
Estaría muy bien ver la cara del obispo Bernardo de Rojas y Sandoval presidiendo la procesión del 7 de julio a 40 grados. A este prelado hay que darle las ‘gracias’ por tener el detalle de cambiar la fecha de las fiestas, que hasta 1591 se celebraban el 10 de octubre.
A ese día de otoño habían quedado adjudicadas las fiestas dedicadas al santo morenico desde que en el siglo XII llegaron a Iruñea las primeras reliquias procedentes de Amiens, donde se supone que le cortaron la cabeza al iruindarra que en el siglo IV se había desplazado a esas tierras para evangelizar al personal.
Hasta entonces, de San Fermín no se sabía nada y la mejor demostración es que ninguna de las iglesias más antiguas de la ciudad está dedicada a él e incluso hoy en día vive de alquiler en una capilla de la iglesia de San Lorenzo.
San Lorenzo, todo un experto en el calor
Este último santo ha terminado completamente eclipsado por su inquilino, a pesar de que el titular de ese templo fue buen conocedor de lo que es el calor intenso, ya que fue martirizado asándolo en una parrilla. De hecho, con gran retranca y según la tradición, pidió a sus torturadores que le dieran la vuelta porque solo estaba hecho a medias. Una jota remató el comentario añadiendo que se lo pedía porque tenía «los huevos fríos».
El caso es que aquellos huesos de San Fermín localizados en Amiens y trasladados a Iruñea en la Edad Media terminaron implantando su culto, pero en el lluvioso y desapacible mes de octubre que se vive en la capital navarra.
Hartos de un tiempo tan poco festivo, en el siglo XVI, los regidores de la ciudad decidieron acudir a la autoridad en materia del santoral, es decir, el obispo de la ciudad. Y el entonces prelado Bernardo de Rojas y Sandoval pensó que como el verano, no hay época más apropiada para celebrar las fiestas. La cuestión era ¿a qué fecha se trasladaba San Fermín?
Entonces decidió que se haría el cambio y se celebraría el primer domingo de julio, para unirlo a las ferias de ganado que tenían lugar en Iruñea alrededor de esas fechas. Era una manera de estirar el chicle de esos mercados que atraían a muchos visitantes para prolongar su estancia en la capital navarra.
Como ese año el primer domingo era el 7 de julio, San Fermín quedó adjudicado a esa fecha y desde entonces, el santo se pasea entre sus incondicionales ese día.
Lo que en aquel momento parecía una gran idea, el paso del tiempo la está poniendo en entredicho y, sobre todo, teniendo en cuenta el cambio climático.
Digamos que calor y sanfermines se han convertido en inseparables a lo largo de estos años, pero cuando el termómetro se planta en los 40 grados y se resiste a abandonar ese podium, igual ya no resulta tan chachi que las fiestas se celebren en unos julios cada vez más tórridos y que parecen broncear todavía más al santo moreno.
Así que igual ha llegado el momento de poner encima de la mesa la posibilidad de que los sanfermines vuelvan a sus orígenes y se celebren en unas fechas con un ‘caloret’ más llevadero. Porque hacer nueve días de mambo con temperaturas tórridas, solo está al alcance de unos pocos divinos.

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