Arantxa MANTEROLA

Euskal Herria, Ruanda y Bosnia, tres terribles relatos aún sin justicia

El silencio en la sala del centro Oronozia de Baigorri en la que tres mujeres contaron con detalle los infiernos sufridos o conocidos en relación a un conflicto violento era tal que diríase que estaba vacía. Sin embargo, unas 50 personas, la mayoría mujeres, seguían con gran atención –y emoción– sus relatos.

La primera en ofrecer su testimonio en la universidad de verano organizada por el Instituto Universitario Varenne y la Asociación Francófona de Justicia Transicional fue la exprisionera política vasca Gotzone Lopez de Luzuriaga. Sus vivencias, desconocidas para la mayoría de las participantes, a lo largo de los 24 años pasados en las cárceles españolas, consternaron a más de una de las asistentes, y eso que, al proceder muchas de ellas de lugares donde han conocido o aún conocen crueles conflictos, podría pensarse que estarían más «blindadas».

Quizás su desconcierto se debió a que les parecía imposible que una denominada democracia occidental pudiera, todavía hoy, utilizar políticas como la dispersión o el mantenimiento de personas en regímenes penitenciarios extremos. Y que lo haga aunque hayan cumplido la mayor parte de su condena y sufran una grave enfermedad.

Es lo que contó, entre otras cosas, Lopez de Luzuriaga. Su relato resultó muy duro de escuchar y, seguramente también de contar. Por ejemplo, la parte en la que explicó los fallecimientos de su padre y hermano, de quienes no pudo despedirse porque una apisonadora de sentimientos llamada Instituciones Penitenciarias no puso los medios que, por ley, le correspondían. O cómo tuvo que afrontar su cáncer de mama en un universo totalmente inapropiado para superarlo.

Pero lo que más estupor provocó en la sala fue cuando narró que después de todas esas vicisitudes, el mismo día en que debía ser liberada, le comunicaron que le aplicaban la «doctrina Parot» y debía cumplir diez años más de cárcel. Finalmente, no tuvo que agotarlos totalmente porque Estrasburgo la tumbó. Reconocía la exprisionero que «no sé cómo hubiera podido aguantar de no ser por la solidaridad recibida, los mensajes de ánimo y de cariño que me llovieron de todas partes de Euskal Herria, incluso de gente a quien ni conocía». Y al hilo de ello, manifestó su pesadumbre por la película que habían visionado previamente sobre el caso de Ruanda: «Me impresionó mucho lo difícil que tuvo que ser para las mujeres que después de soportar lo que soportaron nadie las ayudó ni las apoyó».

Una tutsi con «suerte»

De Ruanda es Delphine Umwigeme Gapundu, la segunda mujer que ofreció su testimonio. Una narración larga y detallada de los quinceterribles días que tuvo que pasar en abril de 1994 durante el genocidio de la población tutsi por parte del gobierno hutu. Macheteada en dos ocasiones, dada por muerta, anduvo buscando refugio en iglesias que fueron atacadas, conventos de monjas, hospitales a los que no podía acceder...

Escapó varias veces después de ser interceptada por milicianos hutus. Perdió a nueve miembros de su familia en aquella escalada que no comprendía. Y todavía no se explica muy bien por qué se libro de un destino del que «todos pensaban no podía escapar ningún tutsi». Al final, ella salió precisamente gracias a la ayuda de un hutu que la embarcó en una piragua en dirección al Congo. Estuvo en un campo de supervivientes en Goma hasta que pudo volver a Ruanda.

La tercera narración fue la de la periodista Célhia de Lavarène, que estuvo en Bosnia en 2001 por encargo de la ONU para investigar el caso de miles de chicas adolescentes, muchas de ellas secuestradas y todas obligadas a prostituirse en burdeles de mala muerte. Censaron a unas 3.000 víctimas en 300 locales y liberaron a muchas, «si bien la mayoría no pudo volver a tener una vida normal».

Reconoció que las imágenes que vio, con niñas de 12 años encadenadas, en unas condiciones de vida espeluznantes, le provocaron tal «rabia que a mi misma me entraron ganas de matar». Sin embargo, lo peor de todo fue descubrir que los «clientes» eran mayoritariamente hombres de la propia organización que la envió, es decir «cascos azules».

Su informe fue demoledor… para ella. «Después de esa misión me metieron en una lista negra y no me han encargado ninguna más». «Me pidieron que lo suavizara pero, ¿por qué iba a hacerlo? Pasé 5 años allí y lo que ví es la verdad» afirmó contundente, antes de confirmar que, desgraciadamente, la trata de blancas continúa y es el crimen organizado que más dinero da, «más que el tráfico de drogas o de armas».