«Ongi etorris», ¿gasolina o bálsamo?

De nuevo en pleno agosto, el recibimiento a un preso ha vuelto a servir de munición para refriega política. ¿Es inevitable que este asunto sea materia inflamable o hay otra forma de abordarlo?

El padre de Agustin Almaraz, en Santutxu tras dos años y medio sin poder ver a su hijo. (NAIZ)
El padre de Agustin Almaraz, en Santutxu tras dos años y medio sin poder ver a su hijo. (NAIZ)

No resulta precisamente habitual, pero este mes han recuperado la libertad ocho presos y presas de EPPK y ha acabado su condena alguno más que ya estaba en condicional. El día 1 de agosto en la mancheta de portada de este periódico aparecía el número 207 y ahora esa cuenta atrás marca 199. Pues bien, solo una de las excarcelaciones ha provocado polvareda por el recibimiento; horas de televisión, ríos de tinta y el incesante ‘y tú más’ de las redes sociales  –mucho más grueso en el caldo gordo del anonimato– han sucedido a la llegada a Santutxu de Agustin Almaraz.

Sirva el número para empezar por dimensionar la cuestión. Para constatar a quién le interesaba más este rifirrafe, aquí va otro dato objetivo: Sortu salió a la palestra a fijar su posición casi dos días después de la primera chispa, pero a Carlos Iturgaiz (PP) le bastaron unos minutos para replicarle («son veneno») y seguir así echando leña al fuego.

En esta era panvacacional en que hasta las serpientes de verano de antaño han desaparecido, la sobredimensión mediática y política del hecho es evidente. Y también delatora: quienes argumentan que los «ongi etorris» atacan la convivencia corren precisamente a usarlos para ese fin, como en la profecía autocumplida.

Dicho esto, en una sociedad que se activa –más bien altera– con estos espasmos, tampoco cabe negar que la cuestión es problemática y que obstaculiza mucho más la ruta de quienes quieren vaciar las cárceles que la de quienes pretenden mantener el contador lo más alto posible. La ecuación es sencilla; sin un consenso sobre «ongi etorris», ¿cómo va a haberlo sobre excarcelaciones? Lo accesorio y lo fundamental no pueden estar en el mismo plano.

Acertada o erróneamente, este medio no ha participado de esa vorágine. Por un lado, el asunto a estas alturas es tan manido que realmente tiene muy poco jugo informativo. Por otro, la posición editorial de GARA-NAIZ trata de ser constructiva en este proceso y en los titulares ofrecidos generalizadamente predominaban más propósitos destructivos e involucionistas que otra cosa. En la resaca sí se pueden extraer conclusiones con más frialdad. Y sobre todo preguntarse si este tema va a seguir siendo gasolina para avivar llamas anteriores o si se le puede dar la vuelta y convertirlo en bálsamo. En otras palabras, si siempre será problema o tiene algo rescatable como solución.

¿Realmente no ha habido nada novedoso en las declaraciones sobre el asunto? Pues sí, lo ha habido, aunque no ha llegado a los titulares. Por ejemplo, la presidenta de Covite, Consuelo Ordóñez, mostraba el miércoles en Radio Euskadi su conformidad con los recibimientos a la salida de prisión, que admitía como cada vez más nutridos al estar los presos más cerca de sus casas (Almaraz salió de Basauri). El jueves, en la misma emisora, el delegado del Gobierno español, Denis Itxaso, exponía que «yo ni siquiera pido arrepentimiento; solo pido que, al menos, no se idealice, no se proyecte una idea romántica del pasado que se llevó a esas personas a la cárcel». El exdirigente guipuzcoano del PP Borja Sémper escribía: «Cuando alguien cumple una condena de cárcel, en este caso por haber asesinado, podemos comprender que su familia y amigos se alegren (allá cada cual)». Y en un hilo de Twitter María Jauregi constataba que no se es tan exigente con el PSOE como con la izquierda abertzale; Iñigo Urkullu corrió a darle la razón con su embestida el viernes.

A alguien le parecerán obviedades, pasos insuficientes sin duda, pero lo cierto es que no habían sido verbalizadas así hasta la fecha. Lo que ha predominado históricamente desde estos ámbitos es la proyección deshumanizada de los presos vascos y la indiferencia, cuando no el «que se pudran en la cárcel» de Aznar.  

Tras ello, los cuatro rechazaban de plano que esos recibimientos se hagan en las plazas y con cierta parafernalia, algo que para la hermana de Gregorio Ordóñez traslada «jactancia por sus crímenes». También hay algo nuevo en esta parte, aunque no lo parezca: una concreción de qué hace daño a las víctimas, que será sincera si expresa un sentimiento interior y no un objetivo de recrear el esquema vencedores-vencidos. Inesperadamente el incidente ha generado un diálogo indirecto sobre un tema que hasta ahora se despachaba con un sí o no.

La presidenta de Covite dijo otra cosa también– incluso la había apuntado una semana antes con ocasión de un recibimiento a dos presos en la «herriko» de Hernani­– que no mereció la atención de quienes solo toman este tema como munición: los «ongi etorris» se están realizando de otro modo hace tiempo. Habrá quien vea en esto un efecto de la represión; aunque la AN no los prohíba, es sabido que hay un sumario vivo en ese tribunal, dirigido inequívocamente por la Guardia Civil y en contra de Sortu (¡doble sorpresa!). Este factor tendrá su peso en algún caso, pero no es el determinante. Se le sobrepone el elemento personal: todos los presos y presas desean lógicamente ser recibidos por quienes les quieren, pero muchos de ellos y ellas explican que no necesitan ningún reconocimiento público o dicen directamente que no lo quieren. Y está por último el factor político: ¿cómo va a tener el mismo sentido y la misma caracterización un «ongi etorri» en fase de conflicto armado que en fase de intento de resolución, si ni dentro ni fuera de la cárcel los modos de actuación política son los mismos que antes?

Cada una de las excarcelaciones de este mes han tenido un formato diferente de recibimiento para el preso. Los ha habido de todos los perfiles; bajo, alto, incluso nulo. Pero en esta apelación a la empatía mutua hecha por víctimas y políticos, hay una cosa fácil de captar: la dimensión del «ongi etorri» generalmente no tiene nada que ver con lo que ha hecho la persona recibida antes de entrar en prisión, sino con lo que le han hecho dentro de ella.

En el caso de Almaraz, no está de más recordar que ha purgado más de 25 años de cárcel, algo que tiene muy poco parangón en el Estado español y ninguno en Europa; que el 98% del tiempo lo ha pasado en primer grado cuando ese régimen debe ser puntual y revisable; y que ha sobrevivido a penales como Puerto, en el que en los últimos años han muerto dos compañeros, Arkaitz Bellon y Xabi Rey.

Al valorar cualquier acción en esta vida, la empatía requiere tratar de entender las motivaciones de quien la hace. Y en ese ejercicio, se percibe que el recibimiento no es un enaltecimiento ni tampoco una acción de humillación, sino justamente lo contrario: es un bálsamo. Y hará falta tiempo, sin duda, pero para estas víctimas de ETA llegar a entenderlo también podría resultar balsámico, porque no se está buscando añadir sal a su herida sino intentando cerrar las propias.

Estrictamente mirado, los excarcelados han sido víctimas de una política carcelaria vengativa y muchas veces de la tortura; otra cosa es que no quieran sentirse y definirse como tal. En cualquier caso, sí son supervivientes de un enfrentamiento y un conflicto en el que muchos otros no han sobrevivido. Algunos, a sus manos; otros, en sus brazos. Empujarlos a que tengan que reivindicarse en el papel de víctimas no va a aportar nada positivo a la convivencia. Por el contrario, admitir que se han triturado sus derechos y que esto tampoco debería volver a pasar, que debería dejar de pasar, ayudaría bastante.

Hay un matiz final, por último, que también ha pasado desapercibido pero es más que un matiz. La convocatoria del acto de Santutxu a quien realmente iba destinada era a la familia del excarcelado y de los otros cuatro presos del barrio. Y aquí el término superviviente tiene sentido total, biológico: los padres de Almaraz han estado dos años y medio sin poder verle porque su estado físico ya no les permitía viajar tan lejos. Su aita, en concreto, ha logrado llegar al día de abrazarle en libertad, vivos ambos, algo que no siempre sucede.

Dos días antes de Santutxu hubo otro acto cien kilómetros al este en otro barrio popular, esta vez de Donostia: Morlans. Al contrario que lo del lunes en Bilbo, no tuvo apenas eco mediático. Tampoco era un «ongi etorri». ¿Qué tiene que ver entonces con el caso que nos ocupa? Más de lo que parece.

Durante casi tres décadas recordar en Morlans a Patxi Itziar, Iñaki Ormaetxea y Jokin Leunda, militantes de ETA acribillados por la Guardia Civil ha sido perseguido con saña. Tampoco esta vez estaba claro que pudiera ser posible, pero se intentó y se logró. Llegado 2021 no hubo que dejar un ramo de flores y cantar el ‘Eusko Gudariak’ a prisa y corriendo como en los 90 o esta misma última década ya sin ETA, sino que pudieron oírse varias intervenciones. Y en ellas se recordó la masacre, se lloró a las víctimas y se denunció la impunidad en torno a este caso y otros similares. No hubo más, pero tampoco menos. A la salida era inevitable preguntarse cómo han hecho falta tres décadas para llegar al punto de poder recordar públicamente a los muertos sin ser acusado de «enaltecimiento».

Quizás quienes se indignan con Santutxu lo verían de otra forma si hubieran estado dos días antes en Morlans y aprendido sus lecciones: dejar expresarse al otro es imprescindible para luego poder escuchar y finalmente algún día llegar a entender, a entenderse. Convivir –vivir con, no contra– tras un conflicto armado requiere de bálsamos, lo contrario a gasolina.