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Alina Grigore: «‘Blue Moon’ es el resultado de un trabajo colectivo»

El equipo de ‘Blue Moon’ presenta la película ante la prensa. Alina Grigore (directora), Gabi Suciu (productor), Adrian Paduretu (director de fotografía) y Ioana Chitu, Mircea Postelnicu y Vlad Ivanov (actores) comentan el proyecto.

El equipo de ‘Blue Moon’, en familia. (Andoni CANELLADA/FOKU)

La directora debutante, que ya tenía a sus espaldas una carrera contrastada como actriz y guionista, nos habla de su salto detrás de las cámaras: «Tanto Adrian Sitaru como Cristi Puiu tuvieron una influencia fundamental en esta decisión. El primero me contagió su gusto por la experimentación en el rodaje de ‘Ilegitim’; el segundo fue profesor mío en la universidad. Ambos son cineastas a los que admiro, dos artistas que se toman muy en serio la investigación, el ahondamiento en la psicología de los personajes, la preparación de cada uno de sus proyectos. Yo intenté ser fiel a esta metodología».

Preguntada sobre el retrato de la sociedad rumana que ofrece su película, la cineasta responde: «Desgraciadamente, hablo de una realidad que todavía existe. Evidentemente, en ‘Blue Moon’ juego mucho con la deformación, con la caricatura, pero esto se debe al ejercicio de inmersión psicológica que propongo. Estamos, al fin y al cabo, dentro de la cabeza de una persona obligada a vivir en un mundo horrible. Mi experiencia vital lo confirma: de mi grupo de amigas del pueblo, yo fui la única que pudo seguir adelante con su educación».

Más detalles sobre el contexto social: «En determinadas regiones de Rumanía, la institución de la familia se ejerce como una herramienta de sumisión. Esto sucede especialmente con las mujeres, a las que en muchas ocasiones solo les queda la solución de irse al extranjero para encontrar su propio camino; para crecer como personas».

‘Blue Moon’ es un aparato cinematográfico que perece alimentarse del caos. Alina Grigore aborda el asunto: «Todo lo que se ve en pantalla es el resultado de muchas horas de ensayos. De hecho, empezamos a experimentar con el guion dos años antes de empezar a rodar. En todo este tiempo, el texto pasó por una quincena de versiones distintas. No tengo nada en contra de los directores que quieren controlarlo todo en sus proyectos, pero a mí me gusta que cada departamento técnico y artístico tenga su propia voz, que deje su propia huella en el producto final. Con ello, soy consciente de que a lo mejor estoy llamando a cierto descontrol, pero opino que así la película adquiere vida y personalidad propia».

Las bondades de este método de trabajo son corroboradas por Ioana Chitu, Mircea Postelnicu y Vlad Ivanov, actores principales de la función. El último, que hará unos años formó parte del jurado de la Sección Oficial de Zinemaldia, se deshace en elogios hacia la directora: «Me llamó y me vendió un proyecto en el que inmediatamente quise involucrarme, pero no solo como actor. Quise desdoblarme, ayudar en lo que hiciera falta, y siento que Alina me dio el espacio que pedía para expresarme más allá del set de rodaje».

La cineasta confirma la versión de sus compañeros: «Mi película es el resultado de un trabajo colectivo, algunas líneas de diálogo, algunos movimientos de cámara, algunas coreografías, algunos juegos de enfoques y desenfoques han sido idea de los actores, técnicos y otros artistas involucrados en el proceso creativo. Animé a todo el mundo a ser muy expeditivo, a proponer ideas que nos llevaran al límite. Quería que todo el mundo con quien trabajé, sintiera como suyo lo que finalmente veríamos en pantalla».

Preguntada sobre sus principales referentes, Alina Grigore declara su amor por «el cine francés de la Nouvelle Vague y el Neorrealismo italiano. Pero por encima de todo, siento una profunda admiración por Werner Herzog: adoro su manera de trabajar; esa energía bestial y visceral que emana de sus películas. Intenté que la mía tuviera algo de esta fuerza».