Pello Guerra
Redactor de actualidad / Aktualitateko erredaktorea
Entrevue
Fermin Balentzia
Cantautor

«Siempre me he inclinado del lado del pobre, del humilde, del que sufre. Ahí he estado, sigo estando y estaré»

Minero, comunista, nacionalista vasco y referente de la canción protesta de Euskal Herria. Estos son solo algunos de los términos con los que se puede definir a Fermin Balentzia, quien, con el horizonte próximo de cumplir 60 años como «trovador», echa la vista atrás y repasa su vida de compromiso para 7K.

Con el puño en alto junto a la estela que recuerda a su amigo Germán Rodríguez, víctima mortal de los sanfermines del 78. Así arranca la sesión fotográfica para ilustrar esta entrevista a Balentzia, quien también se presta a posar junto al cercano Monumento al Encierro, entre las patas de los toros, aunque él señala con humor que le gustan más «las patas de cuto».

Aunque lo que más le entusiasma es palpar los colganderos testículos de uno de los toros de bronce. Y con esa cara de pícaro que le caracteriza, los agarra entre risas, en una particular metáfora que viene a evidenciar cómo con sus canciones se ha dedicado a «tocar los huevos» al poder establecido, incluso cuando la dictadura de Franco campaba a sus anchas. Por algo siempre se ha inclinado del lado «del pobre, del humilde, del que sufre», de los indios frente al Séptimo de Caballería. «Ahí he estado, sigo estando y estaré», señala mirando con firmeza.

A los crímenes del general golpista y sus acólitos, y a cualquier problema al que ha tenido que hacer frente este pueblo le ha dedicado Balentzia una canción protesta. Unos temas de contenido duro, estremecedor y plenos de solidaridad a los que ha puesto música desde el corazón, con su inseparable guitarra y sin perder la sonrisa, la misma que aflora como una amapola en el camino vital por el que discurre esta conversación.

Fermin Balentzia, en conciertos que ofreció durante su época de militante de la ORT. GARA

Nació en Getze, Salinas de Ibargoiti, en 1948. ¿Cómo era la Nafarroa de su infancia? Tengo que hacer una puntualización. Yo nací en la Maternidad de Pamplona, lo que pasa es que mis padres venían del pueblo y a mí me hicieron en el pueblo, porque mi madre se casó embarazada de mí. ¿Y cómo era? Por lo menos en mi pueblo, era campesina. Tengo nostalgia de aquellos tiempos, de cómo se vivía entonces. Hay una canción, que creo que canta Rozalén, que dice «quiero volver a entonces» y eso es para mí. Aquel entonces me gusta mogollón, me motiva mucho. En todos los sitios se va creciendo en cuanto a sociedad, en cuanto a expectativas. Los pueblos se vacían, la gente viene a trabajar a donde hay dinero y que en aquel momento serían fábricas, serían negocios que en un pueblico pequeño no había entonces y había que buscarlo en la ciudad. Y los pueblos se despueblan, aunque nunca se llegó a despoblar Salinas. Mi padre era una persona de pueblo, pero se buscó la vida en Pamplona o donde pillaba. Era gente que ha sabido dar de comer a un montón de hijos. Yo canto una canción de mi amigo el uruguayo Quintín Cabrera, que ya se murió, y que dice que «mi padre era un poeta que conducía camiones y me dejó de herencia los bolsillos llenos de agujeros y de ilusiones». Un tío mío decía que éramos los pobres más ricos.

¿Con qué años empezó a trabajar en Potasas? Muy joven. Estuve estudiando en los curas, pero no porque tuviera vocación, sino porque me llevó un tío, un hermano de mi madre. Y yo le dije a mi padre: «Papá, yo no tengo vocación, no quiero ser cura». Y me dijo que si aprobaba unos cursos que estaban haciendo para las escuelas profesionales, que me saliera y me fuera. Aprobé y me fui a Potasas desde los 14 años hasta los 17 o 18. Saqué buenas notas y nos daban a elegir si queríamos ir a trabajar en Potasas a la fábrica, al taller o a la mina, y yo elegí la mina. Ahí estuve hasta que me fui a la mili, porque antes había empezado a militar en las Comisiones Obreras de entonces y en la ORT. Y, si me detenían en época militar, me juzgaban por un tribunal militar. Aparte, se me había muerto una novia y quería alejarme de todo. Me apunté a escaladores-esquiadores, a pesar de que no tenía ni puta idea de escalar y había estado esquiando dos días, y me mandaron a Irun.

Balentzia saluda a Josefina Lamberto, hermana de Maravillas, en la inauguración de la plaza dedicada en Iruñea a la víctima del franquismo. Jagoba Manterola | FOKU

¿Qué recuerdos le dejó su paso por la mina?

Un recuerdo buenísimo. Me dejó compañeros. La mayoría era gente que estaba bregada, tanto de trabajar como de política. Muchos eran de aquí, pero a mí los que más me cautivaban eran los de fuera, eran los asturianos, que me llamaban guaje, que era algo que me gustaba. Me contaron la lucha que hubo antes del 36 en Asturias y a mí eso me movía mucho.

A los 20 años ya empezó a cantar y a componer. ¿Qué le llevó a la música? ¿Había tradición en su familia? A mi padre le gustaba cantar. Era alegre y tocaba el acordeón sin tener ni puta idea. Animaba las fiestas del pueblo y de otros pueblos. Las canciones que yo sabía entonces eran las que conocía mi padre: jotas pocas, porque mi padre no era jotero, pero mexicanas y Antonio Machín... Esas fueron las canciones que aprendí de crío. Yo le quería mucho a mi padre y él cantaba y le encantaba que cantáramos nosotros. Cuando estuve con los curas, cantaba en el coro y me ponían de solista. Pero cuando ya empecé a crecer, todo lo que veía en mi ámbito laboral era la miseria de los trabajadores, la explotación. Y entonces empecé a hacer cosas sobre los trabajadores. Hasta que descubrí que había un mundo que a mí me encantaba. Un día, con mis amigos de Potasas, siendo jóvenes, nos fuimos a San Miguel de Aralar y, cuando llegamos arriba, había una bronca del copón. Estaba la Guardia Civil y había gente allá. Y uno que era más adelantado que yo, me dijo que los guardias estaban contra los vascos. Y le pregunté qué pintaban allí los vascos y me dijo: «Jodé, que somos vascos». Y a tirar piedras con ellos. Entonces yo tendría unos 15 años y descubrí que era vasco y que era nacionalista, y que este país mío, Navarra, lo habían robado los castellanos. Y es cuando ya me entró mi vena reivindicativa de Navarra, Navarra nuestra, no de los castellanos.

Se adentró en el mundo de la música en la época de Mayo del 68 y cuando por estos lares se seguía sufriendo una dictadura. ¿Resultaba inevitable que terminara decantándose por la canción protesta? Sí, eso y la República. Hubo cosas, anécdotas que me marcaron. Por ejemplo, a mi padre lo detuvieron porque hacía estraperlo. Llevaba un cargamento de trigo y esas cosas, cuando en el alto de Aibar le salió la Guardia Civil por un chivatazo y le detuvieron a él con la furgoneta que llevaba y con el trigo. Mi padre fue a la cárcel y era cuando yo acababa de nacer, tendría dos o tres meses. Estuvo allí el tiempo que le condenaron. Años más tarde, me llevó a la cárcel a ver a un amigo. Era un andaluz de El Ejido que se llamaba Enciso y que era un republicano detenido en la guerra y que terminó en la cárcel de Pamplona. Le pregunté a mi padre quién era y me respondió que un republicano y que era amigo suyo. Y pensé que si ese republicano era amigo de mi padre, los republicanos tenían que ser amigos míos. Mi padre me contó lo que ocurrió en el alto de Loiti, que para mí era un cuento, hasta que me di cuenta de que me contaba la puta verdad, y grabé una canción con esa historia. Esa grabación llegó a Barcelona, a los oídos de un pariente de Navarro, creo que era su hijo, y vino a ver lo que dice la canción, que lo enterraron allá. Mi padre ya se había muerto, pero un hermano suyo vivía y sabía dónde estaba, porque hacían carreras desde Salinas hasta el alto de Loiti con la bicicleta hasta “el árbol del muerto”. Fueron a ese sitio con una excavadora y sacaron los huesos de Navarro. Son cosas que marcan.

Con el puño en alto, en el homenaje a Joseba Barandiaran. Jon Urbe | FOKU

Su compromiso le acarreó persecución, arrestos y multas. ¿Cuánto se le complicó la vida? Soy de izquierdas de verdad y debía tener cuidado con muchas cosas. Por ejemplo, cuando el golpe de Estado de Tejero en el Parlamento, todo lo que tenía en casa voló, tiramos por ahí todas esas cosas y estuve escondido, sobre todo de la Guardia Civil, que era la que más me seguía. Yo no soy ningún valiente. Soy de ver venir las cosas, sobre todo cuando estás con gente que te pregunta cosas que te llaman la atención. Desde mi militancia, que era muy joven, hueles algo. Tenía mi compromiso y asumía que me podían detener. He tenido compañeros y sobre todo conocidos que no es que los hayan detenido, es que los han matado. Qué puedo entregar yo que no sea mi vida. Inconscientemente lo estás haciendo, pero tampoco he ido de Tarzán por la vida.

Ese compromiso le llevó a militar en la ORT. ¿Cómo recuerda esa etapa? Era militancia obrera. Yo soy comunista. A mí, la defensa de la clase obrera, del pisoteado, es lo mío, pero soy también nacionalista. Entonces la cuestión era cómo conjugar eso. Cuando estaba en la ORT, Mao decía que el nacionalismo es el opio del pueblo, pero para mí, no es así. No, no y no. Entonces, me dijeron una vez que las canciones que yo cantaba, como “La pastora de Ibardin” o “Tengo tres balas en mi fusil”, eran demasiado nacionalistas. Y yo les expliqué que era lo que me salía. Me dijeron que eso había que cambiarlo y me fui. Dejé la ORT, así, sin más.

¿En algún momento se llegó a plantear la posibilidad de entrar en política? No, ni antes, ni ahora; nunca. No quiero. Hay gente muy buena en política y son los que tienen que hacer. Es más, creo que muchas veces cantaba porque no podía hablar como ellos. Yo me pensaba lo que iba a cantar y esas personas hablan directamente con la gente. Tienen una sapiencia de la hostia.

El trovador luce su pícara sonrisa en la sesión fotográfica realizada junto a la estela de Germán y el Monumento al Encierro de Iruñea. Aitor Karasatorre | FOKU

¿Y en la música, por qué no dio el paso al profesionalismo después de haber compartido escenario con Paco Ibáñez, Ana Belén, Imanol o Labordeta? Porque lo mío no es para vender, es para escuchar y militar. Tengo un amigo que es muy majo, que era locutor y que hace mogollón de años me llamó para avisarme de que iba a haber una selección de cantantes en Bilbao. Y me dijo a ver si me animaba a ir, que se trataba de cantar unas canciones de las mías y que me iba a escuchar uno a ver si le gustaban. Me fui con Javier, que ya se ha muerto, y estuvimos en los estudios de la COPE en Bilbao. Había allá un señor que escuchaba y canté dos canciones. Me dijo que estaban bien, pero que habría que cambiar un poco la letra, porque era para ir a cantar a Madrid, a discotecas y sitios así. Y yo le dije que no cambiaba nada. Lo que me ha salido, me ha salido. Podría cambiar una coma, un punto, pero el sentido de la canción no lo cambiaba. Entonces me dijo a ver si le podría vender los derechos de la canción y le dije que mucho menos. Ese señor era Juan Carlos Calderón, el de Mocedades. Lo que yo he hecho no ha sido para vender, sino para mover.

Algunas de sus canciones son auténticos himnos, como «Maravillas» o «Navarra tiene cadenas». ¿Qué siente cuando comprueba que una de sus canciones ha calado tan hondo entre la gente? Mucho gusto y alegría. Me gusta que gusten, porque es lo que a mí me gusta. Sobre todo cuando es la gente joven, porque es la que, lógicamente, menos me ha escuchado por su edad. Sus padres sí que me oyeron. Me parece muy bonito.

No ha llegado a grabar un disco. ¿Por qué no ha dado ese paso? No lo sé. Me daba igual meterme en un rollo de dinero, de discos, de empresas y tal. Lo que sí han hecho ha sido recuperar cosas que he hecho a gusto con amigos, en estudios, pero era una cosa mucho más particular, mucho más entre nosotros. Han recuperado casi todo lo que estaba grabado; todo no, pero bastantes cosas. Y han hecho un libro, cosa que me parece muy bien, no por mí, sino por lo que quede, porque creo que todo lo que he hecho no ha sido para mí, ha sido para la gente, ha sido para los que vengan después. Por las etapas por las que yo he pasado y que antes pasaron nuestros padres, para que eso no se quede en el olvido, que se quede en la memoria. Y, desgraciadamente, lo que canté se sigue repitiendo.

Junto a «El Drogas», en la presentación de su candidatura al premio Príncipe de Viana en 2018. Iñigo Uriz | FOKU

Usted siempre ha trabajado musicalmente con la memoria histórica y parece que hay que seguir en la brecha porque los partidos que encarnan ahora el fascismo están al alza. Con lo que ha costado avanzar en este terreno, lo fácil que parece que se llegue a retroceder con el auge de la derecha. ¿Hay que insistir sin descanso en lo que ocurrió para que no se repita? Así es. Hace poco he escuchado en un Whatsapp que me mandaron un concierto cantando la canción que hice sobre los americanos en las Bardenas Reales. La hice porque estaban bombardeando las Bardenas, estaba Belagua y también las centrales nucleares. Me metía con los yankis porque los gobiernos de Estados Unidos son el mayor criminal que existe. Con este pájaro de Trump se está repitiendo la historia y no hay derecho. No ha cambiado e incluso ha ido a peor. Ha habido una etapa en la que pensábamos que habíamos dado el paso y de aquí para adelante, a mejor. Pero que te tiren para atrás, eso no. Eso no lo calculábamos así, por lo menos yo y mucha gente.

Ha recuperado viejas canciones, melodías de una punta a otra de Nafarroa. ¿De alguna manera ha conseguido preservar parte de esa cultura musical navarra que se estaba perdiendo? A tanto no llego. Lo que sí he hecho ha sido una canción protesta que en algunos sitios ha fructificado, pero ha sido una protesta de los temas que a veces nos han sacudido. Yo no me considero ningún promotor de nada. He cantado cuando he visto un problema, como en el caso del pantano de Itoitz o del pantano de Lumbier. Me he ligado a problemas que he sentido como míos también, como son todos en Navarra. Hay gente que les dedicó discursos y yo les he dedicado unas canciones, sin más, porque creo que una canción, si la haces tuya, aunque no sea mía, es mucha más propaganda que un escrito. El escrito queda bonito, bien, pero la canción se repite y se repite. Eso es lo que he hecho yo, sin quererlo, pero es lo que ha sido.

¿Por ese motivo han llegado tanto sus canciones a la gente?, ¿por cantar las injusticias que ha sufrido este pueblo, que es lo que más llega al corazón? Seguramente sí, porque, si han salido de mi corazón, ha sido porque me han llegado. Yo no me considero anormal en este país, me considero uno más. Entonces, si me llegan a mí, también te pueden llegar a ti. Te la canto para que la repitas si quieres.

¿Se ve algún día recibiendo el Premio Príncipe de Viana de la Cultura, al que fue candidato en 2018? Sinceramente, me da igual ese premio. Si en aquel momento dije que sí a la candidatura, fue porque estaban metidas las asociaciones de las víctimas. A mí no hace falta que me premien de nada. Aunque el año siguiente sí que recibí el premio de las Peñas y eso es otra cosa y me gusta más, porque es gente como yo. Y, entre trago y trago, risa y risa, y canción y canción, me dan un premio y de puta madre.

Actuación en un acto en Larraga en memoria de las mujeres rapadas, humilladas y muertas en la guerra del 36. Jagoba Manterola | FOKU

¿Sigue componiendo con la guitarra? Cada vez menos. Toco, pero cada vez menos. La edad y cosas que he tenido físicas y rollos de enfermedades, me han limitado mucho.

¿Qué sintió cuando varias bandas actuales se embarcaron en la grabación de un disco con sus temas? Está muy bien y, de todo lo que han grabado, hay varias canciones que me gusta mucho la versión que han hecho. Es algo que te hincha el corazón. Hay una canción que es como una especie de testamento mío. Y dice que algún día yo me moriré, pero alguien, no sé quién, prestará su voz, alguien cantará mis versos para así hacerme renacer entre mis amigos nuevos. Y es verdad. Qué sentido tiene componer, escribir o pintar si la gente no lo ve. No tiene ningún sentido. El verdadero sentido es que eso quede, para bien o para mal, me da exactamente igual, pero que quede. La memoria es tener vivos a los muertos y, ¿cómo se tiene vivos a los muertos? Aquí, en la cabeza; si no, no existirían.

Y, desde luego, usted se preocupa de recordarles, como ocurre con Germán Rodríguez, a cuyo homenaje en plenos sanfermines acude puntual a la cita. ¿El próximo 8 de julio le volveremos a ver junto a la estela, cantándole? Por mi parte, seguro que sí, salvo que me dé un txutxu y no pueda ir. Le tengo mucho cariño a Germán. Lo conocí en el primer cursillo de euskara que hice en Bera. Coincidimos los dos. Es más, cuando acabó el cursillo, se fueron todos y nos quedamos él con una amiga y yo. Germán era “trosko”. Yo no era “trosko”, pero sí de izquierdas, como él.

Después de casi 60 años de carrera musical, ¿qué balance hace? He hecho siempre lo que pienso que tenía que hacer. Tengo una anécdota que aparece en algún libro que me han hecho. Cuando era chiquito, en la iglesia de San Miguel de Pamplona, a los críos que iban al rosario les daban una entrada para el cine y yo iba por esa entrada. Cuando estábamos viendo las películas del Séptimo de Caballería contra los indios, yo siempre estaba con los indios. Así que siempre he sido indio, siempre me he inclinado del lado del pobre, del humilde, del que sufre. Ahí he estado, sigo estando y estaré.