La desafección de la juventud no es apatía, sino una llamada a renovar la política actual
La juventud no está despolitizada, sino distanciada de la política institucional. Convive con otras formas de implicación política que desbordan los cauces tradicionales y el sistema democrático actual debería atender más a estas.

El interés de la juventud por la política -o la aparente falta de él- se ha convertido en un tema recurrente en el debate público. Se habla de pérdida de valores democráticos, de desafección generalizada o del auge de tendencias extremistas reflejadas en distintos barómetros. Sin embargo, estas lecturas suelen compartir un mismo déficit: se analiza a la juventud como objeto del problema, pero rara vez se la considera sujeto activo dentro del análisis.
Incorporar la mirada de las personas jóvenes es imprescindible para entender qué está ocurriendo con su relación con la política. Además, la combinación de datos y conclusiones de diversas investigaciones apunta a una realidad más compleja de la que se dibuja en medios y tertulias.
La desafección política juvenil no puede explicarse como una simple falta de interés. Se trata, más bien, de un distanciamiento hacia la política institucional, fruto de la frustración por la limitada capacidad de las instituciones para atender las necesidades percibidas de las nuevas generaciones. Pero esta distancia no implica pasividad. Al contrario, a menudo refleja una búsqueda activa de formas alternativas de participación y de respuesta. Esto es, la desafección puede leerse como un síntoma de transformación social y como una señal de la necesidad de renovar las formas tradicionales de hacer política.
Apenas un cuarto de la juventud señala la desmotivación como causa principal para no participar en política
Los datos refuerzan esta lectura. Un estudio reciente publicado en la revista internacional de pensamiento político sobre la participación juvenil en Europa sitúa la afiliación y militancia en partidos políticos en cuarto lugar entre los mecanismos que la juventud considera eficaces para hacer oír su voz; por detrás del voto, la expresión en redes sociales y la participación en organizaciones estudiantiles. La política tradicional se nos hace ajena, y la institución, lejana.
Sin embargo, fuera de los marcos asociativos clásicos, la juventud supone la mayoría porcentual de diversas acciones políticas: movilizaciones, campañas de boicot o huelgas. Así lo indica el Centro de Investigaciones Sociológicas en los resultados de la investigación sobre participación política de diciembre de 2024, tendencia que viene sosteniéndose desde 2019 en estos informes. A esta misma conclusión llegó la autora del estudio ‘Protagonistas de su participación política: formas actuales de participación convencional, no-convencional y activismo online de la juventud en Europa’, Rita Sobczyk, publicado en 2022. Estos datos cuestionan el relato generalizado de una juventud despolitizada y obligan a revisar los criterios con los que se mide la participación.
De hecho, el pasado mes de diciembre se publicaron los datos del estudio realizado por la oficina de análisis y prospectiva de Nafarroa sobre la calidad democrática, confianza en las instituciones y principales problemas en esta y los datos fueron reveladores: la juventud ha resultado ser la más demandante de procesos de referéndum y consultas ciudadanas para la toma de decisiones en la comunidad foral, opción que se sitúa en segundo lugar para ello en la franja de edad de 18 a 29 años. Quizá sería conveniente interpretar estos datos como una demanda de más democracia y actuar en consecuencia.
Respecto a las razones para no implicarse en iniciativas relacionadas con asuntos públicos e institucionales, la falta de interés aparece, pero no como factor dominante. Los datos del CIS de la ya mencionada investigación de 2024, apuntan que apenas un cuarto de las personas entre 18 y 34 años señala la desmotivación como causa principal. En cambio, pesan más la falta de tiempo y la percepción de no estar suficientemente preparados. De nuevo, el problema no parece ser la indiferencia, sino las barreras -reales o percibidas- para participar en ella.
Conviene también contextualizar este fenómeno en un marco más amplio. Para entender este, no podemos perder de vista factores estructurales que caracterizan la sociedad actual y que condicionan su relación con la vida social: los tiempos líquidos -incluso gaseosos- de constante cambio, la atomización y el desarrollo de las redes sociales o de la nueva tecnología en general. Estos suponen un reto también de y para las personas jóvenes. Ellas mismas son conscientes de ello.
Además, el aumento de la abstención se observa en todas las franjas de edad, la afiliación sindical desciende de forma sostenida y las valoraciones negativas de la clase política se han normalizado en los barómetros del CIS. El desencanto hacia la clase política y la crispación es generalizada. Los comportamientos oportunistas de los representantes, la corrupción, la polarización observada en los medios de comunicación y, sobre todo, la desinformación -o sobreinformación repleta de fake news- son clave también para entender la falta de adhesión a la política de la sociedad.
Es necesaria una sociedad concienciada, activa y responsable, con una plaza pública accesible donde la juventud pueda participar plenamente. Por lo tanto, la juventud no es una anomalía, sino un espejo que refleja con mayor nitidez una crisis de representación más amplia.
A la juventud le interesa la política y participa de ella, pero no como históricamente se ha venido haciendo
Aun así, coincido en que es importante atender al caso de los y las jóvenes. Sin embargo, la razón no responde a la probabilidad de una erosión de la cultura democrática actual por la falta de responsabilidad sobre los derechos conquistados, como algunos discursos simplistas podrían sugerir. Se trata, más bien, de su capacidad de proponer más participación y más variada. La historia demuestra que la juventud ha sido un motor de innovación social y política, liderando movimientos, protestas y luchas que han transformado sociedades. Les interesa la política y participa de ella, pero no como históricamente se ha venido haciendo.
Persistir en el reproche generacional solo agranda la distancia. Reconocer, en cambio, nuevas prácticas de participación y dotarlas de canales de incidencia puede suponer el acercamiento necesario de la institución a la ciudadanía general. La pregunta, por tanto, no es si la juventud se interesa por la política, sino si la política está dispuesta a cambiar lo suficiente para escucharla.
En este sentido, y con esta idea me gustaría terminar, las organizaciones juveniles cumplen una función estratégica: no solo incorporan la voz de la juventud a los debates políticos, sino que actúan como espacios de aprendizaje, experimentación y renovación democrática.

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