2015 MAR. 12 Crítica dFeria El arte y la muerte Carlos GIL Descuelga el teléfono, escucha un escueto «ven», y el protagonista va. Lo que nos cuenta es ese viaje, que se engarza con otros viajes, quizás con el gran viaje hacia el destino final de todo ser humano, con recursos de narración oral, de “narraturgia”, de poética escénica donde se mezcla lo onírico y lo real, en un juego escénico sin fin, un bucle en el que se llega a cuestionar hasta el propio hecho escénico, esa vinculación entre la muerte con el arte, de la biografía con la pulsión creativa. Podríamos intentar hacer una teoría del teatro de Mouawad, de este monólogo en concreto, pero solamente somos capaces de atrapar esa verbalización de situaciones, emociones y discursos que nos dejan suspendidos ante un relato que comienza con una duda metodológica y termina con una confesión metateatral, pero que en el camino nos ha dibujado la vida de ese ser, Wahab, quizás el alter ego del autor, que aquí en una vuelta de tuerca, se unen lo circunstancial y lo fundamental, ya que el propio actor, un espléndido, rotundo Hovik Keuchkerian puede sentir como propio por tener las mismas ascendencias de origen libanés, pero de asentar su vida el autor en Canadá y el actor en España. No hay respiro. Es un torrente de palabras, unas cascada de imágenes, de emociones, de interrogaciones que describen una actitud ante la vida que se enfrenta a la muerte de la madre desde una mirada nada complaciente ni de autocompasión alterada por ese trasvase constante de lo que sucede a lo que sucedió o a lo que se soñó que sucedía. Un ejercicio teatralmente impresionante bien resuelto por la dirección y magníficamente metabolizado por el actor que nos proporcionan una obra de teatro trascendente en forma y fondo.