Xabier Rodríguez

La Copa de los biznietos de Benito Díaz

El fútbol es tan caprichoso que esta Copa ha reafirmado el modelo deportivo de un club que hace pocos meses navegaba a la deriva. Ahora parece sencillo, pero a lo largo de su historia la Real se ha visto obligada a hacer de la necesidad virtud y son los aciertos los que han dado forma a su carácter.

Unai Marrero, héroe de la final de Copa, durante la tanda de penaltis.
Unai Marrero, héroe de la final de Copa, durante la tanda de penaltis. (Gorka RUBIO | FOKU)

Hay una imagen que viene recurrentemente a mi cabeza desde el pasado sábado. Unai Marrero detiene el lanzamiento de Sorloth, se levanta de la hierba, abre los brazos y grita '¿Qué pasa?'. Después descarga la tensión a gritos, mientras las gradas del estadio de La Cartuja corean su nombre. Antes de los lanzamientos, toda la afición estaba nerviosa. Unai, en cambio, transmitía seguridad, confianza en sí mismo y terminó poniendo la Copa en bandeja para la Real.

El fútbol es tan caprichoso que esta Copa ha reafirmado el modelo deportivo de un club que hace pocos meses navegaba a la deriva. Y sí, el héroe de la final fue un portero de Azpeitia, un defensa de Lasarte-Oria impresionó, a sus 19 años –este mismo jueves cumplió los 20–, a quienes no siguen habitualmente a la Real y el líder del equipo es un delantero de Eibar que suma ya más de 300 partidos con el club. Ganó también un lateral nacido en Caracas y el último penalti lo marcó un chico de Logroño, pero para llegar allí fue necesario el compromiso de un portugués que jugó con un dedo roto.

Ahora que ha ganado la Copa parece sencillo, pero muchas veces a lo largo de su historia, la Real se ha visto obligada a hacer de la necesidad virtud y son los aciertos en ese proceso los que han dado forma al carácter del club. Ya en los inicios de La Liga, cuando la taquilla de Atotxa no permitía más lujos que mantener una plantilla en Primera y los clubes con más poder económico tentaban a sus jugadores más destacados, Benito Díaz supo ver que había que asegurarse de que los mejores futbolistas de Gipuzkoa terminaran en la Real. Se hizo con una red de contactos que le avisaba si algún chico llamaba la atención, luego él mismo se pasaba a verle jugar y ese chico terminaba en la Real.

En 1957 se crearía el Sanse y el club ya contó con la infraestructura necesaria para permitir que los mejores futbolistas del herrialde no tuvieran que marcharse a otros clubes. En los años 30, Isidro Lángara había salido de Andoain para fichar por el Oviedo, pero posteriormente son contados los casos de futbolistas guipuzcoanos que llegan a Primera División sin haber pasado por Zubieta.

Ese es el principal valor de la Real, sin embargo, a lo largo de la historia ha habido varios momentos en los que el club se ha salido de ese esquema y ha tenido que pagar un peaje. En 1961, el azkoitiarra Josetxo Arakistain fichó por el Real Madrid y, a cambio, llegaron a Donostia Simonsson, Villa, Herrera y Raba. Parecía un buen acuerdo, pero, al término de esa temporada, el equipo había descendido de categoría.

Tardó cinco años en volver a Primera, de nuevo, de la mano de jugadores de Donostia, Eibar, Mutriku, Pasaia... Tal vez el mayor acierto fue retener todo lo que pudo a sus mejores jugadores y vender solo cuando era imprescindible. Sí, el derecho de retención facilitó esa labor, pero el sentido de pertenencia en una tierra en la que la identidad social tiene tanta importancia también tuvo que ver. La Real es el club de Primera con más futbolistas que han completado su trayectoria profesional en el mismo club y el romanticismo no es suficiente para explicar por qué un jugador renuncia a contratos económicamente más tentadores.

Guipuzcoanos, navarros, venezolanos, portugueses... todos hacen piña en la Real tras ganar la Copa. (Gorka RUBIO/FOKU)

Porque los ingresos que permitía un estadio como Atotxa siempre fueron limitados y mientras otros clubes se permitían contar con ciudades deportivas, a la Real le volvió a tocar hacer de la necesidad virtud. Orbegozo no consiguió que se concretara la construcción de un estadio en Zubieta para el Mundial 82, pero sí logró que la Real tuviera, por fin, su propio campo de entrenamiento. Y mientras otros clubes contaban con residencias para los jugadores de la cantera, en la Real pensaron que la Pensión Alemana podía cumplir esa función y durante años acogió a muchos jugadores venidos de Gipuzkoa.

Capacidad de resurgir 

Pero no todo han sido aciertos en la Real y en el fútbol loco de los años noventa, en el que la televisión multiplicó los ingresos de los clubes, la Real empezó manteniendo la cordura, pero terminó cayendo en el desequilibrio. Dejó de lado el principio de no gastar más dinero del que entraba en el club y sí, estuvo muy cerca de volver a ganar la Liga, pero los desajustes en el presupuesto y la falta de limpieza en el gasto, terminaron por costarle muy caro. Volvió a salirse del esquema que le ha funcionado y bajó a Segunda la temporada en la que más fichajes ha tenido en su plantilla.

Esta vez estuvo en riesgo incluso la continuidad de la entidad, pero la grandeza de un club se mide también por su capacidad para salir de las crisis y la Real recuperó el equilibrio económico y un modelo deportivo adaptado al fútbol moderno. Con un lateral de Lodosa, centrales de Berriatua y Arrasate, centrocampista de Azpeitia y delanteros de Usurbil o de Mâcon. También con un portero chileno y un delantero uruguayo.

Continuó la adaptación al fútbol moderno corrigiendo, en 2004, la anomalía de no contar con un equipo femenino y lo hizo sin buscar atajos, empezando desde abajo y llegando al lugar que le corresponde a un club de esta dimensión. Una vez más, replicando el modelo basado en Zubieta y que ya le ha permitido ganar una Copa.

La ganada el pasado sábado es la confirmación de un modelo que funciona. No es tan diferente de lo que hacen otros clubes, pero tampoco es tan fácil de replicar. Al fin y al cabo, no todos los clubes tienen a un herrialde detrás.