Beñat ZALDUA e Ibai AZPARREN

1 de octubre de 2017, kilómetro cero

Hubo emoción, se escucharon viejas y nuevas reivindicaciones, se vivieron grandes movilizaciones y hasta se volvieron a sufrir cargas policiales, aunque en esta ocasión corrieran a cargo de los Mossos. Si algo demostró el primer aniversario del 1-O es que esta no es una carpeta cerrada.

Júlia y Araceli son amigas de toda la vida. Hace un año le dijeron a su compañera María, de 90 años, que si se podía votar sin problemas, irían a por ella para acompañarla a depositar su voto en el referéndum del 1 de octubre. Se les adelantó; para las 5.00 de la mañana la mujer y sus nueve décadas a la espalda estaban en pie, aguantando la lluvia en el colegio Ramon Llull de Barcelona, que poco después saltaría a las primeras planas de todo el mundo debido a las violentas cargas policiales.

«Fue lo que más me impresionó de aquel día», señala Júlia en referencia a la actitud de María; más que las propias cargas que, en ese mismo colegio, arrebataron la visión de un ojo a Roger Español, alcanzado por una de las balas de goma que, pese a estar prohibidas en Catalunya, hace un año volvieron a verse en Barcelona de la mano de la Policía española y la Guardia Civil. Un año después, y con María ya fallecida, Araceli y Júlia son las que siguen en pie, reclamando «líderes más luchadores» que «espabilen un poco, que está la cosa muy parada». El enfado no solo se dirige ya hacia Madrid, como se comprobó ayer en más de una ocasión.

Pero el clima en Ramon Llull a mediodía tendía sobre todo al recogimiento. En pequeños corrillos, las decenas de personas que se acercaron rememoraban en voz tenue las vivencias de aquel día. «No lo perdonaremos nunca; nunca, nunca, no lo olvidaremos», insiste Araceli mientras anuda lazos amarillos a la valla de la escuela. Hay muchos 1-O, cada uno tiene el suyo. El de los que lo vivieron en la Ramon Llull, convertido ayer en improvisado lugar de culto, es una mezcla de «emoción y miedo», según las palabras de Júlia.

La universidad a la calle

El de los universitarios, muy movilizados en el intenso otoño catalán del 2017, desde luego, es un 1 de octubre diferente al de Araceli y Júlia. Tras una mañana movida a cargo de los Comités de Defensa de la República (CDR), que cortaron importantes arterias viales del Principat –sobre todo en Barcelona pero también transportes de peso como el AVE de Girona a la capital–, fueron los universitarios los que protagonizaron las principales movilizaciones de la mañana, tanto en Barcelona como en las capitales del resto de las provincias.

Convocados a la huelga de todo el día por la plataforma Universitats per la República, miles de jóvenes marcharon en Barcelona en una manifestación que salió de la plaza Universitat y acabó en la plaza Sant Jaume, frente a un Palau de la Generalitat del que, inesperadamente, salió Torra para saludar a los presentes. La reacción de los universitarios reflejó en cierta medida parte del desconcierto que aflora en el momento catalán, mientras unos lo acogieron al grito de «President, President», otros no dudaron en exigirle la dimisión inmediata del consejero de Interior, Miquel Buch, por las cargas de los Mossos del pasado sábado. No es fácil leer la actualidad catalana estos días, al menos en su capa más superficial.

Esta dificultad se comprobó también a primera hora de la mañana en Sant Julià de Ramis, la localidad de Girona en la que debía votar hace un año el president Carles Puigdemont y cuyo colegio resultó también damnificado por las cargas, en este caso de la Guardia Civil. El Govern en pleno se trasladó ayer al pequeño municipio para celebrar un acto en el que el propio Torra fue interrumpido por los CDR locales al grito de «¡Basta de autonomismo!».

Desde el estrado, Torra respondió poco después: «Amigos de los CDR, apretad, hacéis bien en apretar». Además de despertar toda la bilis de los partidos unionistas, las declaraciones del president debieron retumbar también en la cabeza de su titular de Interior, Miquel Buch, dado que la tensión entre los CDR y los Mossos aumenta a medida que pasan los meses.

El malestar con Buch se manifestó ayer hasta en el estrado del final de la manifestación unitaria ante el Parlament, cuando una de las personas que debía leer el manifiesto pactado se salió del guión y aprovechó para exigir la dimisión del conseller. Torra y el president del Parlament, Roger Torrent, a pocos metros, tragaron saliva.

Barcelona desbordada

Dicha manifestación era, de hecho, el plato fuerte de la jornada. Estaba convocada por la Plataforma 1 d’octubre, formada por la Assemblea Nacional Catalana (ANC), Òmnium Cultural y decenas de entidades de todo el país, y debía recorrer la distancia que va de la plaza Catalunya hasta la plaza Ciutadella –donde se sitúa el Parlament–, pasando por el Arc de Triomf y el paseo Lluís Companys.

Pero fue imposible que todo el grueso de la manifestación siguiese el camino previsto, colapsado nada más empezar la marcha, encabezada por una decena de urnas del 1-O. Las preciadas cajas de plástico con el emblema de la Generalitat, convertidas en la pesadilla de los servicios de Inteligencia españoles hace un año, volvieron ayer a la calle, desde donde fueron entregadas a Torra y Torrent a modo de recordatorio del «mandato del 1-O», según explicó en un comunicado horas antes la Assemblea.

El manifiesto leído al acabar la movilización combinó confesiones realistas –«llegar hasta el referéndum fue muy difícil, pero lo que ha venido después todavía lo está siendo más»–, con llamadas a hacer efectiva la República proclamada: «Reclamémoslo todo y conjurémonos para recuperar todo lo que hizo posible el 1 de octubre, y otorguemos toda la legitimidad a su resultado».

Y vaya si lo reclamaron. Aunque la organización desconvocó el acto frente al Parlament hacia las 21.00, lejos de marcharse a casa, decenas de personas se fueron acercando a las puertas del Parlament mientras los Mossos retrocedían. Pasadas las 22.00, decenas de personas que se agolpaban ante las puertas del Parlament –decoradas con pegatinas en las que se leía «República en construcción, disculpen las molestias»– fueron dispersadas por los Mossos a golpe de porrazo y proyectiles de foam –los sustitutos de las balas de goma–. De forma paralela, la rama de la manifestación que se desprendió del grueso y bajó por la Via Laietana llegó hasta la Jefatura Superior de la Policía española, protegida por un cordón de los Mossos. «Ni oblit ni perdó» y «Que nos dejen actuar» fueron algunos de los esloganes coreados frente a un edificio de infausto recuerdo –allí se torturó durante el franquismo y la transición a disidentes de todo tipo– que ayer se llevó más de un huevazo. También cerca de las 22.00 los Mossos d’Esquadra cargaron para disolver definitivamente la espontánea movilización.

La jornada acabó así, igual que el 1-O de hace un año, con cargas policiales; solo que ayer fueron los Mossos, héroes del soberanismo hace un año, los que arremetieron contra algunos independentistas. Es triste comprobar lo cierto que puede resultar a veces aquello de que la historia se repite como farsa. Pero conviene no quedarse con la foto fija del final del día, ya hemos dicho que las lecturas apresuradas del momento catalán tienden fácilmente a la confusión. Hacen falta gafas de largo alcance; casi catalejos. Ayer fue la exconsellera de Educación, hoy exiliada en Escocia, la que recogió el sentir de buena parte del independentismo, al declararse huérfana de «mensajes políticos con contenido».

Clara Ponsatí es una rara avis en el panorama catalán, un satélite con órbita propia. Una economista de reputada carrera que llegó al Govern de rebote en julio de 2017 y que, además de escaldada por la Justicia española, salió también espantada con el panorama partidista del independentismo.

Siempre es interesante escuchar a Ponsatí, capaz de reflexionar desde plataformas propias: «Si nos creemos que esta jornada nos obliga y nos compromete (1-O), nos tendríamos que poner manos a la obra, y no lo estamos haciendo. Si las personas que están en el Govern tienen la sensación de que se plantó una semilla, pero que ahora viene una temporada larga esperando a que llegue la primavera, que nos expliquen como piensan gestionar este invierno, más que decirnos buenas palabras».