Los 25 años de ‘Amélie’, el hada ingenua de una París azucarada
La película transformó Montmartre aún más en un territorio para turismo masificado. Y su protagonista nos ofrece recetas demasiado simples para intentar solucionar los problemas.
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El turista que viaja a París es fácil que tenga en su bolsillo una guía donde una de las primeras visitas a realizar sea Montmartre: el barrio de la imponente iglesia del Sacré Coeur, del Moulin Rouge y también «de Amélie».
La peli ‘Le fabuleux destin d'Amélie Poulain’ fue estrenada el 25 de abril de 2001, es decir hace 25 años, y todavía hoy mantiene algo especial, a medio camino entre el encanto y una visión que quiere ser menos azucarada del original.
La camarera ingenua, una especie de hada, que intenta lograr la felicidad de la gente de su entorno se ha convertido en un estereotipo. Audrey Tautou, la actriz que interpretó a Amélie, probablemente se ha quedado anclada en el personaje: el pelo con corte de tazón, los vestidos colorados, un mundo donde todo tiene que estar impecable... fueron un éxito esplendoroso.
Una ciudad polifacética
París es sin duda una ciudad con miles de caras, y cada una de estas ha tenido su representación literaria o cinematográfica. Existe la versión dura de las banlieue de ‘La haine’, o la adolescente de ‘Zazie dans le métro’ y ‘Jules et Jim’; también las barricadas y las cloacas de ‘Les misérables’ de un Victor Hugo que ya con ‘Notre Dame de Paris’ nos había hecho entrar en un mundo pintoresco y gótico; y está la bohemia e idealizada de ‘Midnight in Paris’ de Woody Allen; sin olvidar las denuncias sociales de Emile Zola o el contexto coqueto de ‘L'elegance du hérisson’ de Muriel Barbery. París tiene de todo, afortunadamente. Su riqueza social y cultural está allí.
‘Amélie’ está ambientada igualmente en la capital francesa pero intenta hablar de sentimientos universales, los detalles perdidos de un mundo que ya por aquel entonces empezaba a subir de revoluciones.
Hoy día en la taberna ‘Café des 2 Moulins’, que existe de verdad y no es un truco cinematográfico, todos estarían mirando al móvil o trabajando con un ordenador portátil. O abarrotada de gente que ha querido echar un vistazo a este lugar convertido en carne para el turismo de cine: selfies, videos y cosas así, la venganza de la ‘modernidad’.
La película intenta hablar de sentimientos universales, los detalles perdidos de un mundo que ya por aquel entonces empezaba a subir de revoluciones
En 2001 el contexto podía ser más tranquilo, incluso más poético, que en la actualidad. Y Montmartre se prestaba mucho para este objetivo. Barrio bohemio por excelencia, dentro de París había sido también teatro de momentos sangrientos, tipo la Comuna de 1871. La guerra civil que acabó en la masacre de los revolucionarios, fusilados contra las paredes del cementerio del Père Lachaise (donde está enterrado Oscar Wilde), había tenido en aquella zona de tabarins y de ateliers unos momentos también dramáticos, los primeros de la Comuna, de hecho.
Pero nada de todo esto en ‘Amélie’, faltaría más; el turista cualquiera que vaya a la ciudad francesa apenas sabrá de qué se trata, incluso cuando acuda al cementerio de Montmartre para besar a la tumba de Oscar Wilde.
Entre «obra maestra» y kitsch
Y ojo que ‘Amélie’ es un filme bonito, al fin y al cabo. No una «obra maestra», como lo definió el diario ‘Le Parisien’, pero sí asequible, probablemente un poquitín larga. Sus secretos son tres: los colores, la banda sonora de Yann Tiersen y algunos tecnicismos que, tomados con mucho cuidado (el cuerpo de Amélie que se ‘deshace’ cuando se desmaya en el bar, por ejemplo), dan la idea de una cierta habilidad del director Jean-Pierre Jeunet, cuyo anterior trabajo, ‘Alien-La clonación’, había sido bastante controvertido.
Mejor dedicarse a algo más íntimo que a estas mega-producciones, pero siempre manteniendo un toque ‘ficticio’. Porque mucho en ‘Amélie’ es ficción, empezando por el título original de la peli, ‘Le fabuleux destin d'Amélie Poulain’. Un fabuloso destino que nos prepara ya para el final de la historia, donde todo tiene que acabar bien, pase lo que pase.
Mezcla de homenajes a París (la madre de Amélie muere por culpa de un turista suicida que se tira de una torre de Notre-Dame) y de kitsch (la inaguantable, a veces, voz en off el narrador), la peli es un elogio del ‘pringado’, del freak. Haciendo un guiño al cine ‘a lo Tim Burton’: de hecho, su Willy Wonka tendrá el mismo corte de pelo que Amélie.
No se puede definir de otra manera al coprotagonista de la historia, Nino, cuya misión principal es recuperar las fotos que la gente va desechando en las cabinas, porque han salido mal. Es muy curioso que este personaje sea interpretado por Mathieu Kassovitz, director de ‘La Haine’, que respecto a ‘Amélie’ es la cara-B... más B posible.
Hay unos cuantos detalles que darían mucho que hablar, incluido encontrar un sentido a nuestra pobre Amélie Poulain. Es verdad que muchísimas chicas se quedaron con esta camarera casi como modelo de vida, ingenua y (demasiado) soñadora, rompiendo quizás la capa de la crème brulée por puro placer, como matiza la protagonista. Sin embargo, hoy día, un cuarto de siglo después, pensaríamos: «¿Qué tipo de contrato tiene Amélie? ¿Cuánto cobra cada hora de trabajo? ¿Le llegará para un alquiler en Paris?».
Las taquillas se llenaron a partir de aquel abril de 2001, cuando la peli se tomó una pequeña revancha en contra del Festival de Cannes que había decidido descartarla. El caso es que con ‘Amélie’ nos olvidamos del tiempo y del espacio, y al final, también casi de lo bueno y de lo malo.
Y es igual de cierto que simplemente escuchando las primeras notas del ‘Vals de Amélie’ de Yann Tiersen nos encontramos paseando por las calles de Montmartre. Un Yann Tiersen que años después declararía: «Aquel folclore parisino me sentaba mal, veía la peli con mi música y no me gustaba: si me propusieran hacer de nuevo la banda sonora, diría que no». Al menos no se ha producido alguna secuela...