2026 IRA. 21 KOLABORAZIOA Aralar, el último bastión Ione MENDIZABAL {{^data.noClicksRemaining}} Artikulu hau irakurtzeko erregistratu doan edo harpidetu Dagoeneko erregistratuta edo harpideduna? Saioa hasi ERREGISTRATU IRAKURTZEKO {{/data.noClicksRemaining}} {{#data.noClicksRemaining}} Klikik gabe gelditu zara Harpidetu {{/data.noClicksRemaining}} Aunque las montañas son majestuosas de por sí, estas montañas son especiales por otro motivo muy diferente: son las montañas que me vieron crecer. La sierra de Aralar es para mí un lugar mágico en el que mis anhelos, mis tristezas, mis alegrías y mis miedos han quedado para siempre atrapados en un estado atemporal. Todavía cuando camino por sus bosques me vienen a visitar y siento que soy aquella niña que encontró cobijo entre las rocas y el olor a tierra mojada. No recuerdo mis primeras veces allí, pero hay testimonio en forma de fotografías en las que aparezco dormida en un moisés, con apenas meses de vida, en la entrada de aquella vieja borda roja. Mi perro Txirol, que murió cuando yo tenía cinco años, aparece tumbado bajo la cuna, cuidando de que nadie osara interrumpir mi descanso. Aralar fue el lugar donde compartí mis primeros años con mis abuelos paternos, que murieron pronto y de los que no pude gozar mucho, y donde conocí a los últimos pastores que vivían varios meses en sus bordas en lo alto de la montaña y hacían queso. Mi padre y yo solíamos ir de noche a visitar a alguno de ellos. Nos invitaban a comer queso y a mi padre a beber vino en su compañía. Yo me sentaba a escuchar sus conversaciones sin ser consciente de que aquellos momentos eran mágicos, de que los tiempos estaban cambiando y de que estaba siendo testigo de los últimos retazos de la vida tradicional de los pastores de Aralar. En aquellos montes de verdes pastos aprendí lo que es la libertad. Vi a los animales pastar libres por las praderas, sin alambres de espino que limitaran sus movimientos. Fui libre yo, jugando por donde quería, cogiendo renacuajos y fabricando arcos y flechas con mis propias manos. Aprendí a encender la leña en la cocina económica y a superar mis más profundos miedos para salir a hacer pis fuera de la cabaña por la noche. Ir a pasear por sus laderas siempre era una aventura. Nunca sabías si aparecería un cerdo salvaje en mitad del camino o si veríamos una yegua muerta. Aunque suene escabroso, era apasionante ver cómo los buitres la dejaban vacía por dentro y los huesos asomaban a través de la piel. La muerte era más tangible y terrenal. Sin duda, la aventura más grande solía ser cuando entraba la niebla en medio de un paseo. Cuando aparecía esa densa niebla no podías ver a más de un metro de tus pies y los caminos apenas estaban marcados en el suelo. Pero yo siempre creí que mi padre era un superhombre que, bajo cualquier circunstancia, sabría encontrar el camino de vuelta al refugio. Y así solía ser. Tenía una fe ciega en él, esa fe desmedida que tienen los hijos en sus padres y que luego, cuando creces, va desapareciendo hasta que vemos su cruda humanidad. Allí no veías gente en muchos días; estábamos felizmente aislados. Solo se podía llegar andando, después de dejar el coche en la casa del guarda. De vez en cuando pasaba un montañero que se paraba a charlar un rato con nosotros o se sentaba a comer su bocadillo en la terraza del refugio. Esos días eran especiales: salíamos de la rutina y compartíamos con otras personas amantes de la naturaleza. Nos alegraban el día, pero también agradecíamos volver a quedarnos en soledad. Pero el acontecimiento que sin duda más me entusiasmaba era cuando caían grandes nevadas. Los adultos que estaban con nosotros solían preocuparse mucho por si no podíamos bajar para volver a casa o conseguir víveres. Para los niños era toda una aventura y deseábamos quedarnos totalmente aislados, no poder volver y olvidarnos de la rutina de la ciudad y de la escuela. Nos divertíamos haciendo muñecos de nieve y quitando las estalactitas que colgaban del alero del tejado. También hacíamos más vida dentro: escribíamos, pintábamos, jugábamos a juegos de mesa y a cartas. El tiempo se estiraba como un chicle y no había espacio para preocupaciones más allá de ese mismo instante. Aralar fue y será para mí mucho más que una montaña. Fue el último bastión de mi libertad; el lugar donde aprendí a caminar la montaña, donde aprendí a tener miedo y a superarlo, donde descubrí los secretos de la naturaleza y donde fui testigo, sin saberlo, de una forma de vida que estaba desapareciendo. Aralar fue y será para mí mucho más que una montaña. Fue el último bastión de mi libertad; el lugar donde aprendí a caminar la montaña, donde aprendí a tener miedo y a superarlo