Las elecciones colombianas se libran también desde la diáspora
Miembros de la diáspora colombiana instalada en Euskal Herria siguen con atención unas elecciones marcadas por la polarización, el peso de las iglesias evangélicas y el temor a un retroceso político. Exiliados y activistas analizan desde Bilbo el momento que atraviesa su país.

El mítico polideportivo de La Casilla observa de cerca cómo Jorge Freytter sube cada mañana la persiana de la Asociación Jorge Adolfo Freytter Romero, en pleno corazón bilbaíno.
Dedicada a los estudios sobre violencia política en Latinoamérica, la asociación mantiene viva la memoria de una víctima de desaparición forzada, tortura y muerte en 2001, un caso que llevó a su hijo a trabajar por la memoria, la justicia y las garantías de no repetición.
El cielo parece romperse sobre la plaza de La Casilla y, con la lluvia golpeando la puerta del pequeño local, Freytter hijo y otros cuatro colombianos en la diáspora reciben a GARA ante las inminentes elecciones colombianas que se celebrarán el próximo 31 de mayo.
Fieles aliados y promotores de la campaña del candidato Iván Cepeda desde la diáspora, Nora Liliana Ulchur, Lorena Montero, Sebastián Fuentes Patiños, Mauricio Pabón Lozano y el propio Jorge Freytter coinciden en que la victoria de Cepeda a finales de mes es fundamental para que «el país avance en el buen camino».
«La figura de Iván Cepeda tiene la sensibilidad necesaria para impulsar un programa que beneficie a todo el país, y no solo a un sector», asegura Pabón, escritor exiliado en Arrasate y autor de títulos como “Claveles para un entierro cualquiera” o “París ya no es una fiesta”.
Los últimos sondeos nacionales apuntan a una carrera presidencial muy abierta, con Cepeda al frente, pero sin una ventaja suficiente para evitar una segunda vuelta. La fotografía general sitúa también a Abelardo de la Espriella como principal rival dentro del bloque de la derecha, mientras Paloma Valencia conserva un peso relevante que podría resultar decisivo en el balotaje.
El líder izquierdista se mueve en torno al 38,6% de intención de voto en primera vuelta, con oscilaciones de entre el 36% y el 44,3%, según las encuestas.
En la derecha, Abelardo de la Espriella aparece consolidado como el competidor más fuerte frente a Cepeda en varios sondeos, con promedios cercanos al 23% y picos superiores al 29%. En paralelo, Paloma Valencia ronda el 18%.
Sin dejar siquiera terminar la pregunta, Pabón califica de «catástrofe nacional» un hipotético retorno de la derecha. «Volverán las políticas de persecución, el fortalecimiento militar y el desplazamiento de comunidades campesinas», declara Freytter ante el temor de que la izquierda pierda la Casa de Nariño apenas cuatro años después.
Sebastián Fuentes Patiños, coordinador de proyectos de Freytter Elkartea e investigador y administrador público, va un paso más allá y apunta que «también supondría un retroceso en términos de política internacional».
Además, añade que «Colombia perdería el giro que Petro ha intentado darle a su diplomacia, por ejemplo con Palestina». En la misma línea, Freytter augura que «probablemente volverían la persecución, el revanchismo y la lógica del enemigo interno», y eso afectaría, añade, «no solo a Colombia, sino también a Venezuela, Cuba y otros procesos latinoamericanos».
Alejándose de lo estrictamente institucional y político, Ulchur, exiliada política y miembro del sindicato FENSUAGRO, apela al impacto personal que un giro hacia la derecha podría tener para ella: «Para las familias que tenemos en zonas delicadas, sería una enorme preocupación».
También apunta que «se ha anunciado un aumento del gasto militar y de la ofensiva contra los grupos armados, pero eso suele traducirse también en más desplazamiento de campesinos, mujeres y comunidades vulnerables».
Es precisamente en este último punto donde incide Pabón: «En nuestro país el principal problema es el control de la tierra». El resto coincide al identificar la «redistribución de la tierra» como uno de los grandes retos nacionales que el actual presidente, Gustavo Petro, ha empezado a abordar, aunque aún queda mucho trabajo por delante. Todos comparten la sensación de que el cambio ha comenzado, pero no ha habido tiempo suficiente para culminarlo.
Al hacer una valoración general de los últimos cuatro años del Gobierno progresista de Petro, Montero trata de relativizar la capacidad transformadora de un único mandato: «En cuatro años no se pueden resolver 300 años de ultraderecha radical, latifundista y esclavista», afirma, antes de recalcar que el actual presidente ha representado «un quiebre y un cambio de paradigma».
En la misma línea, Fuentes puntualiza que «Colombia es, en términos de conflicto, una democracia muy deteriorada, donde el voto muchas veces maquilla el poder real», y por ello considera que «hay que ser críticos con el Gobierno de Petro, pero sin perder de vista el contexto».
Lejos de caer en la connivencia total o en la ausencia de crítica, los entrevistados sostienen que hay «cosas que sí se podrían haber hecho mejor». Fuentes señala la falta de eficacia del Ejecutivo a la hora de «responder al crecimiento de los grupos armados heredados de gobiernos anteriores».
Eso sí, tampoco olvida las presiones de Estados Unidos y las campañas de desinformación en torno a esta cuestión. Por su parte, Freytter considera que «la paz total fue una propuesta muy ambiciosa para un país con una realidad territorial y armada tan compleja», y añade la falta de claridad a la hora de asumir «la agenda del exilio político», en la que ellos mismos se encuentran.
Evangelización electoral
«Las iglesias evangélicas han hecho una labor de organización muy fuerte entre la población colombiana migrante», señala Fuentes antes de añadir que «eso explica parte del voto conservador en el exterior».
Fue el pasado 2 de mayo cuando un multitudinario encuentro cristiano evangélico reunió a entre 35.000 y 40.000 personas en el estadio Metropolitano de Madrid. En el evento, figuras como Dani Alves tomaron el micrófono para promover «el cambio».
Freytter expone algunos de los vínculos de este tipo de «organizaciones espirituales»: «Algunas de esas iglesias pueden estar vinculadas a redes de financiación dudosas e incluso a estructuras del narcotráfico».
Sin subestimar en ningún momento su capacidad movilizadora, el activista señala que «su expansión en la diáspora no es solo espiritual, también es política».
Fuentes subraya las palabras de su compañero y apunta a los nexos de las iglesias evangélicas con «estructuras políticas de derecha en Colombia».
No es solo en la diáspora donde las iglesias evangélicas tienen algo que decir. Según la plataforma Voto Cristiano, al menos 33 aspirantes al Senado y la Cámara de Representantes se reconocen como evangélicos.
De ese total, diez cuentan con el respaldo del tradicional Partido Conservador; nueve hacen parte de Salvación Nacional, una colectividad pequeña pero en crecimiento que respaldó la candidatura presidencial del ultraderechista Abelardo de la Espriella; y seis pertenecen al Centro Democrático, partido fundado por el expresidente Álvaro Uribe Vélez.
En las respuestas entregadas a esa plataforma, los líderes manifiestan su rechazo a derechos constitucionales como el aborto y advierten sobre lo que denominan «ideología de género», presentándola como un supuesto riesgo cuando –afirman– es promovida desde el Estado.
Estos datos confirman, al menos sobre el papel, la estrecha relación entre el espectro ideológico conservador y la actividad evangélica.
Por si fuera poco, más de uno de los candidatos se ha dejado ver en algunos de estos templos evangélicos en territorio colombiano. De la Espriella incluso ha realizado una gira religiosa por el país en la que él mismo puso sobre la palestra, aunque en sentido inverso, la advertencia formulada por Freytter: «La lucha no es solo política, sino también espiritual». No les falta razón.
Desde fuera
Es desde Euskal Herria desde donde estos cinco colombianos observan con una mezcla de preocupación e ilusión lo que las urnas puedan deparar a su país el próximo 31 de mayo. Desde la diáspora todo se percibe de forma distinta, pero ninguno olvida por qué tuvo que abandonar su tierra.
«Muchas personas migran por una vida mejor, pero otras, como yo, hemos tenido que salir por violencia y persecución política», denuncia Ulchur, antes de precisar que fue su «labor en defensa de los derechos humanos y del campesinado» la que la obligó a abandonar Colombia junto a su hija.
Son diversos los motivos por los que cada uno de los entrevistados tuvo que abandonar su país. Aun así, todos coinciden en que «la guerra sigue siendo un factor central del desplazamiento forzado, ligado además a un modelo económico extractivista y a la violencia política», explica Fuentes.
Montero destaca además las cargas añadidas que sufren muchas mujeres migrantes: «Racismo institucional, dificultades para acceder a la sanidad, explotación laboral, salarios muy bajos y jornadas de cuidados extremadamente precarias. Eso muchas veces las lleva a una soledad no deseada y a una situación de vulnerabilidad muy alta».
Más allá de la búsqueda de una vida mejor en la que no solo la represión política sea algo del pasado, sino que también las condiciones de vida sean aceptables y dignas, la diáspora busca influir desde fuera en lo que pueda deparar el futuro del país.
Así, Freytter ve necesario el fortalecimiento de la «cultura política de la migración: Hay una parte de la diáspora muy consciente del conflicto, pero otra parte está desconectada y no se reconoce como clase trabajadora ni como sujeto político».
Consciente esa despolitización pero con voluntad de reivindicar lo propio, Montero recalca el «carácter político» de la comunidad ubicada en Euskal Herria: «Aquí hay refugiados, exiliados, constructores de paz y personas con capacidad de interlocución con gobiernos, parlamentos e instituciones europeas. Eso es una fortaleza enorme», concluye.
Apenas quedan dos semanas para las elecciones, y el narcotráfico, la inseguridad de algunos candidatos, la incompleta reforma nacional, la presión de EEUU y, sobre todo, la falsa dicotomía entre «una extrema izquierda guerrillera o la derecha de siempre», como apunta Montero, siguen monopolizando el debate público.
La segunda vuelta parece inevitable, pero, más allá de quién gane o no, Freytter no duda de que «la diáspora tiene que seguir organizándose, manteniendo redes y construyendo solidaridad con Colombia, gane quien gane».

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