Pinceladas sobre una final en La Cartuja, más sombras que luces
Al margen del éxito deportivo, esta final de Copa en La Cartuja, al igual que las anteriores, ha dejado mucho que desear en el aspecto organizativo. Existen aspectos francamente mejorables pero que siguen sin solucionarse año tras año. Llueve sobre mojado, incluso tratándose de Sevilla.

Superada la vorágine copera, y tras ver centenares de fotos y vídeos, leer decenas de crónicas, y charlar con personas que acudieron a Sevilla, no me gustaría pasar página sin antes hacer un balance personal de lo extradeportivo.
Las entradas. Comenzamos, antes del viaje, por todo el guirigay de las entradas. Partimos de la base de que era imposible satisfacer a todo el mundo, porque cada persona cree que los criterios más justos son, casualmente, los que le benefician. ¿A quién incluir y a quién no? Hay miles de casuísticas con las que se podría empatizar. Lo que ha faltado es una comunicación clara, nítida, sin tener que realizar correcciones sobre la marcha. También hubiera estado bien aclarar qué era competencia de la Federación y qué era competencia del club, a la postre un mero intermediario.
Los precios. Vaya por delante que el fútbol de élite es un artículo de lujo, no es un bien de primera necesidad. Desde ese punto de vista, la Federación exprime el limón con unos precios desorbitados –¡es el mercado, amigo!–, sabiendo que las aficiones van a pasar por caja aunque ello suponga tener que recortar gastos de algún otro lado. Cada uno maneja su dinero como mejor cree. Ojalá algún año se lleven un susto y se encuentren con la mitad del billetaje sin vender, pero no parece que eso vaya a ocurrir.
El viaje. Yendo desde Gipuzkoa, Sevilla está donde Jesucristo perdió las alpargatas. Entre pitos y flautas, por carretera se necesita un día para ir y otro para volver. En tren hay asimismo una ‘pechá’, que dicen por aquellos lares. También es cierto que no hay muchos estadios con esa capacidad, y además algunos clubes boicotean el evento si los finalistas no son de su agrado. ¿Cómo olvidar la historia de los baños del Bernabéu? A falta de un Wembley o un Stade de France, la puja se la lleva el mejor postor, y La Cartuja seguirá siendo la sede al menos hasta 2028.
La ciudad. No pisaba Sevilla desde la Expo del 92. Sí, soy así de mayor. Fue además una visita exprés. Lo cierto es que los sevillanos y sevillanas nos han acogido con simpatía y amabilidad: camareros, taxistas, transeúntes, vendedores varios… Obviamente, los hosteleros han tratado de hacer caja, pero nada que no suceda por estos lares, como bien sabemos quienes residimos en Donostia. Queda anotado en la lista de ‘pendientes’ un viaje más tranquilo para apreciar la ciudad.
La fan zone. Hay fan zones y fan zones. Por ejemplo, el mes que viene se disputará en Bilbo la final de la Champions de rugby, y seguramente se instalará en un lugar céntrico un espacio abierto en el que reunirse todos los aficionados. Así sucedió al menos en El Arenal en el año 2018. Las fan zones de Sevilla son sendas jaulas en mitad de la nada para sacar del casco urbano y tener bajo control y separadas a las dos aficiones. Cierto es que había mucho temor a que saltara la chispa en cualquier momento, aunque en líneas generales no hubo problemas de convivencia en las calles de la parte vieja.
La Policía española. La insuficiencia de la fan zone blanquiazul derivó en la aparición de ¡una veintena! de furgonetas de la Policía española. La situación se podría haber salido de madre en cualquier momento, con muchísimos menores, gente mayor… ¿A quién se le ocurrió meter caballos en un entorno con bombos, megafonía y bengalas? Los animales estaban muy nerviosos, y al final algún aficionado realista se llevó una coz.
Los accesos. El primer anillo de seguridad para acceder al entorno del estadio se convirtió en un embudo en el que se agolparon miles de personas, y eso que la tan cacareada comprobación nominal de cada entrada se quedó en agua de borrajas. Y gracias, porque de lo contrario alguno estaría aún allí esperando. Que esto no haya mejorado tras 6-7 años de experiencia dice mucho sobre la desidia de la Federación.
El estadio. Por fuera es horroroso, parece un tanatorio en mitad de la estepa. Esto no deja de ser una apreciación estética particular. Por dentro ha mejorado con las gradas supletorias que han cubierto las pistas de atletismo. No vi un puñetero ascensor, hubo gente que pasó las de Caín para ascender hasta su asiento. Hubo personas en silla de ruedas que vieron durante todo el evento la espalda de quienes tenían delante. En el caso de la prensa, hora y cuarto antes del partido ya no quedaban botellines de agua, el wifi marchaba espeso como un chorro de chapapote y había tres enchufes de electricidad para seis profesionales, cada uno con sus móviles, ordenadores portátiles y otros aparatos.
El transporte público. Dejo lo peor para el final. Este capítulo debería descartar completamente a La Cartuja como sede. Ir al estadio es una travesía por el desierto bajo la solanera. Volver es una caminata de más de una hora de noche, agotados. ¿Transporte público? ¿Qué es eso? En 2010 estuve en el Stade de France, rodeado por autopistas y el canal de Saint Dennis, pero bien comunicado por Metro. Hace tres años visité Twickenham, con trenes cada pocos minutos. La Cartuja no tiene nada de esto. Na-da. Y ni siquiera se dignan a diseñar un servicio de lanzadera con autobuses urbanos.
Podría seguir, pero ya es suficiente. Seguramente podríamos escribir un libro con las aventuras de unos y otros, pero aquí queda este testimonio para futuras ocasiones. Lo malo es que nos gusta tanto el fútbol, amamos tanto a nuestro equipo y somos tan tontos que volveremos a picar, pagando mercancía averiada a precio de caviar.

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