Joseba Vivanco

¡Athletic de mi vida! y dicen que era un trofeo menor...

Esta vez, como en 2015, hay que ir a echar el resto en la Supercopa, a jugársela a un partido, primero, a dos, después. Sin pretensiones de a todo o nada, ni a vida o muerte, que bastantes decepciones nos hemos llevado ya. Si los astros se alinean otra vez, pues volveremos a festejar otro título.

Jugadores del Athletic celebrando la victoria en la Supercopa de 2015 por las calles de Bilbo. (Monika DEL VALLE / FOKU)
Jugadores del Athletic celebrando la victoria en la Supercopa de 2015 por las calles de Bilbo en un autobús. (Monika DEL VALLE / FOKU)

El atasco kilométrico de cientos de camiones en Dover generó que mi regalo de Olentzero llegara a casa el día siguiente a la festividad de Reyes. Era una camiseta del Birmingham inglés, con el nombre de Mikel San José a la espalda, por obra y gracia de mi hija la futbolera, quizá para agradecer tanto viaje de ida y vuelta a los entrenamientos. Seguro que ‘Sanjo’, es uno de los que encarará con nostalgia, más incluso desde la lejanía, esta Supercopa de formato televisivo que se juega esta semana y con el Athletic como invitado protagonista ni recuerdo en base a qué…

Un trofeo menor, dicen que dicen, por el que hoy más de uno mataría vista la travesía en el desierto que se atisba, y eso que en lontananza queda la bala de esa final copera que no queremos ni imaginar qué sería perderla… mientras soñamos con qué sería ganarla…

Él, ‘Sanjo’, fue el artífice de aquel golazo que perdurará en nuestra retina, ese balón imposible de imaginar, osado de intentar, pero cazado desde el círculo central del nuevo San Mamés, y que ridiculizó el despeje de cabeza del portero rival e hizo añicos la aureola imbatible de Ter Stegen. Desde 47,5 metros de distancia.

Luego vendrían los tres de Aduriz –el último león en hacerle un triplete al Barça había sido Manu Sarabia en 1980–. Ni en sueños. Sobre todo porque tampoco el equipo culé fue la releche esa noche, aunque jugara Messi, ni el Athletic un vendaval aunque sí un derroche de estajanovismo. Nada que ver con aquel torrencial 2-2 entre Bielsa y Guardiola en la vieja Catedral, que aun hoy nos hace humedecer las canillas al rememorarlo. Solo que los astros esa vez se alinearon para un resultado de unta pan y moja. Sobre todo porque sirvió para cimentar un título, menor decían, que puso fin a una sequía de 31 años en las vitrinas rojiblancas. 

Iraizoz, Laporte, Eraso, San José, Beñat, De Marcos, Susaeta, Etxeita, Aduriz, Balenziaga y Sabin Merino. Da igual el orden. Eran la «cuadrilla», que soltaría para la historia desde la balconada del Arenal el más zorro entre los zorros. Con este once hoy irreconocible, del que apenas quedan en pie ‘Demar’ y ‘Balentzi’ -sin olvidar a Iago, Muniain y Williams que también formaban parte de la plantilla-, el Athletic del hoy añorado Txingurri Valverde goleó 4-0 al SúperBarça de Luis Enrique. Un Barcelona que venía de no perder una final desde 2006. Pero en eso llegó el Athletic y mandó a parar.

El 1-0 de la vuelta, con el club catalán desnudando tras el pitido final su vergonzoso ‘bere estiloa’, fue un peaje más que asumible. «Barça entzun, Athletic txapeldun!», fue mi titular de aquella crónica. Eran todavía relatos de vino y rosas. No de espinas como ahora. Solo Iraizoz, Aduriz y Gurpegi habían nacido cuando el último entorchado rojiblanco. Así que de título menor... «¿Parece que hemos ganado algo, no?», preguntó de manera retórica el gran capitán navarro a la multitud congregada el día después. Miles y miles. Entregada. Agradecida. Sintiéndose importante. Única. Allí estaba también mi hija. Mamando Athletic.

Han pasado unos añitos, Gurpegi, Iraola, Aduriz han colgado las botas, San José rememora recuerdos de juventud en las islas británicas, Susaeta y Beñat prueban la aventura cada vez menos exótica del fútbol australiano, Iturraspe, perdóname, tendría que buscar en wikipedia si sigue jugando… Y esta vez, como aquella, las palabras deberían dejar paso al resultado.

En la previa nos dejamos de sentimentalismos, de heroicidades, de hemerotecas, de apelaciones, de los aldeanos, de las lágrimas de Iribar, había mucho que ganar y poco que perder. Perder, lo que se dice perder, ya perdimos bastante en Bucarest. Y en las imposibles finales coperas ante los culés.

Esta vez, como en 2015, hay que ir a echar el resto, a jugársela a un partido, primero, a dos, después. Sin pretensiones de a todo o nada, ni a vida o muerte, que bastantes decepciones nos hemos llevado ya.

Si los astros se alinean otra vez, pues volveremos a festejar otro título. Ojo, no 31, sino 5 años después. Y si alguien sigue creyendo que es menor, ya sabe, que deje sitio abajo en la balconada, que mi hija estará allí. Conmigo, con la camiseta de ‘Sanjo’ a la espalda. Lo saben hasta en Dover. «¡Athletic de mi vida!», encabecé la crónica que uno siempre anhela escribir en aquel 4-0. Y dicen que dicen que era un trofeo menor…