Túnez, última estación antes de Gaza
Tras varios días de retraso, la Flotilla Global Sumud vuelve a navegar rumbo a Gaza, llevando consigo víveres, medicinas y la determinación de cientos de voluntarios de distintas partes del mundo.

«Siento que es mi obligación usar mi privilegio para tomar acción directa contra este genocidio. Estamos haciendo lo que los gobiernos y los líderes del mundo deberían estar haciendo», afirma Isla Lamont, australiana de 24 años que trabaja con jóvenes en su país.
Ella es una de las cientos de personas que cruzan el Mediterráneo como parte de esta flotilla civil que busca romper el bloqueo impuesto por Israel y abrir un corredor humanitario hacia la Franja de Gaza.
Las palabras de Isla condensan el espíritu de la misión: una iniciativa surgida de la sociedad civil, sostenida por donaciones y voluntariado, que intenta hacer lo que en dos años ni la ONU ni ningún Estado han logrado: entregar directamente ayuda humanitaria a una población que resiste un genocidio y una hambruna planificada.
Buena parte de la asistencia internacional enviada previamente continúa retenida en Israel, y los supuestos puntos de distribución en Gaza se han convertido en trampas mortales: francotiradores y contratistas militares disparan a mansalva contra las personas que hacen fila para recibir un poco de comida.
En los primeros días, algunos barcos sufrieron averías y tuvieron que detenerse en Menorca para reparaciones.
«Ningún barco navegará solo», repiten los organizadores. Si una nave se detiene, el resto o un grupo espera; la seguridad está en permanecer juntos.
Los voluntarios mantienen firme la misión, conscientes de que una operación de esta envergadura debería recaer en los Estados. Pero el silencio cómplice de Europa resuena en cada cubierta.
Solidaridad internacional
En cubierta, las conversaciones cotidianas giran hacia experiencias de lucha. Los irlandeses evocan la ocupación británica en el norte de Irlanda. Entre ellos está Fra Hughes, técnico anestesista retirado de Belfast, de 62 años, con larga trayectoria en movimientos de solidaridad. «Lo que me mueve es un compás moral: el ser humano», explica.
Las noticias que llegan desde Génova también alimentan la esperanza. Los sindicatos de estibadores italianos advirtieron que «pararían Europa» si perdían contacto tan solo 20 minutos con la flotilla al acercarse a Gaza.
Para los tripulantes, la iniciativa supone una señal de que su acción puede encender nuevas movilizaciones y abrir el camino hacia un corredor humanitario real.
«Ellos tienen el poder militar, nosotros tenemos la solidaridad internacional», resume Hughes, compartiendo barco con voluntarios de 14 nacionalidades.
Otra noticia alentadora fue la confirmación de que el Life Support, un barco de 51 metros de eslora, de la ONG italiana Emergency, especializado en rescatar migrantes en el Mediterráneo, se unirá a la flotilla para ofrecer asistencia médica a los tripulantes.
«Estamos haciendo lo correcto», insiste otro voluntario en una de las tantas charlas improvisadas. La mayoría nunca había navegado, pero hoy cumplen roles activos en la tripulación, participando en la navegación, el cuidado y el mantenimiento de las embarcaciones.
El esfuerzo diario dentro de los barcos se disipa con las cifras del horror: alrededor de 65.000 palestinos muertos por Israel, cientos muriendo de hambre y 271 periodistas ejecutados selectivamente, algunos junto a sus familias.
Última parada
Antes de alcanzar Gaza, y pese a las limitaciones económicas y logísticas, y a las trabas burocráticas, en la escala en Túnez se sumarán nuevos barcos, más voluntarios y algunas figuras públicas que acompañarán el último tramo hacia la Franja. También se esperan refuerzos desde Italia que se unirán en algún punto en el Mediterráneo.
El futuro es incierto y los escenarios múltiples: desde un abordaje violento hasta ataques con drones. Por eso, los entrenamientos diarios son rigurosos.
Cada mañana, los voluntarios practican protocolos de no violencia y asumen posiciones estrictas para reducir cualquier pretexto de que los soldados israelíes tengan para matar, herir o golpear a alguien de la tripulación de voluntarios.
La amenaza no es menor. El ministro israelí Itamar Ben Gvir advirtió que tratarán a los integrantes de la flotilla como «terroristas», enviándolos a las mismas cárceles donde durante años mantiene a miles de palestinos, que permanecen detenidos sin juicio y sometidos a torturas sistemáticas.
La determinación de los voluntarios de llegar a Gaza sigue a pesar de las amenazas.
Si la acusación de «terrorismo» se emplea contra un grupo de civiles desarmados que llevan ayuda humanitaria a una población que está siendo masacrada, y que navega en aguas internacionales y amparada por la legislación internacional, estaremos ante el nacimiento o quizás ante la evolución del fin del orden internacional y lo que queda de un sentido de humanidad en que las masacres se vuelven la norma.
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