2014 URT. 28 CRíTICA: «Nymphomaniac Volúmen 2» Me llamo Fido y soy una adicta al sexo MIKEL INSAUSTI Vuelvo a incidir en la dificultad que supone juzgar una obra en su totalidad, cuando se estrena dividida en dos partes. Intento ver la última creación de Lars Von Trier como un todo coherente, a pesar de que los cinco primeros capítulos estaban protagonizados por Stacy Martin y los tres últimos por Charlotte Gainsbourg, con el consiguiente salto temporal. Pero es la actriz adulta la que ejerce de narradora desde el principio hasta el final, abriendo y cerrando el relato. Por último, explica a su ocasional anfitrión las razones por las que fue encontrada malherida en un oscuro y solitario callejón. A tenor de todo ello el desdoblamiento exige a Charlotte Gainsbourg una mayor implicación en el segundo volúmen de «Nymphomaniac», con una escena muy comprometida que ninguna otra actriz no pornográfica habría aceptado. Las imágenes de la felación a Jean-Marc Barr no ofrecen dudas, y de poco sirve que desde la producción se aduzca que las tomas de genitales fueron insertadas digitalmente, pues se trata de un primer plano del rostro de la actriz. Aunque abundan los planos detalle de sus pezones, es su boca la que está más presente, dada la trascendencia que adquiere en su función dialéctica. Charlotte Gainsbourg es la portavoz del cineasta danés, más obsesivo que nunca en su discurso. Por mucha terapia a la que se haya sometido no termina de superar el incidente de Cannes, y prueba de ello es que de la relación interracial que su actriz mantiene a la vez con dos inmigrantes africanos, que son hermanos, lo único que le interesa es la supuesta incorrección política del termino «negro»; lo que lleva a la protagonista a tomar una postura bastante folklórica en su forzado radicalismo. A través de ella Lars Von Trier se muestra transgresor, dentro de una rebeldía reafirmada en la sesión en grupo para mujeres adictas al sexo. De ahí pasa directamente a la delincuencia, porque de alguna forma tiene que liberarse de los malos tratos recibidos en su etapa masoquista. Para bien o para mal, decide sobre su cuerpo, así que acaba como Maria Schneider en «El último tango en París».