
‘Fatherland’ no deja lugar a dudas: Thomas Mann puede creer que, como su Mefisto, está por encima de la Historia, pero eso no le ahorra un sólo control de carretera. Corre el año 1943 y el alemán exiliado a Estados Unidos vuelve a visitar ambos bandos de la frontera para recibir un premio en cada uno. Para este (supuesto) espíritu libre no queda ya «tierra patern»” o Heimat a la que volver, naturalmente: Pawlikowski y el coguionista Hendrik Handloegten han repletado los salones del lado Oeste de filisteos interesados y olvidadizos, y el Este vive bajo una dictadura bastante menos discreta en sus métodos.
Esta Urras y esta Anarres se cumplieron cual utopías ambivalentes, lo dicen los libros y lo subraya incansable la fotografía claustrofóbica de Łukasz Żal (‘La zona de interés’), que reniega de todo punto de fuga en un diorama desesperadamente cuadrado y monocromo. Así lo ve el propio Mann, que decide prodigarse en mítings sobre sociología con tal de distraerse de sus obligaciones familiares, aunque su hija y asistente (Sandra Hüller) no cuente nunca por «familia».
‘Fatherland’, de hecho, patina cuando trata de fijar las contradicciones humanas del personaje genio: el cineasta sabe desvelar los sistemas de opresión detrás de un coro demasiado acompasado, pero no puede explicar el feliz fracaso de la frialdad de un padre sin recurrir al extremo contrario, a una bonita estampa familiar. ¿Cuqui? Lo cuqui es sencillo, la Europa de Mann no.
Asghar Farhadi, Virginie Efira y el «es broma, ja, ja.»
Unos zapatos comodísimos viste el subgénero del drama francés de festivales. Tanto, como para invertir dos y media de nuestras horas de existencia en alambiques metaficcionales sólo para asegurar –como James Franco en ‘The Disaster Artist’– que los numerosos trastabilleos que sufriremos por el camino son parte de un simple comentario irónico. En ‘Histoires parallèles’, película a Competición del iraní Asghar Farhadi (‘Un héroe’, ‘El cliente’), Isabelle Huppert interpreta, o se disfraza por lo menos, de una novelista en plena crisis económica, personal y creativa.
De su cabeza, o de la cabeza de su nuevo asistente (Adam Bessa), nacerá un relato vergonzosamente melodramático y una relación de acoso sin excusas ni ambages hacia una vecina (Virginie Efira). Cuando la hipérbole de la narrativa culebronesca y los minutos que nunca pasan nos desborden en resoplidos y risotadas, que Farhadi apele a la violencia como Tema Serio, no sólo subvierte toda su propuesta anterior (hace trampas), sino que emplean el dolor real por as para desentrañar un argumento (barre afuera). El resultado es grotesco, imperdonable.
Aunque deba recurrir al calzador de unos violines arrebatados a lo Bernard Herrmann, la apuesta de Manuela Martelli (‘1976’) en su segunda película resulta, a priori, bastante más atrevida que la del reputado Farhadi. La cineasta compite en Un Certain Regard con ‘El deshielo’, un crimen amparado bajo el silencio de una testigo accidental: una niña (Maya O'Rourke) en el Chile de 1992, el país decidido a llevar un iceberg a la Expo de Sevilla de aquel año para que no se hablara ya más sobre los crímenes del régimen de Pinochet.
Martelli avanza tan en silencio como la joven protagonista, quien a su vez sabe de la implicación de su primo en la desaparición –la alegoría política brilla por su evidencia– de una esquiadora venida de la antigua Alemania del Este.
Hay que aplaudir, de esta ‘Isla mínima’ en las montañas nevadas, todos los caminos que no toma. No se respalda en el procedural de investigación, porque nadie busca con ganas. Tampoco busca el comentario amargo sobre la tortura de unos clientes-colonos perdidos y el servicio nativo, hábil exprimidor del turismo. ‘El deshielo’ deja el lienzo en blanco y, por lo general, espera a que las imágenes hablen por sí solas. El resultado es prometedor.

Oihane Mateos EITBko kazetaria hil da

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