Kazetaria / Periodista

40 años de aquel Steaua que silenció al Barça y asombró a Europa en Sevilla

El 7 de mayo de 1986, hace ahora cuatro décadas, el equipo rumano fue el primero tras el ‘telón de acero’ capaz de ganar la Copa de Europa, gracias a una actuación estelar del desconocido portero Duckadam.

Los jugadores y el entrenador del Steaua, con la Copa de Europa.
Los jugadores y el entrenador del Steaua, con la Copa de Europa. (Archivo Nacional de Rumanía)

Cuando la línea entre el mundo occidental y oriental estaba bien marcada en cuanto a ideologías políticas, el fútbol tampoco era una excepción. 

Ir a jugar más allá del ‘telón de acero’ durante la Guerra Fría era realmente hacer un salto a otro planeta futbolístico. Se jugaba de día, por la tarde a veces, porque las canchas no tenían sistemas de iluminación, y el nivel desde luego no era de las grandes ligas. Podían servir como excepción los equipos soviéticos, o la eclosión de los yugoslavos.

Acudir a Rumanía era hasta 1989 pisar el territorio de la dictadura de Nicolae Ceaucescu, el ’Conducator’ rodeado de su policía secreta, la ‘Securitate’, que olía bastante a Stasi, la vecina de Alemania Oriental. ¿Equipos rumanos en las máximas competiciones europeas? Poca cosa... hasta aquel 7 de octubre de 1986 en que el Steaua de Bucarest hizo lo más grande a nivel continental; ganar la Copa de Europa.

 

Fue una noche mágica con un claro héroe, el portero Helmuth Duckadam; un perfecto desconocido que detuvo cuatro penaltis en la tanda decisiva para el desempate.  

Final ‘en casa’

Desconocido Duckadam y desconocido casi todo el equipo. No existían maneras de ver los partidos de las ligas extranjeras, como mucho se podía llegar a las imágenes de algún encuentro de las competiciones europeas.

Rumania no era una potencia del fútbol, ni continental ni siquiera de la Mitteleuropa, y el Steaua (‘estrella’ en rumano), tampoco era especialmente rutilante. La selección se había clasificado para la Eurocopa de 1984, pero ya en 1986 no participaría en el Mundial de México. 

Un empate contra España había sido el único resultado positivo: Laszlo Boloni, el anotador del 1-1, era quizás el único cuyo nombre les recordaba algo a los jugadores del Barça antes de la final del 7 de mayo, programada en el Sánchez Pizjuán de Sevilla. Un estadio que estaría abarrotado de aficionados culés menos una representación minúscula, apenas 300 rumanos que habían podido llegar a la capital andaluza. 

La amplia mayoría de colores blaugranas apuntalaba la sensación de haber ya medio ganado la Liga de Campeones y más después de la remontada en las semifinales al Goteborg: 3-0 en Suecia, 3-0 en el Camp Nou con hat-trick de Pichi Alonso, tanda de penaltis y protagonismo absoluto para Urruti. El mítico portero donostiarra del Barça no había solamente detenido un penalti, sino que incluso había anotado uno. Hasta que Víctor Muñoz sentenciara desatando una fiesta con un recogepelotas blaugrana, un tal Josep ‘Pep’ Guardiola, feliz como nunca y que aparece en las fotos del triunfo. 

Urruti, Migueli, Alexanko, Lobo Carrasco, Schuster y compañía, con el entrenador Terry Venables, esperaban este partido para quitarse los fantasmas de la anterior final de Copa de Europa del Barcelona, jugada y perdida en 1961 contra el Benfica, cuando cuatro remates se habían estrellado en los palos de la portería portuguesa. ¿Cómo se podía fallar en la nueva cita con la historia, además jugando prácticamente en casa? 

Schuster se marcha

Frente a todo ello apenas se sabía nada del Steaua, que nunca había superado un turno en las competiciones europeas. Nadie sospechaba que se encontraba a un paso de un inexplicable triunfo. Un equipo compuesto por ‘viejos perros’ (Boloni, Piturca) y jóvenes anónimos (Lacatus, Belodedici), cuyo entrenador Emerich Jenei, presentaba a su lado una especie de eminencia gris, técnicamente exjugador del equipo y al mismo tiempo ayudante muy influyente: Anghel Iordanescu.

El entrenador Jenei sacaría de la chistera algo tan ochentero como increíble hoy. En el minuto 75 dejaba que saltara al césped ni más ni menos que Iordanescu, teóricamente un ex que no jugaba un partido desde 1984

 

Sancionado para la final, faltaba en los rumanos el capitán Stoica: otro punto a favor del Barça, en teoría. En la primera edición de la Copa de Campeones sin los equipos ingleses, expulsados por la UEFA después de los trágicos hechos del Heysel del año anterior, los rumanos habían tenido bastante suerte en los sorteos (‘limpios’, como se hacía por aquel entonces) así que habían llegado a las semifinales derrotando únicamente al Vejle danés, al Honved húngaro y al Kuusysi Lahti finlandés, y no sin sufrir. 

Remontando al Anderlecht en la semifinal ya parecían estar saciados, y nadie reparó en que por ello también serían más peligrosos. Jugar sin presión para el Steaua era la situación ideal, todo lo contrario que para un Barcelona que disputaría un partido horroroso, sin ritmo ni ideas.

Esta falta de tensión era tal que el entrenador Jenei sacaría de la chistera algo tan ochentero o de otra época que hoy en día directamente no se podría creer. En el minuto 75 dejaba que saltara al césped ni más ni menos que Iordanescu, teóricamente un ex que no jugaba un partido desde 1984. «Haz algo que les pueda espantar», le pide el míster, y su ayudante cumple con la orden: un regate en el centro del campo a Schuster que casi desemboca en ocasión de gol. El miedo se palpaba tanto y los ritmos eran tan mansos que hasta un tío retirado de 36 años como Iordanescu podía resultar incisivo. 

El mismo Schuster, sustituido en el minuto 85 por Moratalla, se siente tan humillado y enfadado que pasa por vestuario, recoge su ropa y se va del Sánchez Pizjuán en taxi: «¿Qué haces aquí? ¿No estás jugando?», le pregunta el chofer, alucinado: «Me han cambiado, llévame al hotel», es la respuesta del mediocentro alemán. 

Cuatro de cuatro

Ningún gol, ninguna ocasión real. Por primera vez la final de la Copa de Campeones se resolverá en la tanda de penaltis. Y si el Barça tiene al gran Urruti, el Steaua responde con este Duckadam, una pértiga de 1.90 con bigote y pelo rizado. No juega en la selección rumana desde 1982, cuando había participado en dos amistosos; para la Eurocopa de 1984 no había sido ni convocado. 

Duckadam celebra la última parada sin saber que su equipo ha ganado la copa; no lleva la cuenta de los penaltis transformados y fallados

 

Los cuatro primeros tiros, dos por cada bando, terminan con paradas de los cancerberos. El equilibrio lo rompe Lacatus con un latigazo que toca el larguero y entra. Pichi Alonso debería empatar, pero Duckadam se supera otra vez, tirándose siempre a la derecha. Aquí también era un juego mental, poco que ver con hoy, cuando todos los porteros saben al dedillo la manera de chutar de cualquier futbolista. 

Balint no falla desde los 11 metros, Marcos Alonso tiene la responsabilidad de mantener vivos a los culés. Esta vez Helmut se tira a la izquierda y tiene razón por cuarta vez. Celebra la parada sin saber, estando en trance total, que su equipo ha ganado la copa; no lleva la cuenta de los penaltis transformados y fallados. Tiene que decírselo Boloni mientras corre hacia él. 

Duckadam, un par de años después. (Mirecera Hudek | Public Domain)

Steaua, campeón de Europa; un club rumano del bloque oriental del continente, mejor que los del bloque occidental. Es un momento histórico, que refuerza al ‘telón de acero’ tras la victoria en la Recopa de cinco días antes de los soviéticos del Dinamo de Kiev del "coronel" Lobanovskyi frente al Atlético de Madrid. 

Duckadam muy pronto desaparecerá de los radares, debido a una trombosis en el brazo. Aquello del Sánchez Pizjuán se quedará como punto más luminoso de su carrera, a pesar de unos runrunes que afirmarán que su prematura retirada era debida a discrepancias con el régimen de Ceausescu. 

El Steaua no era un mal equipo, como demostraría tres años después llegando a otra final de la Copa de Campeones, perdida contra el Milán. Curiosamente, en Barcelona.