Por qué es tan importante quién lanza el txupinazo
El honor de arrancar las fiestas de San Fermín ha estado politizado desde el inicio. El origen de la costumbre lo robaron unos falangistas. Después, sirvió para dibujar ese espíritu de la Transición donde cabían (casi) todos. Y el mensaje que se quiere dar hoy es, en realidad, el de que vuelven a mandar los de siempre.
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Podría decirse que la guerra viene de muy atrás, del primer cohetazo. Cuentan que el primer txupinazo lo lanzó Juanito Etxepare, un humilde estanquero, allá por el 31. Cinco años y doce días después, Emilio Mola salió a por todas desde un poco más allá, del viejo palacio de los reyes navarros que está a un par de cientos de metros de la fuente de la Nabarrería. Y así empezó el golpe de estado que acabó en guerra. Y la guerra con Etxepare en el paredón, por rojo.
Pero esta no es la historia de Juanito, sino la del cohete con el que arrancan los sanfermines. La cosa es que la idea era buena y que en la ciudad gustó. Dos concejales falangistas, Joaquín Ilundain y José María Pérez-Salazar, siguieron con aquello de prender el cohete. Para la historiografía oficial, bastó. Aquellos dos fascistas inventaron el txupinazo así, al alimón. ¿Qué iba a decir Juanito, si tenía el cuerpo lleno de balas?
Los cohetes siguieron explotando bien puntuales los días 6 al mediodía durante toda la dictadura. Hasta que Franco tuvo la buena idea de morirse y se murió bien muerto. Democráticamente, cogió la vara de mando Julián Balduz, del PSOE. En realidad, Balduz había quedado tercero en las elecciones. Tenía por delante a la UCD de Suárez y a Herri Batasuna al frente. El cabeza de lista del PSOE logró un pacto de izquierdas, pero se puso terco en que alguien de HB no podía ser alcalde. Hay que entender la situación. Franco había muerto, pero el tufo franquista ahí seguía.
Ese primer alcalde decidió que habrían de lanzarse los cohetes las distintas fuerzas políticas de mayor a menor. Era una medida, por así decirlo, desodorante. La propaganda de la Transición decía que el PC había sido legalizado, que ahora somos ahora amigos todos y tal. Servía, por tanto, para tapar el tufo franquista antes citado. Si bien, la cosa tenía su punto de guasa, en tanto que los de HB no podían ser alcaldes, aunque sí podrían lanzar cohetes. Al menos, Balduz lo hizo con elegancia y se abstuvo de prender la mecha. Es el único alcalde que contuvo la tentación… hasta Joseba Asiron.
El elitismo en el cohete
La cosa continuó así muchos años, silbando los cohetes desde el balcón por orden de más a menos representación. Patxi Zabaleta, por HB, lanza el suyo en el 82. Todo funcionaba con un aire de normalidad, pero qué duda cabe de que cada vez tenía menos sentido, pues el desapego entre el pueblo y los representantes políticos fue aumentando progresivamente. Un desapego que venía, en parte, de que los políticos hacían cosas como esa, vivir como privilegiados. El cohete se lo habían quedado las élites.
Llegó el año 2000 y decía la rueda que le tocaba otra vez a HB (ahora ANV) dar comienzo a las fiestas. Entonces era alcaldesa Yolanda Barcina, que opinó entonces que aquello no le daba la gana. Para eso mejor que lo tire Osasuna para celebrar el ascenso, pensó Barcina. Y así se estableció la nueva fórmula. Los txupinazos pasaron a ser tirados por los partidos, en orden de mayor a menor, pero cuando le tocaba a la izquierda abertzale siempre surgía una efeméride inaplazable: los gigantes, la Cruz Roja, o el sursum corda llegado el caso.

«Ikurriñazo» del año 2013. (J. MANTEROLA/FOKU)
Conforme se alejaba el balcón consistorial del sentir de la calles de Alde Zaharra –aquí hay que recordar que los sanfermines se juegan en terreno donde EH Bildu es la fuerza más votada, ventaja que luego se anulan en los ensanches donde el metro cuadrado sale a un potosí y el voto a la derecha es religión– la presencia de reivindicaciones entre la marabunta de la plaza fue cobrando protagonismo. Eso, pese a la habilidad de los realizadores de TVE para apuntar hacia cualquier otra parte. Pero, en definitiva, el cohete comenzó a verse como una patochada por un importante sector social y el enfado por el veto a la ikurriña fue a más y a más.
Como las cosas de sanfermines no son del todo serias, todo acabó como tenía que acabar. En 2013, en un híbrido entre reivindicación y gamberrada sanferminera, media docena de jóvenes con barbas postizas y gorros de paja cruzaron un ikurriñón de lado a lado de la plaza. El realizador de TVE ya no supo ni para dónde apuntar. El enciendemechas de turno era el concejal del PSOE Eduardo Vall, quien entre furibundos saltos para asomarse al balcón (es de corta estatura), optó por retrasar el txupinazo hasta que no descolgaran la bandera.
Hete aquí que, en 2015, hubo un vuelco electoral y que entró de alcalde Asiron, por EH Bildu. Los suyos, claro está, querían tirar otra vez el txupinazo, honor del que no disfrutaban desde 1993, cuando lo prendió Mariné Pueyo. Pero el alcalde decidió acabar con la rueda y que el cohete lo tire la gente que, de verdad, se curra las fiestas. Estableció para ello un sistema de selección de candidaturas a través de los colectivos que trabajan los sanfermines y dio la última palabra a los vecinos en votación popular. En 2015 tiró el cohete el Orfeón y un representante de la antigua Peña La Veleta, surgida en los años 30, que se extinguió por la misma vía que Juanito Etxepare. Esto es, cosiendo el bando fascista a sus integrantes con bien de plomo.
Los últimos cohetes
El primer txupinazo lanzado democráticamente fue para un anciano peñista, Jesús Ilundáin, que vivió de este modo uno de los mejores días de su vida. El siguiente año lo lanzaron los voluntarios de la DYA, después la gente quiso que lo tiraran dos de los miembros del grupo musical Motxila 21 y, por último, representantes de la banda de música de La Pamplonesa.
En 2018, UPN trató de boicotear el sistema, aprovechando el tirón que había conseguido una cantante iruindarra, Amaia Romero, en un reality show. Fracasaron. El cohete que lanzaron dos chavales con síndrome de Down que tocaban en Motxila 21 es uno de los más emotivos que se recuerdan. Fue una maniobra fea, que parte de la base de que si traes a un famosillo a tirar el cohete, se promocionan más las fiestas. Esto no supone ninguna invención, pues es práctica común en municipios como el de Calvià o el carnaval de Las Àguilas que contratan a Chenoa y a artistas del pelo para que las fiestas salgan en la tele.
Cumplido ya el mandato de Asiron, Navarra Suma repuso a Enrique como alcalde de la ciudad. Y Maya ansía tirar el cohete de nuevo, lo dijo desde el primer momento. Quiere volver a lo de antes. Tan a tiempos pasados quiere volver que mandó a la Policía al balcón secundario donde los concejales abertzales solían mostrar una ikurriña. Una edil de EH Bildu acabó en el suelo arrastrada por los pelos por no soltar la bandera.
En el pleno vivido la semana pasada, Maya intentó formalmente cambiar el sistema para escoger a quién tira el txupinazo según le convenga al partido o le salga a él de la chistera. El resto de concejales le dijeron que no, que aquella rueda que se pinchaba cada cuatro años para enmudecer a una parte de la ciudad, se ha cambiado definitivamente.
Y por esto, en resumidas cuentas, quién tira el txupinazo tiene tanta importancia.