2014 EKA. 14 San Telmo muestra la «frivolidad» y la belleza de la moda del siglo XVIII «Frivolité. Una moda para perder la cabeza» es la nueva exposición temporal del Museo San Telmo de Donostia que muestra por primera vez la colección propia de la moda del siglo XVIII del museo al completo. Para realizar esta exposición el equipo comenzó a trabajar en 2007 catalogando y restaurando cada una de las piezas, e incluso han realizado maniquíes a medida para que las históricas piezas no sufran y no se estropeen. N.BELASTEGI DONOSTIA El museo San Telmo de Donostia acoge desde ayer y hasta el 28 de setiembre una exposición que recoge prácticamente todos los aspectos de la moda del siglo XVIII. Todas las piezas de «Frivolité. Una moda para perder la cabeza» forman parte de la colección del museo, y solo cinco de ellas pueden verse habitualmente en la exposición permanente. Es una oportunidad única para ver el resto, entre las que se encuentran vestidos de mujer, casacas de hombres e incluso un raro ejemplar de ropa de niño. Aproximadamente la mitad de las piezas que podemos encontrar fueron una donación del fondo de Santiago Arcos, un pintor acaudalado chileno que pasó sus últimos años de vida en Donostia. Según las hipótesis de los expertos del museo, Arcos conocía al pintor Raimundo Madrazo, por lo que también él comenzó a pintar, sobre todo escenas costumbristas. Era común entre los pintores que andaban bien de dinero comprar trajes antiguos para que los usasen sus modelos. Otra hipótesis dice que Arcos solía preparar bailes de disfraces de época, para lo cual necesitaría hacerse con algunos. En la exposición hay 42 piezas entre trajes y complementos como abanicos, todos ellos procedentes del fondo museístico de San Telmo. Según explicó Susana Soto, la directora del centro, la idea de organizar esta muestra surgió en 2007 cuando trasladaron todos los fondos del museo al convento de Santa Teresa y se dieron cuenta de que había muchas piezas de moda de esa época. Finalmente, decidieron catalogarlas y restaurarlas para realizar una muestra que diera a conocer, sobre todo, el trabajo interno de los trabajadores del museo, lo que se hace para llevar a cabo cada exposición. Tras trabajar tanto tiempo en esa parte de la colección se dieron cuenta de que lo que tenían entre manos era sumamente importante y valioso, y que merecía la pena destacar ese valor sobre todas las cosas. Así, aunque el principal objetivo de «Frivolité» sean las propias piezas de ropa, también hay un pequeño espacio dedicado al trabajo realizado por los restauradores. En un video se explica el procedimiento de lavado y tratamiento de las telas, mientras que en dos tabletas pueden verse imágenes del antes y el después. Del estilo afrancesado al inglés El título de la muestra, «Frivolité. Una moda para perder la cabeza» se la pusieron porque al analizar la moda del siglo XVIII se dieron cuenta que «frivolidad» es la palabra que mejor la definía. A su vez, quisieron hacer un guiño a la Revolución Francesa y a la situación que se vivía en ese momento en la sociedad haciendo alusión a las decapitaciones. De hecho, la moda del siglo XVIII vino del Estado francés, y Donostia fue una de las ciudades que se dejaron llevar por ese estilo de vida afrancesado. Los vestidos femeninos de estilo francés constaban de un corsé, para afinar la cintura, y de un tontillo que abultaban las caderas exageradamente. Por fuera, tenían dos pliegues en la espalda que llegaban a rozar el suelo. A medida que el tiempo avanzaba las caderas y los escotes perdieron protagonismo en favor de la cabeza, y por eso empezaron a usar pelucas grandes y altas. En cuanto a la vestimenta, desapareció el corsé y las ballenas se integraban en el propio vestido, así como el tontillo que se sustituyó por un pequeño cojín (estilo inglés). En cuanto a los hombres, sus vestimentas estaban compuestas por una chupa, una casaca y unos pantalones cortos. Las casacas fueron perdiendo tela hasta convertirse en un frac, mientras que con la chupa pasó lo mismo y se convirtió en un chaleco. En cuanto a los colores, predominaban los pasteles (e incluso las telas pintadas que recordaban algún acontecimiento reciente) y los colores más fuertes, como ocres o dorados, en los hombres.