Agatha Christie, el dulce encanto del misterio
Las más de cien obras –no todas ellas de suspense– firmadas por la escritora británica, después de medio siglo desde su fallecimiento, el 12 de enero de 1976, siguen acumulando una de las cifras más elevadas de ventas en la historia, evidencia de su trascendencia popular pero también creativa.
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Pocos géneros cuentan con un número tan elevado de ‘apellidos’ estilísticos como el que convierte al hecho delictivo –más o menos sangriento– en epicentro de su exposición. Diferentes maneras de ser nombrado que no pocas veces encubren un elitismo que ha perseguido, por ejemplo, a Agatha Christie, con frecuencia infravalorada por la supuesta escasez de hondura en su narración. Y es que aunque pueda ser cierto que su propuesta palidece ante la realizada por Raymond Chandler, Dashiell Hammett o Jim Thompson, no lo es menos que gracias al impulso popular que dio a este tipo de novelas, los argumentos truculentos y/o detectivescos se instalaron como una fuente inagotable para la mejor literatura.
La experiencia vital alimenta la imaginación
Desde que Agatha Mary Clarissa Miller, nombre bajo el que nació el 15 de septiembre de 1890, a los 16 años –ya huérfana de padre– fue enviada a continuar sus estudios a París, y abandonó la educación recibida hasta ese momento en su acomodado hogar familiar en el pueblo costero de Torquay, su continua ruta viajera a lo largo del mundo significó un constante aprendizaje y alimento para aquellas historias que no iban a tardar en ser plasmadas en papel. Su carácter tímido, recluido a menudo en un consumado hábito lector que añadiría a su lista de clásicos los relatos policíacos de Wilkie Collins y Arthur Conan Doyle, no le impidió llevar pronto una próspera vida social que escrutaba desde su posición de partícipe, trasladando ese inabarcable muestrario de actitudes y situaciones a un rincón de su imaginación que pronto brotaría en una exitosa carrera literaria.

Como las buena historias, esta comienza también enunciada por la casualidad y los antecedentes fallidos, los que acumulaba a través de la negativa de editoriales y revistas para publicar, todavía bajo múltiples pseudónimos, unos relatos, género que nunca abandonaría, por aquel entonces desprovistos de cualquier halo de misterio. Contraido matrimonio con Archibald Christie, que tuvo su particular luna de miel combatiendo él en la I Guerra Mundial y ella enrolada en la Cruz Roja, estancia de la que recogería un buen conocimiento de pócimas y brebajes listas para ser ‘armas de sus crímenes’, su primera propuesta formal de novela policíaca, en un arrebato más lúdico que profesional, acabaría convirtiéndose en realidad, tras varios fracasos, en 1920. ‘El misterioso caso de Styles’ suponía su estreno comercial pero también el de un refinado investigador que acapararía casi tanta fama como su creadora.
Conquistar el éxito con ‘células grises’
Belga, expolicía y refugiado en Gran Bretaña tras la invasión alemana, Hércules Poirot, que apostaba su espíritu deductivo a las neuronas de su cerebro, no dejaba de ser un trasunto de las muchas identidades que su madre literaria había conocido en la experiencia desarrollada durante la guerra. Una presencia inaugurada junto a la de su habitual sosias, el capitán Arthur Hastings, un binomio heredero de otra dupla como fueron Sherlock Holmes y Doctor Watson, influencia y espejo para este perspicaz dúo. Una colaboración también presente en la que probablemente sea su obra más perfecta, ‘El asesinato de Roger Ackroyd’, y encarnación de su característico estilo pulcro y perfectamente cohesionado, una alfombra accesible para alentar la sagacidad de un lector atraído al retrato de un microcosmos de personalidades que escondía una ácida mirada al hábitat burgués, lleno de máscaras y secretos que fertilizaban un espacio colmado de posibles culpables.
Un caso biográfico sin resolver
La consolidación de ese buen momento profesional y personal, madre de una hija y dejando sus huellas a lo largo de un mapamundi que recorría ufana junto a su marido, vivido por la autora en esa época, sin embargo, y digno de los mejores giros de sus novelas, iba a desembocar en una trama siniestra donde, en este caso, no había mayor culpable que el propio destino.
El fallecimiento de su madre, en 1926, y un deteriorado matrimonio que acabaría finiquitado dos años después, empujaron a un episodio de ansiedad que llevó a Agatha Christie a estar desaparecida durante once días, dejando como único rastro su coche abandonado con alguna de sus pertenencias. Una mediática intriga que todavía hoy tiene diversas interpretaciones y que mantiene un final abierto, siendo lo único constatable que aquel duelo emocional fue presentado bajo una trepidante trama que, eso sí, la mantuvo alejada de los círculos literarios. Una convalecencia que enfrentó, como fue habitual a lo largo de su existencia, embarcándose en largos viajes donde recuperar su ánimo y también encontrar nuevos ingredientes con los que sazonar sus intrigas noveladas.
Un exitoso camino de afluentes
Su destino hacia Oriente Medio no fue solo la inspiración para algunas de sus más reconocidas obras, como ‘Asesinato en el Orient Express’ o ‘Muerte en el Nilo’, sino también el lugar donde conocería a su segundo marido, el arqueólogo Max Mallowan, profesión propicia para mantener en alza la virtud exploradora de la escritora. Relación conyugal que de nuevo compartiría tiempo con la segunda guerra global en Europa, momento en el que también haría acto de aparición una adorable abuela con espíritu idealista llamada Miss Marple, engendrada por primera vez en 1930 en la novela ‘Muerte en la vicaría’. Un personaje convertido en un arquetipo de larga descendencia gracias a su particular naturaleza entrañable y aparentemente poco dotada para la investigación pero especialmente lúcida en su traducción de los impulsos humanos. Un rol que transformaba a la habitualmente retratada como sumisa y hogareña mujer en clarividente portadora de las respuestas a las intrigas más infranqueables.

La ingente publicación de obras, especialmente fructífera durante la década de los cuarenta y cincuenta, iba configurando una trayectoria de triunfal extensión a la que, durante esos años, se añadiría la probablemente más icónica de su colección, una ‘Y no quedó ninguno’ que sustituía al poco afortunado título de ‘Diez negritos’. Un muestrario de personajes que no dejaba de reproducirse, también a través de una ininterrumpida creación de relatos, por medio de ejemplos menos reconocidos pero igualmente carismáticos, como el matrimonio de detectives Tommy y Tuppence Beresford, debutantes, todavía unidos por una relación de amistad, en ‘El misterioso señor Brown’. Una colección de seres procreados en ambientes de misterio que sin embargo encontraría familiares creativos en diversos afluentes, en cuanto a formato y temática.
Si más esperada resulta la traslación que hizo del papel a las tablas del teatro, mutación visible en ‘Testigo de cargo’ o ‘La ratonera’, cuya permanencia en cartel, desde 1952 hasta el 2020, supone la más longeva de la historia, no lo es tanto un currículum en el que se pueden encontrar libros de poesía y sobre todo novelas dramáticas. Escritas bajo el pseudónimo de Mary Westmacott, su libertad para tratar de manera más reflexiva conductas humanas paradójicamente acaparó un mejor recibimiento por parte de la crítica, alabando títulos como ‘Lejos de ti esta primavera’ o ‘Una hija es una hija’. Demostraciones de que el conflicto sentimental puede dejar pistas sangrientas pero también sábanas manchadas de lágrimas.
Agraciada con diversas consideraciones y premios –especialmente significativo su nombramiento como miembro de la Royal Society of Literature o Dama del Imperio Británico– hasta el final de su longeva vida, interrumpida a los 85 años, su más valerosa herencia no reside en vitrinas ni pergaminos, sino en el desafío que su literatura representa. Convertir sus páginas en elegantes maratones de pesquisas puede ser parte de su encanto, siendo sin embargo el más reseñable esos espacios humanos a los que nos invitó en busca de la resolución de un delito, pero sobre todo, citando al propio Hércules Poirot, con el fin de descubrir que la verdad, por fea que sea, siempre resulta bella para quien la busca.