Aitor Agirrezabal
Aktualitateko erredaktorea / Redactor de actualidad

«Quería quedarme sin conocimiento y que pasara lo que tuviera que pasar»

Jon Patxi Arratibel fue detenido y torturado a manos de la Guardia Civil en 2011. Al firmar su declaración, entre sesiones de bolsa, golpes, simulación de violaciones, electrodos, insultos y amenazas, dejó un grito que se convirtió en símbolo contra la tortura. «Aztnugal». Este es su relato.  

Jon Patxi Arratibel relata las torturas sufridas por la Guardia Civil.
Jon Patxi Arratibel relata las torturas sufridas por la Guardia Civil. (Iñigo URIZ | FOKU)

GEBehatokia ha solicitado que siete de los diez casos por torturas por los que ha sido condenado el Estado español por el Tribunal de Estrasburgo por no investigarlas sean reabiertos por los correspondientes juzgados que en su día no lo hicieron. Uno de ellos es el del vecino de Etxarri-Aranatz Jon Patxi Arratibel, que ha compartido con NAIZ lo sufrido durante los cinco días en los que estuvo incomunicado a manos de la Guardia Civil.

En la madrugada del 18 de enero de 2011 la Guardia Civil irrumpió en su casa, en la citada localidad navarra. Tras el registro de la vivienda, cuando pidió despedirse de su pareja, le trasladaron que estaba incomunicado. Allí comenzaba el infierno.

El trayecto entre Iruñea y Madrid lo realizó en el asiento central trasero de un vehículo, entre dos agentes, con un antifaz y las manos atadas a la espalda. «Me las apretaron tanto de forma que me cortaron la circulación de la sangre de mis manos. Al principio, quitando el dolor que me producían las cuerdas, la postura era llevadera, pero después de dos horas de camino, empezó a ser inaguantable».

Durante el viaje no hubo golpes, pero sí amenazas. «Ya verás cuando lleguemos a Madrid, te vas a enterar, nos lo vas a contar todo, hijoputa».

Solo al llegar a la celda de Tres Cantos pudo quitarse el antifaz. Allí se encontró un cuarto de apenas 2 metros de ancho por unos 4 metros de largo, aproximadamente, con un cubo de hormigón y un colchón sin sábanas encima. Entonces fue consciente de que no estaba solo. Escuchaba a otros detenidos y trató de calcular cuántos eran.

Tras varias horas prácticamente a oscuras, fue llevado ante el médico forense. «Los guardias civiles se quedaron justo al otro lado. Esto no me dio ninguna confianza y temía que pudieran escuchar lo que hablaba con el forense. Así que decidí no contarle el viaje que me habían dado». Y, poco después, «comenzó todo», cuando lo llevaron al interrogatorio. Así lo cuenta.

Bolsa, golpes, amenazas...

«Llegó un momento que se cansaron de que yo no colaborase con ellos y me dijeron que ya valía. Que iba a ver. Me cogieron las manos y me pusieron un brazalete de gomaespuma en cada muñeca. Me sentaron en una silla con apoyabrazos y amarraron mis muñecas a los mismos. Me cogieron de los tobillos y repitiendo lo mismo que con las muñecas, me los ataron a las patas delanteras de la silla. “Ahora verás”. Noté como un hombre se colocaba detrás de mí y oí una bolsa. Los otros dos hombres se pusieron delante de mí y uno de ellos comenzó a pegarme en los testículos. Yo cerraba las piernas, pero él me las abría y me pegaba, no muy fuerte, parecía que no quería dejarme ninguna marca. El hombre que se había colocado detrás me cubrió la cabeza con una bolsa enrollando el sobrante y sujetándola fuerte contra mi nuca. Pronto empecé a quedarme sin aire y comenzaron el pánico, la angustia y el ahogo. El plástico se me pegaba en los orificios de la nariz y en la boca. Yo me revolvía, pero me sujetaban, me gritaban, me preguntaban, insultaban y el plástico entraba en mi boca pegándose en el paladar. Al principio paraban en este momento», relata Arratibel.

«Cuando te ponen la bolsa y te estás ahogando, aunque tú no quieras, tu cuerpo lucha por respirar, por vivir, ¡y tú no puedes evitarlo! Y el sufrimiento se hace cada vez más inaguantable»

«No sé si era la sexta o la séptima vez y yo ya no podía más. Todavía no sé ni cómo, me deshice de las ataduras de mi mano y pie derechos y me arranqué la bolsa de mi cabeza, cogiendo oxígeno como un energúmeno. Esto no les gusto nada. Me soltaron la atadura de mi tobillo izquierdo y me juntaron los pies. Me los ataron con cinta a la altura de los tobillos. Cogieron mis manos y me las juntaron. Me ataron con cinta adhesiva las muñecas. Trajeron una manta y me rodearon con ella dejando sin tapar la cabeza. Cogieron cinta adhesiva y me dieron vueltas y más vueltas por encima de la manta, quedando yo totalmente embalado como si fuera un paquete. Me tiraron boca arriba en un colchón que habían preparado. Uno de los hombres se colocó encima de mis piernas. Otro me sujetaba el cuerpo y el tercero me puso la bolsa y me sujetaba la cabeza entre sus piernas, se ponía de rodillas para ello. Otra vez la angustia, el ahogo…, casi no podía moverme; me agarraban los pies, me apretaban en la tripa y lo único que a veces conseguía era mover la cabeza y contadas veces robaba un suspiro de oxígeno que me ayudaba a aguantar. Pero cada vez era peor y yo cada vez estaba más hecho polvo. Cuando les daba la gana me dejaban respirar un segundo y seguían. Y seguían. De repente, en la séptima u octava vez empecé a ver todo en blanco, la oscuridad del antifaz había desaparecido y me vacié al instante. Me había orinado encima casi sin darme cuenta. Entonces pararon. “Se ha meado, se ha meado, eres un puto cerdo” y se reían de mí. “Escucha”, me dijeron, y fue entonces cuando oí a otro detenido gritando en la habitación de al lado. Era inaguantable, muy duro. Me dejaron descansar unos minutos, incluso por un momento pensé que me dejarían en paz, pero no fue así. Volvieron a la carga igual que antes».

En total, calcula que le habrían realizado 20 0 25 sesiones de "la bolsa". «Llegó un momento que me dije, “ya vale de aguantar, paso”. Quería quedarme sin conocimiento y que pasara lo que tuviera que pasar, ya me daba igual. Pero hay algo muy curioso cuando te ponen la bolsa y te estás ahogando. Aunque tú no quieras, tu cuerpo lucha por respirar, por vivir, ¡y tú no puedes evitarlo! Y el sufrimiento se hace cada vez más inaguantable», reflexiona Arratibel.

Pararon cuando les dijo lo que querían escuchar. «No la verdad», recalca. Volvió a la celda, donde cayó rendido. Le despertaron los ruidos de las cerraduras de las otras mazmorras. Los detenidos estaban pasando por delante del forense. Arratibel le trasladó que se encontraba mal y el facultativo le tomó la tensión y le auscultó. «Para mi desgracia la tensión estaba bien y no tenía ninguna arritmia. Me dijo que estaba bien. Estaba bien para que siguieran torturándome». 

«Si oías pasos pensabas que venían a por ti y sentías pánico. Se abría una puerta y si no era la tuya sentías alivio, pero enseguida te sentías un ser despreciable por haber sido tan egoísta»

Pensó en autolesionarse para escapar de las torturas y cada vez que sentía pasos cerca de la celda, la angustia volvía. «Se oía a los guardias civiles gritando y, a veces, se oía un grito de auxilio y de sufrimiento. La sensación que se siente en ese momento es difícil de explicar. Es una mezcla de pánico, compasión, solidaridad, rabia, salvación… Sentía pánico porque el siguiente podía ser yo. Si oías pasos pensabas que venían a por ti y sentías pánico. Se abría una puerta y si no era la tuya sentías alivio, pero enseguida te sentías un ser despreciable por haber sido tan egoísta. Esto no era tortura física, pero era algo que te taladraba la cabeza creándote una angustia y una ansiedad terribles».

Un día físico, otro psicológico

Y volvieron a por él. Reconoció la voz. Era la misma persona que había viajado a su lado y que le había torturado el primer día. «Me tocaba a mí otra vez». Con los tobillos atados, le obligaron a hacer sentadillas. «Me dijeron que me tenía que cansar, que la noche anterior había dado mucho trabajo». Tras amenazarle con la bolsa, le bajaron los pantalones y los calzoncillos. «Después de varios segundos noté algo de madera en mi culo, en mi ano, era un objeto de madera cilíndrico y lo movían introduciéndolo por detrás entre mis piernas hasta tocarme los testículos». Al mismo tiempo, otro agente cortó lo que Arratibel piensa que era un botellín de agua e introdujo su pene en él, amenazándole con ponerle electrodos. «Ese día me machacaron psicológicamente y el primero físicamente».

En el tercer día de incomunicación le repitieron la declaración policial que habían preparado para él. «Contaba con 10 o 12 preguntas aproximadamente, que se me formulaban una y otra vez. Yo las contestaba y si decía algo que no les convencía lo corregían y me decían cómo tenía que responderla correctamente».

Y el cuarto día llegó la declaración policial. Lo despertaron de madrugada. «Me hicieron las preguntas igual que en los ensayos. Yo les contesté y al terminar me dejaron en paz. Ya no me despertaron más».

Comparecencia de familiares de los detenidos en enero de 2011 con carteles con la palabra ‘laguntza’ al revés, como escribió Arratibel. (Jagoba Manterola / FOKU)

Aztnugal, un grito contra la tortura

El quinto día fue trasladado a la Audiencia Nacional. «Al rato me sacaron de la celda y dos policías me subieron al despacho del juez. Era Marlaska». El actual ministro español del Interior había ordenado aquella operación y ahora le tomaba declaración. «Me dijo que si no estaba de acuerdo con algo, que lo interrumpiera y que se lo dijera. Yo le dije que en todas las preguntas de la declaración policial tenía algo que decirle, ya que la declaración policial había sido inventada por la Guardia Civil. Y que esa declaración estaba firmada porque me habían torturado. Le relaté lo mejor que pude todas las torturas físicas. Incluso le comenté que al firmar, en vez de poner mi apellido, escribí “laguntza” del revés (Aztnugal) para que en la misma declaración policial redactada para incriminarme a mí y a otras personas, quedara constancia de que había sido torturado».

Sin embargo, recuerda que Marlaska «miró un poco la firma y luego preguntó si había denunciado estas torturas delante del forense». Arratibel no lo hizo. «No tenía ninguna seguridad de que los guardias civiles no escuchaban lo que hablaba con el médico forense».

El fiscal pidió cárcel y el juez accedió. Aquella noche la pasó en Soto del Real. Después sería trasladado a Valdemoro, de donde salió 18 meses después.

Este es el relato que Marlaska escuchó y por el que el TEDH condenó al Estado español por no investigar. Ahora, junto a otros seis ciudadanos vascos, han solicitado en los juzgados correspondientes la reapertura de estas denuncias.