Periodista / Kazetaria

Escepticismo kurdo en Sirnak: «Hemos sufrido demasiado»

En las regiones más afectadas por el conflicto, la apertura de una nueva ronda de negociaciones se recibe con esperanza, pero también con muchas reservas. Es el caso de Sirnak, una ciudad enclavada en la encrucijada de las fronteras turco-siria-iraquí.

En la provincia de Sirnak, duramente afectada por la represión turca, la población dice no creer en Erdogan.
En la provincia de Sirnak, duramente afectada por la represión turca, la población dice no creer en Erdogan. (Laurent PERPIGNA)

De dos en dos, Adel Botan sube las escaleras de un imponente edificio de paredes rugosas, situado en el centro de Sirnak. Una vez en la azotea del edificio, este antiguo bombero de 62 años nos pone en situación: «¡Mirad! El Ejército turco ha instalado bases militares por toda la ciudad, en lo alto de las montañas que nos rodean. El acceso a estas zonas está prohibido, el suelo está lleno de minas. Estamos literalmente rodeados, bajo vigilancia constante», afirma con tono fatalista.

Un panorama al que los lugareños, muy a su pesar, se han visto obligados a adaptarse. Porque, desde el inicio del levantamiento liderado por el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK, clasificado como organización «terrorista» por Turquía, EEUU y la UE) en la década de 1980, Sirnak cumple todos los requisitos para lo que debe ser una línea de frente. Enclavada en los confines de la muy sensible triple frontera turco-sirio-iraquí, esta ciudad de 60.000 almas, irreductible bastión del movimiento kurdo, ha sido marcada a fuego por décadas de enfrentamientos y destrucción.

Ahmad, un cuarentón que reivindica abiertamente su simpatía por el partido prokurdo DEM, también se muestra serio: «La paz murió hace mucho tiempo en Sirnak. No hay ni una sola familia aquí que no haya sido destrozada por la guerra. Son incontables los mártires o las personas que se han visto obligadas a exiliarse en Irak, en Siria o incluso en Europa. Tal vez la declaración de Öcalan pueda abrir una nueva página, pero nos cuesta imaginar que el Estado turco cambie de paradigma. Hemos sufrido demasiado como para ser optimistas».

«TODO SALE A LA SUPERFICIE»

A lo largo de los encuentros, se repiten incansablemente los mismos testimonios. La emoción es intensa, las heridas aun abiertas. Los lugareños, tradicionalmente poco locuaces por temor a represalias, rememoran con gusto su historia común. Como si el llamamiento del líder del PKK, Abdullah Öcalan, que al término de las reuniones con el Gobierno turco, hace dos meses, animó a su organización a desarmarse y disolverse, hubiese rebajado un poco la tensión. «Todo sale a la superficie, especialmente las horas más oscuras. Sirnak ha sido objeto de una verdadera persecución por parte del Estado turco en varias ocasiones», continúa Ahmad.

Entre las fechas marcadas por los lugareños, la de 1992 marcó un punto de inflexión: mientras la guerrilla del PKK se había arraigado en las montañas circundantes, la ciudad fue sitiada y sumergida bajo el fuego de los cañones y la aviación turcos. Desierto, el centro de Sirnak fue pasto de las llamas; una ofensiva que formaba parte de la guerra sucia del Ejército turco en el sureste del país. Miles de pueblos fueron vaciados de sus habitantes.

Un siniestro episodio que no impidió que los lugareños reconstruyeran Sirnak. No sin consecuencias. En un café, Mehmet, de 65 años, muestra sus viejas heridas. Sus muñecas están marcadas, varios de sus dedos deformados: «Pregúntele a los hombres de más de 50 años que se encuentre. Todos hemos sufrido, de una forma u otra, violencia, porque decidimos quedarnos en Sirnak. Me torturaron durante un mes. El Ejército turco quería vaciar nuestras ciudades».

Sadiq Kulter vivió su adolescencia en este difícil, por decirlo suavemente, contexto. En 1997, con 17 años, quedó mutilado por la explosión de una mina. Se levanta tímidamente los pantalones para mostrar su prótesis: «Perdí un ojo y una pierna. Fue a unas calles de aquí, en pleno centro de la ciudad», asegura, antes de continuar: «Muchos de mis amigos de la infancia se fueron del país. Yo me quedé y pagué el precio. A pesar de mi discapacidad, me acusaron de colaborar con la guerrilla y pasé siete años en la cárcel por nada. Tuve más suerte que mi hermano, que fue asesinado».

LA IMPLOSIÓN DEL ÚLTIMO PROCESO DE PAZ

Si bien la inmensa mayoría de las personas entrevistadas en Sirnak dicen haber acogido con satisfacción el llamamiento de Abdullah Öcalan, muchas manifiestan no tener ninguna confianza en los artífices de este nuevo proceso: el presidente, Recep Tayyip Erdogan, y su aliado de extrema derecha, Devlet Bahçeli.

Sobre todo porque en Sirnak, más que en ningún otro lugar, todo el mundo parece medir los riesgos de un posible fracaso: la implosión de las últimas conversaciones de paz entre el mismo Erdogan y Öcalan a mediados de la década de 2010 incendiaron literalmente la región. Mientras grupos de jóvenes kurdos tomaban el control de barrios enteros de algunas localidades del sudeste de Turquía, el fuego del Ejército turco volvía a caer sobre ellos.

Sirnak no fue una excepción. Asediada durante 246 días, la ciudad fue dada por muerta. Adel Botan recuerda: «Yo era jefe de equipo en el cuerpo de bomberos. No se pueden imaginar la violencia de los combates. Todos quedamos psicológicamente destruidos por los horrores que presenciamos. Creo que si se excava, todavía hay cadáveres bajo tierra. Me temo que, si volvemos a fracasar, podríamos encontrarnos ante un escenario similar».

Shahin Sumbun, una mujer de 50 años, está profundamente marcada por este período: «Una de mis hijas murió abatida por los militares. No llevaba armas, solo quería huir. Mi marido también fue detenido sin motivo aquellos días. Desde entonces, está en la cárcel».

Recupera el aliento: «Si nada cambia, acabará su vida entre rejas. No confío en Erdogan y mucho menos en Bahçeli, pero intento mantener la esperanza. Si llega la paz, tal vez lo liberen. Si el proceso fracasa -augura-, volverá a estallar la guerra».

Esmaa Erener, copresidenta de la sección local de DEM, habla con miembros de su organización en una azotea de Sirnak. (L.P.)

Para encontrar un poco más de optimismo hay que ir a las oficinas del partido DEM, que desempeña un papel clave en el actual proceso de paz. Esmaa Erener, de 30 años, es copresidenta de la sección local del partido. «En Sirnak, todos estamos marcados por este conflicto. En 2015, mi casa fue destruida y, con ella, parte de nuestra memoria familiar. No quiero que esto le pase a nadie más aquí, debemos luchar por la paz. Y eso es lo que estamos haciendo. El primer paso lo hemos dado nosotros», afirma.

«LA HORA DE LA VERDAD»

En esta mañana de primavera, los habitantes se agolpan en un parque para celebrar el Newroz, el Año Nuevo kurdo. Esta fiesta tradicional, revestida con un gran componente de reivindicación política, y que se celebra bajo alta vigilancia en la mayoría de las ciudades y pueblos del sudeste de Turquía, es escenario de tensiones con las fuerzas del orden que controlan el acceso al lugar.

Enorme dispositivo policial alrededor del lugar donde los kurdos de la región celebran el Newroz, su Año Nuevo. (L.P.)

Como probable consecuencia de las negociaciones en curso, el ambiente parece menos cargado de lo habitual. Cientos de jóvenes, ataviados con trajes de color verde caqui, que se parecen mucho a los de los combatientes del PKK, bailan bajo la mirada perpleja de la Policía. Decenas de ellos, encapuchados, entonan canciones en honor a la guerrilla y a su líder encarcelado.

«Es la hora de la verdad», dice una mujer de 25 años, con los colores kurdos pintados en sus mejillas y un pañuelo en la cabeza. Se declara optimista de cara al futuro.

«Cada vez que pedimos paz, hemos tenido guerra», responde Botan, de 60 años. El hombre, que no oculta su simpatía por el PKK, continúa: «Todas las familias han derramado su sangre por esta tierra, y todas las madres os dirán lo mismo: que sueñan con la paz, pero que no creen en ella. Nos han obligado a desconfiar, tras un siglo de traiciones».

Aunque asegura tener una confianza ciega en Öcalan, le preocupa la falta de contrapartidas a este posible desarme de la guerrilla del PKK.

Una falta de confianza flagrante hacia las autoridades turcas que se ha incrementado aún más con la detención, el pasado 20 de marzo, del alcalde de Estambul, Ekrem Imamoglu, figura ineludible de la oposición. «Erdogan quiere deshacerse de todos sus adversarios. Fue el caso ayer con nuestros alcaldes, destituidos por decenas, con el encarcelamiento de nuestro líder, Selahattin Demirtas, y continúa hoy con Imamoglu. ¿Cómo podemos creer que Recep Tayyip Erdogan es el hombre que nos devolverá nuestros derechos y traerá la democracia? No podemos hacer la paz solos, necesitamos garantías», concluye.