2015 OTS. 13 Templos cinéfilos | Berlinale Bienvenido, Mr. Grey Víctor ESQUIROL En un pase de prensa de la Berlinale se palpa la expecatión. «¡Cállense, que esto empieza!», grita el de la fila de atrás. También hay reticencia: «No puedo creerme que estemos aquí», dice, a su compañera, la periodista que se sienta al lado. Empieza «50 sombras de Grey». La Berlinale se apunta un tanto (mediático) al situar en la capital germana el epicentro del gran terremoto cinematográfico de la temporada. Y si no, pensemos en los 4 millones de entradas anticipadas que ya ha vendido la película en todo el mundo (y ya de paso, démonos cuenta, por favor, de la dimensión de la crisis que estamos viviendo). En la pantalla, un robot masculino (Jamie Dornan) se enamora de un robot femenino (Dakota Johnson). La atracción es mutua, de modo que lo intentan. Se trata, obviamente, de la primera adaptación fílmica de la archi-conocida saga de best-sellers de E.L. James. Habemus morbo. Solo que este se guarda, ya se verá, para la segunda entrega. La directora Sam Taylor se rinde a los deseos de la productora y ejecuta, sin un mililitro de sangre, el que definitivamente es un artefacto perfecto del marketing. Diseñado para una rentabilidad máxima (en taquilla), la inversión en el producto es mínima porque, de hecho, los ingresos hace meses que se aseguraron. Se nota. No hay ninguna inquietud más allá de convertir una retahíla de -castísimos- polvos, en un éxito pop; en la nueva lista de reproducción Spotify para aquellas parejas que quieran celebrar su pasión amorosa prefabricada. Hagan las cuentas, los números son astronómicos. Como si algún ser maligno se hubiera propuesto seguir con las -peligrosas- enseñanzas de Stephenie Meyer, la fricción (genital) no viene con excitación real. Es humo que además, irrita. Esto sí, la estafa deja, en última instancia, una revelación que aunque ya nos la temiéramos, no por ello deja de ser inquietante: en el año 2015, Hollywood sigue sintiendo pánico por el sexo. El único escándalo aquí es toda la atención que le estamos dedicando a la tontería. Y sí, todo pasó en la Berlinale. En uno de los supuestos Templos del cine de autor. La culpa, en el fondo, es nuestra. Perdón. Nuestras más sinceras disculpas a los artistas.