«La herencia del 25 de abril está claramente en peligro en Portugal»
El resumen de las legislativas portuguesas del 18 de mayo da vértigo: la derecha ganó nueve escaños, la extrema derecha, ocho y los liberales, uno. Los comunistas perdieron un diputado; el Bloco de Esquerda, cuatro, y el Partido Socialista, 20.

Tres legislativas en tres años han transformado el mapa portugués hasta hacerlo irreconocible. De la mayoría absoluta socialista de 2022 se ha pasado en dos botes a un predominio absoluto de la derecha, que por primera vez controla dos tercios de la Asamblea, con un 22% de voto para la extrema derecha. Al otro lado, el PS se ha hundido sin que los partidos a su izquierda se hayan beneficiado.
En entrevista telefónica, Manuel Loff, historiador y diputado independiente en las listas del Partido Comunista durante seis meses en 2023, ofrece la radiografía de un país que hace solo una década era referencia ineludible para la izquierda europea.
Se está explicando que el PS provocó las elecciones para intentar aprovechar el desgaste por los escándalos del primer ministro, Luis Montenegro. ¿Es correcto?
No, más que el Partido Socialista, ha sido la derecha tradicional. Desde el principio de la legislatura, hace 11 meses, se ha encontrado en aprietos por los evidentes conflictos de intereses del primer ministro, y han sido ellos los que han querido el adelanto electoral, porque ya anticipaban que les podría beneficiar. La gente no quería nuevas elecciones y la retórica sobre la estabilidad podía dar réditos. Lo que quería el PS era cocer a fuego lento a un primer ministro frágil.
En tres años, el PS ha pasado de 120 diputados a 58. ¿Cómo?
En el 2015, después de cuatro años absolutamente devastadores de la Troika, la izquierda ganó las elecciones y los tres grandes partidos, el PS, los comunistas con los verdes y el Bloco, firmaron un acuerdo parlamentario por primera vez desde 1975. Se realizaron profundas correcciones respecto a la devastación neoliberal de los años previos y la pérdida de derechos.
A los cuatro años se vio que, igual que puede estar pasando ahora en España, los socialistas fueron los grandes beneficiados de unas políticas que no habrían asumido sin la presión de los partidos a su izquierda. Pero a partir de 2019, se empeñaron en no cambiar medidas esenciales, como la legislación laboral que la derecha había dejado. Y en 2022 provocó unas elecciones en las que, con baja participación, logró la mayoría absoluta. A partir de ahí, han decepcionado permanentemente, sin conseguir controlar mínimamente los efectos de la inflación y la pérdida de poder adquisitivo.
Lo del domingo pasado se veía venir. El gran giro fue el de marzo de 2024, cuando la ultraderecha pasó del 7% al 18%. Ahora está en el 22%.
¿De dónde se alimenta Chega?
Los resultados del domingo componen un país electoralmente nuevo, distinto. Porque la crecida de la ultraderecha no castiga a la derecha tradicional. Hay trasvase de votos de la derecha tradicional a Chega y trasvase del PS a la derecha tradicional, así como a Chega, en menor medida. Pero el fenómeno más peligroso es la movilización de capas populares tradicionalmente abstencionistas. El domingo pasado votaron 700.000 nuevos electores y 500.000 lo hicieron por la extrema derecha.
Está de moda señalar que, como la ultraderecha crece también en antiguos feudos de izquierda, la responsabilidad de su auge recae sobre ella.
No estoy de acuerdo. Responde a un relato interesado que dice que los que votaban a los comunistas ahora votan al otro extremo, prueba de que los extremos se tocan. Responde a una concepción liberal de lo que son las clases populares, a las que se considera incapaces de decisiones políticas racionales. Pero un análisis más fino demuestra que, allí donde la extrema derecha da un salto, por ejemplo en el Estado francés, lo hace de forma bastante general, también en zonas donde los comunistas no tenían buenos resultados, como Alsacia o Borgoña.
En Portugal, el voto a Chega es muy elevado en todas las regiones, también en el norte, territorio de la derecha tradicional. Además, lo que ocurre es que en esas zonas tiene que disputar el voto a esa derecha tradicional, mientras que en el área metropolitana de Lisboa y en el Alentejo, irrumpe en unas zonas donde la derecha no tiene mucho apoyo y donde el Partido Comunista ha sido históricamente fuerte.
Pero la realidad es que en esas zonas y en las elecciones legislativas, los comunistas perdieron hace tiempo el predominio en favor del Partido Socialista. Son zonas rurales muy deprimidas y envejecidas, donde el 70% del electorado son jubilados, mientras que los trabajadores jóvenes son extranjeros de India, Pakistan y Bangladesh sin derecho a voto. Es posible que algunos de los electores hubiesen votado en algún momento a los comunistas, pero la mayor parte de ellos no votaba hacía mucho. A ellos hay que sumar los jóvenes, que también se han movilizado por Chega y su discurso contra los gitanos y los inmigrantes.
Dicho esto, el resultado para la izquierda del PS ha sido muy duro. Al PCP no le ha ido bien y al Bloco le ha ido fatal.
Sin duda. El PCP ha resistido mejor, no ha reeditado los cuatro escaños por 600 votos, pero cuatro escaños eran poquísimos. Los comunistas han demostrado una estructura mínimamente fuerte, pero han acusado el cambio de liderazgo y dos campañas muy duras en los últimos años. Una durante la pandemia, cuando se posicionaron en solitario contra las restricciones desde un punto de vista que nada tenía que ver con el negacionismo; y la otra con la guerra de Ucrania, donde se salieron desde el principio del consenso atlantista, sin negar que se tratase de una invasión.
El Bloco, al contrario, parecía haber sobrevivido mejor en esas aguas revueltas. No había ningún cambio entre el Bloco que consiguió mantener los cinco diputados en 2024 y el que se ha quedado solo con uno ahora. Lo que ocurre es que un partido bastante nuevo, Livre, cercano a la socialdemocracia y a los postulados de los Verdes alemanes, ha vampirizado a su electorado y ha pasado de un diputado a seis.
Aquí se suele explicar buena parte del ascenso de Vox por la falta de ruptura con el franquismo. Ese relato no aguanta el espejo portugués.
La popularidad de la Revolución portuguesa es todavía evidente, nadie se atreve a criticarla. La derecha critica el componente revolucionario, pero el consenso es absoluto. Ni André Ventura [líder de Chega] se atreve a insultar el 25 de abril. Eso no quiere decir que no haya un relato que dice que la dictadura era mucho mejor de lo que dice la izquierda y que la guerra colonial fue una guerra patria. Ese relato sale de la derecha tradicional y tiene en Ventura a su generación más joven. Y sirve para lograr votos. El consenso sobre el 25 de abril no quiere decir que no haya una batalla por la memoria.
¿Qué panorama se abre ahora en Portugal?
Por primera vez desde las elecciones democráticas de 1975, el conjunto de las derechas tiene más de dos tercios de los diputados. Y en Portugal, la Constitución se puede reformar con dos tercios. Chega insiste en la reforma de la Constitución para cambiar de régimen, según dice, desde 2019, cuando entró con un diputado. La legislatura pasada se creó una comisión para la reforma. Si se retoma, se hará con una mayoría de derecha. Es la primera vez que pueden hacerlo prescindiendo de los socialistas. Si se reforma la Constitución, la herencia del 25 de abril estará claramente en peligro.
A diferencia del Estado español, el primer ministro Montenegro insiste en que no pactará con Chega. ¿Lo cree?
Va a ser un Gobierno muy frágil, porque va a estar en minoría y porque las informaciones sobre los conflictos de intereses del primer ministro van a seguir como un goteo. Y lo cierto es que los acuerdos con Chega ya existen, por ejemplo en las Azores, y el terreno ya se está preparando, insistiendo en que los electores de Chega son también demócratas a los que hay que atender.
¿Qué le queda a la izquierda?
Hay una discusión desde hace tiempo entre quienes dicen que hay que considerar a Chega como fascistas del siglo XXI y, por lo tanto, optar por estrategias antifascistas y quienes dicen que no hay que exagerar el peligro de la ultraderecha, que llamarles fascistas les favorece. Yo apuesto por la primera, por activar la calle, los sindicatos y los movimientos sociales, junto a una disputa ideológica y una crítica radical del neoliberalismo, demostrando que la ultraderecha no viene a solucionar nada, sino a vampirizar ese malestar sin darle solución.
Soy de los que piensa que la democracia está claramente en peligro. Hay un porcentaje elevadísimo de la población portuguesa que rechaza a la ultraderecha, pero eso nunca ha impedido en el pasado que la derecha tradicional intente cooptar a la extrema derecha y acabe ocurriendo exactamente lo contrario.

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