Los 40 años de ‘Rocky IV’, el intento kitsch de hacer política
Una película que quiso hablar de la Guerra Fría desde el punto de vista del americano ganador y que a pesar de ser la más taquillera de la saga de ‘El semental italiano’ sigue generando efectos al borde de la comicidad.
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La saga de Rocky es un clásico del último medio siglo. Nueve películas entre la ‘franquicia original’ y los spin-off tipo ‘Creed’, decenas de escenas inolvidables, éxitos taquilleros garantizados.
Entre los filmes de esta saga puede que uno de los más eficaces, para lo bueno y para lo malo, fuera el cuarto, ‘Rocky IV’, mundialmente conocido como el de la pelea entre ‘El semental italiano’ y el boxeador soviético Ivan Drago.
Una película estrenada ahora hace 40 años, el 27 de noviembre de 1985, y un capítulo curioso en un conflicto mundial, la llamada Guerra Fría, que se estaba casi apagando. Y que fue la más taquillera de todos los ‘Rocky’ con sus 300 millones de dólares en caja.
Contexto favorable
‘Rocky IV’ es el inesperado giro que la saga, inspirada en hechos reales, da hacia lo político. Los espectadores acostumbrados a las anteriores historias de redención y de hazañas deportivas, el underdog capaz de empatar con el campeón del mundo de boxeo y luego ganarle, confirmando luego el título, se quedaron quizás un poco despistados viendo el cuarto capítulo de la historia del personaje interpretado por Sylvester Stallone.
Se habían marchado de las salas de cine con ‘Rocky III’, su banda sonora inolvidable ‘The eye of the tiger’ (‘El ojo del tigre’), la última versión de este héroe bueno, rodeado de gente buena, que le ayudaba en cada instante de dificultad. Ahora que Rocky Balboa había recuperado el título mundial de los pesos pesados, a pesar de la muerte de su histórico entrenador y motivador Mickey, ya e podían apagar las luces y jubilar al héroe.
Rocky Balboa había nacido como celebración de los 200 años de la Declaración de Independencia de EEUU, con el país tocado por el Watergate y gobernado por Ford
Sin embargo, cuando un film arrasa en taquilla es difícil parar el flujo y así llegó el cuarto capítulo. Nos podemos imaginar a las productoras pidiendo a Stallone (actor, guionista y director) otro esfuerzo a su Rocky Balboa, personaje nacido explícitamente como celebración para los 200 años de la Declaración de Independencia de Estados Unidos en 1976, cuando América estaba bastante tocada por el escándalo Watergate y gobernada por el modesto Gerald Ford, ex vicepresidente de Richard Nixon que había tenido una promoción inesperada.
Una era, aquella, donde no diremos que EE.UU. estuviese sucumbiendo (bueno, en Vietnam sí), pero en el escenario internacional otros actores políticos estaban intentando tomar fuerza, sobre todo China y en segundo lugar, aunque perdiendo fuerza, la misma Unión Soviética. A partir de los 80 cambian el presidente (entra Reagan), la actitud e incluso Rocky, o por lo menos los personajes de Sylvester Stallone, que empieza también la saga de Rambo.
El cuasirromanticismo de los dos primeros episodios, 1976 y 1979, el campeón del mundo que es un hombre cualquiera, deja espacio a un superhéroe que solo puede ser derrotado por sí mismo y sus superficialidades burguesas (‘Rocky III’). Hasta llegar al cuarto episodio, donde casi se convierte en un embajador del gobierno made in USA.
Todo lo que es soviético es malo
Y llegamos a 1985, cumbre del reaganismo puesto que en 1984 RR había ganado las elecciones presidenciales con el margen más grande de la historia contra el pobre Walter Mondale.
Al otro lado del mundo, la Unión Soviética estaba atravesando un periodo de crisis, certificado por el cambio de la guardia en el liderazgo del Partido Comunista entre el ‘viejo’ Konstantin Cernenko y el novísimo Mikhail Gorbachov, que todavía no había empezado a hablar de perestroika y glasnost.
Es en este contexto que surge la idea de ‘Rocky IV’, donde el ya retirado ‘semental italiano’ tiene que vengar la muerte de su exrival y amigo Apollo Creed, al que había matado en una exhibición de boxeo un gigante rubio, cruel y casi robótico, la quinta esencia del mal casi: Ivan Drago. Un soviético, por supuesto.
La escena-madre de Rocky indeciso entre tirar la toalla justo antes del último puñetazo fatal, cumpliendo de hecho la promesa con su amigo, marca la primera parte de una peli que gira enseguida hacia lo político, y de manera tan kitsch que no se le puede creer.
El boxeador estadounidense, a pesar de ser más viejo y menos preparado físicamente que el joven Ivan Drago (interpretado por el sueco Dolph Lundgren), acepta no solo la revancha, sino la pelea en campo contrario: en la Unión Soviética y el día de Navidad.
Cada cosa soviética es representada como mala o estúpida, comenzando por un joven boxeador robótico que habla con frases precocinadas
Como ya sabréis, ganará después de un durísimo combate donde se matiza que este chaval-robótico, esta ‘mirada hacia el futuro’ según su entrenador (interpretado por el estadounidense Michael Pataki), un joven que habla a través de frases precocinadas tipo «Yo derroto a todos» o «Nadie puede vencerme», no es ni más ni menos que un pollo sin cabeza, que se cae a la primera dificultad.
Y ahí está el viejo perro Rocky Balboa, 20 centímetros más bajo pero con un corazón enorme, regalando un discurso final pacificador, a la manera de un político experimentado, en el ring frente a un palacio de deportes donde hasta Gorbachov (interpretado por el actor estadounidense David Lloyd Austin) se pone de pie para aplaudir. Quizás uno de los primeros guiños del mundo artístico USA hacia este nuevo líder, mucho más fotogénico o maleable que sus antecesores.
Después de hora y media de película donde cada cosa soviética ha sido representada como mala o estúpida, finalmente un alivio, aunque bastante kitsch y al borde de la comicidad, gracias a Rocky Balboa, el ‘semental italiano’ que en la vida real se casará con la mujer (ficticia) de Ivan Drago, la modelo danesa Brigitte Nielsen.