DE LA «REVOLUCIÓN DEL TERMÓMETRO» A LA REIVINDICACIÓN DE UN IRAK SOBERANO
Lo que comenzó siendo una protesta por la falta de electricidad en un Irak donde las temperaturas alcanzan los 50 grados, se ha convertido en una pugna en el seno de la mayoría chií del país entre los sectores nacionalistas iraquíes y los alineados con Irán.

Empezaron siendo unas protestas espontáneas en plena ola de calor insoportable en una capital, Bagdad, donde hay una media de tres horas de electricidad diarias desde la invasión estadounidense de 2003. Todos los gobiernos sucesivos prometieron restablecer la corriente eléctrica. Ninguno ha cumplido.
Las manifestaciones se han extendido al sur del país árabe, desde la ciudad de Najaf hasta la de Basora. Pese al distinto perfil de los manifestantes –laicos, jóvenes y de izquierda en Bagdad, y más ligados a la religión en el sur chií–, les une la denuncia de la corrupción y la falta de servicios públicos pero, sobre todo, la conciencia de que se necesita un cambio de sistema.
El primer ministro iraquí, Haider al-Abadi, reaccionó a estas protestas con una propuesta de reformas sin precedentes, que incluye la supresión de puestos de gobierno inútiles, de la corrupción estatal y el final del sistema de cuotas confesionales para nombrar a los altos funcionarios de la administración central y provincial.
Pugna en el seno del chiísmo
Por de pronto, Al-Abadi ha logrado arrastrar al Parlamento a favor de esas reformas y los manifestantes ya no piden su cabeza. En este sentido, ha logrado neutralizar el intento de las todopoderosas milicias chiíes (Unidades de Movilización Popular, «Hachd al-Chaabi» en árabe) de instrumentalizar estas protestas para debilitar su posición.
Bregadas en la lucha contra el ISIS, estas milicias, apoyadas por Irán y comandadas por el general persa Ghassem Suleimani –a quien los manifestantes llaman el «nuevo emperador» de Irak–, se sienten mucho más legitimadas que el Gobierno iraquí actual y buscan afianzarse como poder político.
La pugna tiene nombres y apellidos. De un lado, el actual primer ministro y la más alta autoridad chií iraquí, el ayatollah Ali al-Sistani. De otro, el general iraní Suleimani y las corrientes más islamistas del chiísmo político, además del defenestrado exprimer ministro Nuri al-Maliki. Este último ha perdido sin duda la batalla política en la calle pero tiene en su favor el apoyo del Ejército y, sobre todo, de las milicias chiíes como el Hachd al-Chaabi. Eso sin olvidar el sostén de Teherán, adonde ha ido recientemente a recabar apoyos. Que necesita urgentemente ahora que ha perdido el cargo de vicepresidente, ha sido desautorizado por al-Sistani y ha sido acusado por una comisión parlamentaria como máximo responsable, junto a otros 35 dirigentes, de la caída de Mosul en junio del año pasado a manos del ISIS.
De poco le sirvió a Al-Maliki comparar las manifestaciones en la plaza Tahrir de Bagdad y en otras ciudades chiíes del centro y del sur del país con la malograda «primavera iraquí» de 2011 en el centro-oeste suní, protestas ahogadas en sangre precisamente por el propio al-Maliki, lo que abrió de par en par las puertas de estas regiones al Estado Islámico. La única esperanza que le queda es que Irán, y concretamente el general Suleimani, diga «basta» y reaccione ante unas manifestaciones patrióticas iraquíes que considera una amenaza.
Más aún cuando el partido mayoritario chií, Dawa, se está movilizando a favor de Al-Abadi y pretende expulsar a la corriente alineada con Al-Maliki, además de apostar por tomar distancias con Teherán con una reforma constitucional ad hoc.
Sin injerencias, tampoco de Irán
En espera de cómo se resuelva esa pugna, lo que conviene destacar es que muchos chiíes iraquíes han salido a la calle a denunciar lo que consideran como el gran obstáculo para volver a ser un país: el sistema puesto en marcha por los ocupantes estadounidenses, con su sistema de cuotas y de reparto de poder según criterios confesionales, lo que ha abierto la veda a un sectarismo creciente y, a la postre, ha dejado el Irak chií en manos de Irán tras el repliegue de los marines. Hasta en Kerbala, ciudad santa chií, los manifestantes coreaban eslóganes como «Fuera Irán, Bagdad vuelve a ser libre».
Por lo que toca a los iraquíes suníes, estos deberían apoyar en principio estas protestas aunque seguro que bastante tienen con vivir bajo el yugo del ISIS. Los kurdos guardan silencio y apoyarán, como siempre, a quien mejor sirva a sus intereses. Pero está claro que el desenlace de la pugna en el seno del chiísmo puede marcar un antes y un después para todas las etnias y confesiones que viven en Irak.
el líder chií MOQTADA AL-sadr se suma a las protestas
El líder chií Moqtada al-Sadr ha instado a sus millones de seguidores a sumarse a las protestas que exigen el fin de la corrupción y el clientelismo pero que van más allá y apuestan por una reforma política total del país.
El portavoz de Al-Sadr, Salah al Obaidi, instó a levantar pancartas unitarias y promovió la neutralidad al pedir que se eviten los símbolos religiosos o políticos, incluidas las fotos e imágenes del propio Al-Sadr o de su grupo político.
Eso sí, el movimiento sadrista recordó que el Parlamento se ha alineado con las reformas, por lo que rechaza su disolución, tal y como exigen algunos grupos de jóvenes protestantes.GARA

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