistas, por supuesto, puede que esto sea el principio de la tercera guerra mundial y tengamos problemas más graves».

Y EN MEDIO DE LA DISPUTA POLÍTICA, LA CUESTIÓN ENERGÉTICA

En este contexto, por contradictorio que parezca, es donde empieza a florecer la esperanza, según López. Por dos motivos. El primero tiene que ver con la revolución electro-técnica, «esta conjunción de energías renovables y electrificación de procesos industriales». Aproximadamente tres cuartas partes de las emisiones de gases de efecto invernadero son hoy en día técnicamente descarbonizables, con tecnologías a menudo más baratas que las fósiles. «Es una buena noticia y a veces desde la izquierda se rechaza. Hay que aprovecharlo», insiste el autor gallego.

El segundo motivo tiene que ver con el «potencial democratizador» de la transición energética. «Son energías más baratas y distribuidas, ya están desconcentrando la generación en el Estado» español, apunta López, que aporta un dato: hace no muchos años, las tres empresas oligopólicas dominaban más del 80% de la generación eléctrica y ahora no llegan al 50%. Y se podría hacer mucho más, con otros tipos de propiedad pública, cooperativas, comunidades energéticas, etc.».

Esta realidad convierte en factible, sigue López, que muchos países sean soberanos energéticamente, «cosa hasta ahora imposible por la dependencia hacia los combustibles fósiles en manos de pocos países». Hacer posible que un país sea energéticamente soberano puede cambiar muchas cosas. «Creo que la izquierda tiene que prestar atención a esos potenciales y ver cómo los aprovechamos», concluye.

EL CAMINO HACIA LA HEGEMONÍA ELÉCTRICA

A nivel geopolítico, López habla de «cierta dicotomía a nivel mundial» entre dos modelos de desarrollo. A uno lo llama «fascismo fósil o retardismo fósil», y tiene que ver con el modelo del siglo XX encabezado por EEUU y su influencia militar y monetaria. «Hay muchos petroestados que se van a resistir hasta el final para mantener su poder», sostiene. Al otro, encabezado por China, lo llama «nuevo modelo de generación renovable». «Está permitiendo dar enormes saltos a países y personas que apenas tenían acceso a energía estable», señala. ¿Y Europa? Espachurrada en medio.

Es en este punto cuando Urzelai pide a López desarrollar un concepto que ha manifestado en algunas ocasiones: la hegemonía eléctrica. ¿Qué es eso? «Es la idea de que esta revolución tecnológico-energética tiene ventajas para grupos diferenciados con sensibilidades muy diferentes».

Menciona varias características en esta línea: son tecnologías más baratas, más difíciles de monopolizar -nadie puede bloquear la energía solar como se bloquea el estrecho de Ormuz-, incluye cuestiones de seguridad nacional, como el hecho de que son más difíciles de destruir con ataques y bombardeos, y está la cuestión de la abundancia: los combustibles fósiles son finitos, «el sol va a seguir brillando por unos cuantos miles de millones de años».

Y así llega el remate del análisis de López: «Estas características pueden atraer a diferentes grupos sociales, con sensibilidades muy diferentes, a un proyecto común que es bastante concreto: transicionar a las energías renovables y la electrificación. Las ventajas son tan fuertes y los enemigos tan agresivos y violentos, que creo que es una oportunidad muy-muy potente para articular un frente amplio a favor de eso». «Hay mucho trabajo por hacer en la articulación de esas alianzas, pero es posible, a mí no se me ocurre una solución mejor», concluye.



 

Las gafas de Lynch: «Podemos democratizar el acceso a la energía»

 

«Veo la luz, por un lado, en esta revolución tecnológica de las energías renovables y la electrificación. Por primera vez, podemos acceder a la energía del sol de forma directa, eficiente, barata y reproducible a escala. Podemos democratizar el acceso a la energía. Es técnicamente posible y lo que queda es una disputa política por ver cómo se articula esto. Es el fin de un régimen hegemónico y abre una oportunidad de transformación. Tenemos que estar en esa disputa, no resignarnos a que todo va a ir peor».