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Templos cinéfilos | Berlinale

El viejo cine alemán


Allá por la década de los 70, aquel país partido que ahora volvemos a conocer como Alemania experimentó un boom cinematográfico que dejaría huella tanto dentro como fuera de su complejo entramado de fronteras. Era el «Nuevo cine alemán», en referencia (entre otras cosas) a la edad media de aquella extraordinaria hornada de directores que le darían cuerpo y forma. Entre ellos, Werner Herzog y Wim Wenders. En aquel entonces apenas llegaban a la treintena de años.

En 2015, ambos rondan el septuagésimo invierno de sus respectivas vidas. Y ya se sabe, el tiempo pasa factura. Si «Queen of the Desert» (de Herzog) desconcertó, «Everyting Will Be Fine» (de Wenders) directamente nos lleva a la depresión. De nuevo, tenemos que hacer sitio al -descomunal- ego de James Franco. Un escritor que pasa por una terrible crisis de inspiración y, peor, de pareja, tiene la mala suerte de verse involucrado en un espantoso accidente de coche.

A partir de ahí, dos horas de melancolía entregada en engorrosas elipsis... y en todavía más incómodo (por innecesario) 3D. El veterano cineasta sigue peleado con la ficción y demuestra que, o bien envejecemos (el miedo imperante en este festival), o bien que no le interesa lo más mínimo el material con el que trabaja. El cuidado (pero impersonal) empaque visual no oculta la desgana detrás de las cámaras (en el control del tempo dramático, en la comprensión de la intensidad emocional...), que deja paso a un efectismo aletargante que, efectivamente, en última instancia brinda el aburrimiento más antipático. Se confirma el descalabro...

Y mientras nos hacemos un poco más viejos entre sesión y sesión, se consigue que «Eisenstein in Guanajuato», desastrosa (y aun así considerablemente genial) nueva cinta de Peter Greenaway (3 años mayor que Wenders) parezca una obra maestra. En permanente pantalla partida y movimiento circular, el británico no se quita el olor a rancio, pero muestra al menos (y no es poco) ese incombustible entusiasmo experimentador que, siempre al borde del delirio mas ridículo, reflexiona con clarividencia sobre las auténticas capacidades del propio arte fílmico. Nada nuevo, pero no apto para viejos. Ya era hora.