«Tenemos que lograr que las niñas se quieran, se valoren y que hagan lo que quieran»
Asun Casasola Pardo es activista social contra la violencia machista, símbolo de resiliencia y de lucha por la libertad, el respeto de las mujeres y el derecho a decir no. Desde que José Diego Yllanes mató a su hija Nagore Laffage Casasola en 2008, es una persona especialmente comprometida.

Asun Casasola Pardo (Villamuriel de Cerrato, Palencia, 1957) nos ha citado en el parque Nagore Laffage Casasola en Irun. Inaugurado en noviembre de 2019 en la zona de Palmera Montero, es un lugar de recuerdo y condena contra la violencia machista que ofrece áreas verdes y zonas de juego. Este mediodía primaveral brilla al igual que Casasola, que nos trae el color rojo, su amplia sonrisa y su ilusión por la ingente labor que está haciendo en colegios y centros educativos, «ya no por Nagore, sino por todas las demás».
«Mi manera de vivir es viajar, Fitero y Nagore», resume cuando nos sentamos a tomar un café con leche. «Cuando estoy libre voy a Fitero, porque me encanta descansar en el balneario. Este 8 de marzo lo celebraré allí. Luego hago buenos viajes con mi hermana, con amigas, y cuando alguien propone ir a algún lugar, yo me apunto».
Se ve que es muy social. Durante la entrevista se le han acercado o le han llamado varias amigas, con quienes ha hablado, entre otras cuestiones, de las concentraciones que no logran atraer a todas las personas que le gustaría.
¿Cómo se encuentra?
Bien, mejor que hace unos años. Todo eso se va tragando. Y lo que quiero hacer es ir a colegios, que se enteren de lo que pasó. Para mí, estar con los chavales es muy gratificante. Por ejemplo, cuando venía hacia aquí me he encontrado con una madre. El otro día estuve en su colegio, y me comenta: ‘Te paro solo para decirte que mi hija vino encantada’. Me encuentro con todo el mundo así. Luego las caras que les veo, lo que preguntan... Me quedo siempre admirada de todo. Es una satisfacción porque yo a Nagore no la tengo, pero pienso que su muerte sirve para algo. Tuve la gran suerte de que fue en Pamplona, una sociedad muy peleona, Los Lunes Lilas estuvieron allí, hubo un documental [‘Nagore’, de Helena Taberna], el pueblo de Irun también se ha volcado... He sido una de las madres que ha estado muy apoyada. No todas las madres tienen el mismo apoyo.
Usted no se ha quedado en casa.
No. Las demás madres tampoco se quedarían en casa si tuvieran el apoyo de la gente. Lo mío también fue porque a Nagore la asesinaron y el jurado sentenció que fue homicidio. Si llegara a calificarlo como asesinato sería una más, un número. No hubiéramos salido a protestar por lo injusto que fue. Para que el jurado popular admitiera la categoría de asesinato hacían falta siete votos, pero seis miembros del jurado lo consideraron asesinato y tres homicidio. Fue un gran fraude, especialmente porque eran jóvenes y fueron capaces de preguntarme si mi hija era ligona. Hicieron otras dos preguntas que nunca supe, porque el juez dijo ‘uy, esto no te lo pregunto’. En aquel entonces yo no estaba como para preguntarle al juez, pero me hubiera gustado saber cuáles eras esas dos preguntas que no se atrevió a hacerme.
«Acudir a los colegios es una satisfacción porque yo a Nagore no la tengo, pero pienso que su muerte sirve para algo»
¿Cómo recuerda el juicio?
El juicio se celebró durante nueve días, pero ya al principio me di cuenta de que Nagore no iba a tener justicia. Justicia social total, pero no la de los jueces. El juicio era mañana y tarde. En frente del juzgado hay un bar, y ahí íbamos a comer mis amigas, el jurado popular y todos. Fue horrible. La familia nos quedábamos a dormir y mis amigas iban en un autobús todos los días desde Irun. Luego, durante muchos años, hasta que acabaron los juicios, todos los meses íbamos dos autobuses a Pamplona. Todos los años sigue habiendo en Sanfermines un acto en recuerdo a Nagore y todavía va mucha gente.
Entonces, como tengo eso, pienso: ¿cómo voy a ser tan egoísta, teniendo lo que tengo, por ejemplo el documental, como para no enseñarlo al mundo? El documental por sí solo dice muchas cosas, pero yo sé muchas más, y como la madre de Nagore les puedo decir a las niñas: de verdad, quereros, porque sois importantes. Cuando veáis el primer golpe, salid. Respetaros, protegeros. Sois libres de iros con quien queráis, pero avisad a las amigas, para que ellas lo sepan y para que él también sepa que ellas lo saben. Os puede hacer daño un desconocido, pero en numerosas ocasiones es gente conocida. Les digo todas esas cosas. Se les quedan unas caras...
¿Qué le dicen?
Por ejemplo, este año en Bera todos me han dado besos. Se acerca uno y me dice: ‘Hace cuatro años que no le doy un beso a mi madre, pero te lo doy a ti’. Un chico me preguntó: ‘¿Qué preferirías, haber sido la ama de él o de ella?’. Le respondí la ama de ella. Pero llegué a casa y me pregunté: ‘¿Por qué tengo que ser la ama de ella? ¿Por qué no puedo ser la ama de él y decir que la culpa fue de ella, que le provocó...?’ Tendría a mi hijo, tal vez nietos... Me dije: ‘Mañana llamo a la ikastola y les digo que me cambio, que quiero ser la madre de él’. Encima, como tomamos pastillas y estas nos hacen bien, dormí (tomo nueve pastillas diarias). Me levanté al día siguiente y me dije: ‘¿Ahora cómo bajaría yo a tomarme el café con las amigas siendo la ama de él?’ No llamo, prefiero ser la ama de ella.

Con el auge de la ultraderecha se están produciendo retrocesos, especialmente entre los chicos. ¿Lo ha notado?
El año pasado sí. Pero este año los chicos me hacen más preguntas. Depende del centro. En un colegio, por ejemplo, me decía uno: ‘Si es mi hermano el que mata, yo no voy a denunciarle’. Cuando les digo que Nagore no fue violada se extrañan. Yo les aclaro: La mató simplemente por un no. Con la ultraderecha tenemos que empezar a tener miedo. Pero el que es malo es malo. Lo que tenemos que lograr es que las niñas se quieran. Si tú te quieres y te valoras, te sabes defender. El primer día que te hace o te dice algo malo, te vas. El problema es que las niñas no se están valorando, que están viendo que lo más importante es tener novio y si es más ‘malote’ mejor. Hay que empoderar a las niñas para que se quieran y no permitan que un chico les haga daño. Hay que lograr también los amigos del chico le frenen. Manadas ha habido siempre. Lo que pasa es que no se decía. Antes, las mujeres estaban sumisas en casa, las maltrataban y se mantenían calladas porque, por ejemplo, no tenían independencia económica. Lo importante es decirles a las niñas que se quieran, que se valoren y que hagan lo que ellas quieran.
Para mí, la solución es empezar a empoderarlas desde pequeñas, no para imponernos a ellos, sino para que tengamos igualdad. Queremos ir junto a ellos, pero que nos respeten. Y nosotras, valorarnos. En un colegio en Huelva me decían las niñas que se querían casar. No. A esa edad pueden desear ser médicas, maestras... Después, sean lo que sean, estarán con alguien o no. Me parece tan fácil, pero debe ser tan difícil... Las redes sociales tampoco están ayudando, porque aparecen todas muy monas. Me acuerdo que con 50 años le dije a mi marido: ‘Txomin, me está saliendo tripa’. Y me respondió: ‘Asun, la has tenido siempre’. ¡Yo no me la veía! Lo que te quiero decir es que ser gorda, delgada, baja, alta... no importa; lo importante eres tú. Vivimos cuatro días y hay que vivir, respetar y no hacer lo que no quieras que te hagan. Me parece tan sencillo que no entiendo que haya hombres que piensen que son dueños nuestros. Si uno quiere ser dueño mío yo no me tengo por qué dejar. Ellos siempre lo van a intentar.
«Si tú te quieres y te valoras, te sabes defender. El primer día que te hace o te dice algo malo, te vas. El problema es que las niñas no se están valorando»
El foco lo pone en ellas.
Ellas son las que se tienen que empoderar. Las que no tienen que permitir las cosas que no quieran. Ellos tendrán que cambiar porque yo no voy a dejar que me hagas lo que tú quieras. Si no nos vemos importantes, firmes y bien, nos van a destruir totalmente. En cambio, si nos queremos, podemos llegar a un acuerdo entre los dos. Fui a Barcelona, a la Universidad, y había el club de los valientes. El colegio Dumboa lo seguía. Un día voy, me viene una niña pequeña y me dice: ‘Asun, soy del club de los valientes. Lo que yo vea mal, lo tengo que decir’. Ella si veía que un niño pegaba, lo tenía que decir. No era la chivata, era valiente. Es una manera de que la gente se comprometa.
Entonces, me encanta ir a los colegios porque pienso que es ahí donde hay que trabajar. Encima, a veces vuelvo a estar con ellos en la Universidad. Les suelo decir que me hagan caso por la calle, porque son tantos que no los reconozco. El otro día también me daban unos abrazos... Me decía una, en su manera de hablar: ‘¡Qué maja eres!’. Estoy muy contenta. Voy muy nerviosa, ¿eh? Aquí también venía nerviosa, pero luego empiezo a hablar y bien.
Sale satisfecha.
Sí. Si hay 90-100 alumnos y de esos 40 se han quedado con la copla, está bien.
«Ser gorda, delgada, baja, alta... no importa; lo importante eres tú. Vivimos cuatro días y hay que vivir, respetar y lo que no quieras que te hagan, no lo hagas»
¿En qué consiste el taller?
Primero se proyecta el documental. Algunos hacen el encuentro conmigo seguido. Al principio les cuesta preguntar pero luego podemos estar una hora y el profesor les tiene que decir ‘venga, que os queréis librar de la siguiente clase’. Otros ven el documental dos o tres días antes y suelen tener unas preguntas preparadas. La profesora me dice: ‘Ya les digo que eres la madre y que no te pregunten cualquier cosa’. Yo siempre les digo: que me pregunten lo que quieran. Les cuento, por ejemplo, cómo me dijeron que me entregaban 126.000 euros, porque era ‘lo que valía una niña de 20 años en un accidente de tráfico’. Les dije que no quería el dinero. Pero el abogado me avisó de que si no lo cogía se lo devolverían, pero por la acción de haberlo entregado le bajarían la condena dos años y medio. Entonces, les pregunto a los chavales: ‘¿Qué haríais?’ Algunos dicen: ‘Devolvérselo’. Pues no. Yo me lo quedé.
Ahora él está ejerciendo de psicólogo...
Creo que sí. Él es médico y será médico toda la vida. Pero como en cuarto de Psiquiatría asesinó, creo que no le dejaron terminar. Pero hizo Psicología en la cárcel. Ahora, como lo condenaron a 15 años y este año hará 18 años desde el asesinato, ya puede trabajar hasta en la Seguridad Social. Él ya ha cumplido con la ley. Por eso en marzo de 2024 pidió derecho al olvido. Quería que se quitase de las redes sociales su nombre y que yo no pudiese ir a los colegios. No se lo han permitido.
Le gustaría que le pidiese perdón.
Sí. No me gustaría verle, pero sí que me mandase una carta diciendo que siente lo que hizo o lo que él quiera expresar. No para perdonarle o no perdonarle, sino para saber cómo lo recibo. Él pidió perdón en el juicio, pero mirando al jurado popular después de que su abogado le dijera que tenía que hacer eso. Eso no me vale.
La clase social también influyó en el juicio.
Ellos tienen poder social. Igual que no hay juicios iguales para todos, tampoco hay cárceles iguales para todos. Este chico no ha estado con los comunes, cobraba un sueldo porque hacía un trabajo y estaba en una habitación con sus cosas.

«Me viene una niña pequeña y me dice: ‘Asun, soy del club de los valientes. Lo que yo vea mal, lo tengo que decir’. Ella, si veía que un niño pegaba, lo tenía que decir. No era la chivata, era valiente»
¿Cómo le cambió lo que le pasó a su hija?
Totalmente. Yo era una persona muy feliz, trabajaba y tenía un marido que era una maravilla, incluso cuando me iba de vacaciones me hacía la maleta. Mis hijos, Javi y Nagore, no me daban problemas. Yo era una madre muy rígida y siempre ganaba todas las batallas. Tenía una vida muy buena. Siempre he viajado con amigas. Recorrimos Europa en un autobús litera con nuestros hijos. Cuando se hicieron mayores nos íbamos las madres, y seguimos yendo. Los viernes, durante muchos años, íbamos seis o siete amigas al cine.
Ha tenido su espacio como mujer.
Mucho. Yo era eso. Y lo que le pasó a Nagore me ha enriquecido como persona. He visto más el mundo. Ahora veo muchas cosas que antes no veía. Por ejemplo, cuando ocurre cualquier cosa y veo que la gente no va a las concentraciones de la Plaza San Juan, pienso: ¿Qué se creen, que no les va a pasar a ellos? Y antes yo también era de las que se quedaba sin ir.
«Cuando ocurre cualquier cosa y veo que la gente no va a las concentraciones, pienso: ‘¿Qué se creen, que no les va a pasar a ellos?’ Y antes yo también era de las que se quedaba sir ir»
¿Cómo recuerda a Nagore?
Como una chica maja. Era muy sociable y muy independiente. Me imagino que si viviera no estaría aquí: estaría en Inglaterra, China o donde sea, haciendo sus actividades.
¿Cómo está siendo el duelo?
El duelo es muy difícil. Tardas mucho tiempo en saber que es verdad lo que te ha pasado. Puedes pasar un año o más sabiendo lo que ha pasado pero tu cabeza no lo acepta. Tú lo hablas, pero no te lo crees. Sueñas que está fuera, que viene... La Diputación me puso psicólogo y psiquiatra y es muy importante. He ido durante mucho tiempo a donde la psicóloga a llorar. Yo le preguntaba al principio: ¿Y esto me servirá para algo? Sí me sirvió, me vino muy bien. Luego, el cariño de toda la gente ha hecho que lo haya podido digerir. Entonces, yo pienso que he hecho un buen duelo. A Nagore la nombro 40.000 veces y cuando hablo de ella me emociono.

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