
Los 3.000 delegados de la Asamblea Nacional Popular (ANP) se reúnen desde hoy y durante diez días en una sesión anual que culminará con el nombramiento del secretario general del Partido Comunista Chino (PCCh), Xi Jinping, como presidente de la república. Li Keqiiang será nombrado primer ministro. Se trata del relevo ordenado en el poder, en el que sucederán respectivamente a Hu Jintao y a Wen Jiabao, representantes de la llamada Cuarta Generación.
China asistirá a la llegada de una generación de políticos más joven cuatro meses después de un Congreso del PCCh que se marcó como objetivos la lucha contra la corrupción y la necesidad de reformas ante una población inquieta por los cambios drásticos generados por un crecimiento espectacular de su economía.
Los sinólogos discuten acerca del supuesto continuismo de Xi o de sus planes de introducir paulatinos cambios políticos.
«Xi ha intentado mostrarse como un reformista que tomará el testigo de Deng Xiaoping, alguien que está dispuesto a acabar con la corrupción y el exceso de los altos cargos» señalaba al respecto un artículo de opinión del independiente ‘South China Morning Post’.
Sus llamadas a luchar contra la corrupción y el despilfarro tanto entre las altas como las bajas instancias del Partido (tigres y moscas) se han traducido en numerosos casos destapados (muchos de ellos por ciudadanos de a pie, en las redes sociales), incluidos varios escándalos sexuales de políticos.
Para la prensa internacional, uno de los avances más esperanzadores en los inicios de la «era Xi» ha sido la promesa de acabar con los «campos de reeducación», centros de detención sin juicio previo que desde el maoísmo hasta la actualidad han servido para encerrar a disidentes o «antisociales».
No obstante, en su reciente gira por el sur del país, Xi Jinping ha desanimado al que espere reformas al estilo de la que acabó con la URSS. «Es un hijo de la cúpula. Son cínicos, no idealistas. No quieren hundir el barco», señala un, indudablemente, «imparcial» diplomático occidental.
Los sinólogos coinciden en ver a Xi como un líder con mayor tendencia que sus antecesores a recurrir a discursos panchinos, con frecuentes llamadas a emprender «un rejuvenecimiento de la nación china» y similares frases de tono casi épico para aludir al país. En este sentido, sus llamamientos a «incrementar la capacidad de combate real» del Ejército chino han sido una constante desde su encumbramiento a la cúpula del poder.

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