2013 ABEN. 07 TXOKOTIK Herederos Fermin Munarriz Periodista Las cosas van a peor. Los herederos no son capaces de mejorar la obra de sus antecesores. Y no me refiero al rey Borbón y su mentor Franco; hablo de personalidades notables a quienes su talento y trabajo elevaron en vida hasta el Olimpo de los Dioses y los litigios testamentarios han arrojado en el final de sus días a un destartalado polígono moral. El dinero envilece, lo sabemos, pero es triste confirmarlo cada vez que un famoso camina hacia la eternidad y desata los instintos más bajos de los suyos. El último caso nos lo ha servido la familia de Albert Uderzo, el genial coautor de las aventuras de Asterix. El anciano francés acaba de demandar a su propia hija, heredera única de la fortuna forjada con los dibujos del padre, por la «violencia psicológica» a que le somete su voracidad por hacerse con la herencia del testador todavía en vida. Toda una biografía unida a la gloria de los valientes galos que nos cautivaron con sus hazañas, su camaradería y su coraje frente al poderoso... y llega una descendiente ladina y emborrona de golpe la hoja de servicios. Es una pena, porque también los vástagos son obra de sus progenitores, para bien o, como en estos casos, para bochorno público. «Nunca tomes partido contra la familia», recomendaba Michael Corleone al bastardo Vinzenzo. Y a quien Dios no da hijos, el Diablo le regala sobrinos. O nietos. Es lo que le pasó en sus últimos días a Nelson Mandela, grande de la humanidad, cuyas hijas se tiraban de los pelos por el legado post mortem. El nieto ni siquiera esperó, y vendió de antemano los derechos de retransmisión del funeral, ignorando que si algo no se mide en monedas es, precisamente, la herencia de Madiba. Este espectáculo obsceno de codicia parece perseguir a las celebridades de todo tipo con el único denominador común de una acaudalada cuenta corriente, desde Picasso a Chavela Vargas o desde Arafat a Di Stéfano. Por no mencionar sagas familiares de esta honorable tierra vasca. Estamos en horario infantil. Es desalentador constatar que la riqueza puede empujar al ser humano a lo más profundo de la ruindad. Congratulémonos, pues, de no tener mucho dinero. Y si alguno de ustedes lo tiene, mire fijamente a los ojos a su hija o hijo. Si al sonreír ve brillar su diente de oro, no lo dude: arrójelo por la ventana. ¡El dinero, bruto, el dinero!