
La acusación ha mantenido, en la primera sesión del juicio por este crimen machista, su petición de 45 años de cárcel para J.R., el hombre acusado de matar en mayo de 2023 a Maialen Mazón, cuando se encontraba embarazada de mellizos y en presencia de su hija de dos años.
Considera que, al asestarle 13 cuchilladas, lo hizo «con intención de matarla» y era «plenamente consciente de sus actos», en la que ha sido la primera sesión de la vista oral de este caso, que ha comenzado con la formación del jurado.
Por el contrario, la defensa reclama la libre absolución, puesto que argumenta que, cuando acuchilló a Maialen en un apartahotel de Gasteiz, el acusado sufría una «desconexión brusca de la realidad», en un «episodio disociativo» o «automatismo zombi».
Al margen del dramático desenlance, este caso estuvo marcado por la polémica en torno a la forma en la que actuó la Ertzaintza al evaluar el grado de riesgo de la situación en la que se encontraba Maialen Mazón.
De hecho, y en referencia a la falta de protección para esta joven durante su estancia en Gasteiz, pese a que se encontraba registrada en el sistema estatal de seguimiento por violencia de género, el entonces consejero de Seguridad de Lakua, Josu Erkoreka, afirmó que «una concatenación de errores de comunicación» interinstitucional desembocó en el crimen de Maialen.
Sobre el acusado existía una orden de alejamiento que, según se recoge en el escrito de acusación, «incumplía continuamente» con el consentimiento de la propia Maialen Mazón, que accedía a seguir viéndolo por falta de recursos económicos y por la necesidad de mantener a la hija de ambos.
La víctima decidió regresar a Gasteiz, de donde es originaria su familia, para reiniciar su vida de forma independiente respecto al acusado, que la sometía a un control permanente y a malos tratos desde que ambos se conocieron en la Comunidad Valenciana.
La acusación sostiene que, en un momento dado del 27 de mayo de 2023, cuando Maialen y el acusado se encontraban en un apartahotel de la capital arabarra, la víctima reiteró al acusado su decisión de acabar definitivamente con su relación y le anunció que iba a iniciar otra relación con un joven al que había conocido.
En ese momento –según se recoge en el escrito de acusación– el acusado, «con intención de matar» a la mujer, cogió un cuchillo de la habitación del apartahotel y, aprovechando la situación de somnolencia y debilidad en la que se encontraba esta tras haber consumido ansiolíticos y alcohol, se lo clavó hasta en 13 ocasiones, acabando así con su vida. La acusación subraya que J.R. era consciente en ese momento de que su expareja, de 32 años, estaba embarazada de mellizos.
Su hija, junto al cadáver
El acusado dejó a la mujer muerta y a la hija de ambos, que en el momento de los hechos tenía dos años, junto a su cadáver en la habitación del hotel, sin bebida ni alimentos. Con posterioridad, se fue a varios locales de ocio nocturno, junto con varios conocidos con los que había quedado, tras lo que trató de regresar en coche a la Comunidad Valenciana, aunque fue detenido en el trayecto.
La niña no fue encontrada hasta veinte horas después, junto al cuerpo de su madre. Como consecuencia del impacto emocional sufrido por aquella traumática experiencia, presenta secuelas psicológicas que se traducen en dificultades de socialización, retraso en el lenguaje y afectación emocional «significativa».
La Fiscalía reclama una pena de 25 años de prisión por un delito de asesinato con alevosía y ensañamiento, con agravante de parentesco y motivos de género; ocho años de prisión por cada uno de los dos delitos de aborto con agravante de parentesco, por la muerte de los mellizos; y cuatro años de cárcel por delito de abandono de un menor.
Además, solicita que indemnice con 500.000 euros a la hija de ambos y con 250.000 euros al padre de Maialen, así como la retirada de la patria potestad respecto a la niña.
Discusiones y adicciones
La defensa del acusado subraya que este no ejercía «maltrato» alguno, ni sometía a agresiones a la mujer, y que, por el contrario, era ella la que ejercía una «influencia dominante» sobre J.R., que sentía «miedo al rechazo» de la mujer y que se veía «arrastrado por la presión continua» y permanecía atemorizado por los «episodios de ira» de Maialen Mazón.
En la misma línea, destaca que la víctima no tenía ninguna situación de «vulnerabilidad» respecto a J.R., con el que se había conocido en un centro de desintoxicación. Además, señala que las discusiones de la pareja estaban motivadas por las adicciones de ambos y por sus problemas económicos.
Respecto a los incumplimientos de la orden de alejamiento, ha subrayado que era la propia Maialen la que «presionaba emocionalmente» al acusado para que vulnerara este precepto.
Respecto a lo ocurrido el día de los hechos, lo ha atribuido al trastorno de déficit de atención «agravado» por el consumo de sedantes y alcohol que padecía su representado. Según mantiene la defensa, este hecho, junto al «agotamiento psíquico y estrés emocional» que padecía en el momento de los hechos, «comprometió severamente» su capacidad de control, desencadenando «un trastorno de estrés agudo» y una «desconexión brusca de la realidad», en un «episodio disociativo» o «automatismo zombi».
Ello hizo que careciera de toda «comprensión de sus actos» y que estuviera «incapacitado para gobernar su conducta», pese a que «su mujer y su hija eran todo para él». Por ese motivo, ha solicitado la libre absolución de su representado o, subsidiariamente, la eximente incompleta de trastorno mental transitorio y la atenuante de alcoholismo.
Sometida
Ya en la sesión de tarde, varios familiares de la víctima han asegurado que estaba «sometida», que él «le controlaba los mensajes y las redes sociales», tenía «ataques de ira que pagaba con objetos» e incluso le quitaba la insulina que debía pincharse por ser diabética.
Así, han declarado el padre de Maialen Mazón, su pareja y el hijo de esta, con el que la víctima había iniciado una relación pocos días antes del crimen. Según han explicado, ambos habían empezado a «enamorarse». Ella le había comunicado su decisión de poner fin a su matrimonio e incluso le escribió en una nota: «Te quiero, espérame».
El tercero, que fue quien encontró el cadáver, ha señalado que «si (Jaime) hizo lo que hizo, fue por mi culpa», al relacionar el crimen con la decisión de la mujer de poner fin a su matrimonio e iniciar una relación con él, después de quedar con el autor para terminar su relación de la mejor manera posible y llegar a un acuerdo económico sobre su hija.
Por su parte, el padre de la víctima ha definido al acusado como una «persona educada, encantadora, encandiladora» que, al mismo tiempo, era un «controlador, posesivo y mentiroso». «Tenía obsesión por controlarla, no era posible dar un paseo con ella si no estaba él», ha relatado.
Ha añadido que ambos discutían de forma acalorada, pero era él el que «tenía arrebatos de ira y lo pagaba con objetos a su alrededor, rompía una puerta, una ventana...». Ella «lo disculpaba e intentaba sacarle la cara» y no pensaba que él fuera a hacerle daño porque «no era consciente» del peligro.
La pareja se conoció en un centro de desintoxicación –ella por problemas de alcoholismo y él por el consumo de otras sustancias– y mientras permanecieron juntos tuvieron varias recaídas. En ese tiempo, el acusado protagonizó dos intentos de suicidio que, en opinión del padre, pretendían «llamar la atención».
Ha asegurado que su hija «quería curarse por el amor incondicional» que sentía por su pequeña y ha explicado que en los últimos días «estaba ilusionada» porque «había conocido una persona con la que pensaba iniciar una nueva vida».
El padre ha relatado que el día en que murió Maialen Mazón su vida se paró –«se me partió el alma»– y que lo único bueno es que tiene a su nieta, que ahora vive «feliz con su abuela y su abuelo», aunque cree que en algún momento el trauma vivido aflorará. «El cariño a mi nieta me obliga a levantarme cada día», ha asegurado.
Su pareja, que tenía una relación de «mucha confianza» con Maialen, su hijastra, ha explicado que ella quería mucho al acusado, «pero tenía una dependencia tremenda» de él, tanto económica como emocional, y que «la trataba muy mal, la insultaba».
J.R., ha relatado, «manejaba el dinero» y era «muy, muy celoso». «Le quitaba el móvil, la documentación y hasta la insulina» y «no la dejaba salir a la puerta de la calle, de los celos que tenía». Sin embargo, ella «no tenía miedo» porque estaba convencida de que Jaime no les haría daño ni a ella ni a la niña.

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